Tres en la cama

Testimonio

Donde duermen dos juegan tres

Feliz y curiosa, Núria Leoz es el seudónimo de una periodista que, tras casi veinte años de matrimonio, está explorando nuevos mundos para enriquecer su sexualidad

Núria Leoz

Si me lo cuentan hace unos años no me lo creo, pero la realidad es que hoy me divierte y excita la idea de tener a terceros en nuestra cama. Aunque siempre hemos sido los dos muy abiertos a los juegos sexuales y las nuevas propuestas, el hecho de pensar en terceros nunca había estado encima de la mesa.

No solo por los miedos asociados a este tipo de prácticas (posibilidad de celos, inseguridades...), sino también por nuestro fuerte instinto de protección de la privacidad. Si nos incordia (y evitamos) tener por casa un canguro, una profesora de repaso o alguien que nos planche las camisas... ¡¿cómo se nos podía ocurrir meter a alguien en nuestra cama?!

Huyendo de la rutina sexual

Un inciso aquí para explicaros que somos lo que cualquiera definiría como “personas corrientes”: un trabajito normal, niños en edad escolar, comida en familia los domingos y vacaciones generalmente en el campo. O sea, la típica mami en los cuarenta, ni bien ni mal, pero que en la cola de la frutería juguetea con la idea de llevarte a su cama.

Cualquiera puede participar en un trío, no hay ningún requisito previo ni hay que ser un campeón de olimpiadas sexuales

Así que las cosas cambian, claro, y un día se produjo ese clic en mi cabeza: ¿y por qué no? No puedo decir que fuese una decisión madurada y hablada en pareja, tampoco que fuese un tema al que le hubiese dedicado mucha reflexión. Simplemente un día fantaseé con la idea y me di cuenta no solo de que no me producía ningún susto, sino más bien lo contrario: me apetecía mucho llevarla a la práctica. Y sabía sin sombra de duda que Ander saltaría de cabeza a la piscina conmigo.

Mirando ahora hacia atrás, es cierto que antes hubo pequeños instantes de fantasías compartidas en las que los terceros asomaban la cabeza, coqueteos tímidos en los que la imaginación era protagonista, aunque ni se nos pasaba por la cabeza que eso pudiese ser algún día real.

La excitación de pensar que alguien nos estuviera viendo mientras hacíamos el amor en una playa desierta... El nudo en el estómago cuando alguien me miraba con deseo estando Ander a mi lado... El cruce con ese vecino guapo en el espacio reducido de un ascensor... Ander y yo nos mirábamos con disimulo y sentíamos crecer las ganas de fiesta y las cosquillas entre las piernas.

Pero nada de todo eso se concretó en algo tangible ni lo valorábamos tampoco como perspectivas reales. Era solo un juego... hasta que aquel interruptor se encendió en mi cerebro.

Fantaseando realidades: tríos y otras formas de creatividad sexual

Según el Informe Durex de Bienestar Sexual, tener sexo con más de una persona a la vez es la principal fantasía de los españoles: aproximadamente uno de cada cuatro querrían experimentarlo. A pesar de eso, solo lo han practicado el 5%, según datos del CIS.

O sea, que son muchos los que dejan el deseo en la nevera de las fantasías y el trío no pasa de ser una escena tórrida en la imaginación. Pero nosotros... íbamos a estar en ese porcentaje de privilegiados que hacen lo que sueñan.

Tic tac, tic tac, tic tac... Vale, muy bonito, quiero, queremos un trío. ¿Y ahora qué?

La imaginación y la libido se dispararon ya a niveles estratosféricos por el mero hecho de haber tomado la decisión. El trío aún era una idea vaga que no sabíamos cómo encarar y nuestras noches de pasión (y tardes y mañanas...) eran un festival de luces de colores. Aquello pintaba muy muy bien y eso que solo era humo en nuestras cabezas.

La imaginación proponía y descartaba, seleccionaba detalles y afinaba en el qué y en el cómo del futuro trío

Por supuesto, cuando la mente se focaliza en algo, parece que el universo entero confabula para orquestarlo. E igual que cuando quieres un niño solo te cruzas con embarazadas, Ander y yo nos encontrábamos a diario con instantes erotizados que mantenían viva la búsqueda. Cada pensamiento que disparaba ese cruce de situaciones pasaba como una corriente eléctrica entre ambos por medio de un wasap o una frase al oído.

La chica que con toda la intención desnudaba el hombro sentada frente a Ander en el tren... La propuesta ambigua de mi cliente al terminar una reunión... El encuentro con ese viejo amigo de Ander que me recuerda cuánto le gusto mientras nos cuenta su divorcio...

Y nuestras mentes como locomotoras corriendo por una fogosa realidad paralela que provocaba chispas al encontrarnos en la cama por las noches.

Esos juegos de fantasía sirvieron también para ir puliendo una idea etérea y concretarla en algo asequible. La imaginación proponía y descartaba, seleccionaba detalles y afinaba en el qué y en el cómo de nuestro futuro trío. El proceso resultó largo, pero estuvo prendado de momentos exquisitos que nos entretuvieron la espera. Y ese es también parte del encanto de este juego.

La dificultad de un trío MHM

Por entonces, lo que ya tomaba forma en mi imaginación era claramente femenino para esta primera experiencia. En mis fantasías, de modo recurrente, visualizaba una mujer de edad indefinida y sonrisa brillante. Alguien a quien acariciar y abrazar, además de desnudar y follar.

Mi imaginación me confirmaba que no me inquietaba la idea de ver a Ander con otra. En cambio, tener dos chicos pendientes de mí me atosigaba

Si en mi cabeza no funcionaba la escena con dos hombres, no lo haría en la realidad, eso lo sabía bien, así que para nuestro primer trío tendríamos que buscar una chica. Ander, claro, se dejaba llevar, confiado en mis decisiones... y más que encantado.

Pronto vi que la búsqueda de chicas solas que quieran compartir cama con una pareja es quizá de las tareas más complejas en este mundo de la sexualidad alternativa. Unicornios blancos, seres mitológicos, soñados pero casi inexistentes. Hubo que picar mucha piedra y desbrozar maleza en ese campo salvaje que es Internet para acercarme a lo que buscaba. Porque en esto, como en casi todo, había que tener paciencia.

Perseverancia y buena letra sentaron a Rocío a nuestra mesa. Los intercambios de correos habían sido fluidos por un tiempo, la comida amena y un buen modo de relajar (algo) los nervios. Y allí estábamos los tres, en una suite espectacular reservada para la ocasión, con cara de pardillos y un nudo en el estómago que tratamos de deshacer quitándonos algo de ropa.

Juegos bisexuales

Abrazar a Rocío, con la camisa abierta y los vaqueros aún puestos, fue algo tremendamente dulce y sensual. Realizar un trío era además una puerta abierta a explorar la bisexualidad y eso me parecía también de lo más excitante. Ese primer contacto fue para mí otra revelación distinta, un solo abrazo derribó de un plumazo toneladas de condicionantes absurdos.

Desear y gozar, también amar, no deberían entender de géneros

Nos quitamos la ropa mutuamente con caricias que desplazaban tímidamente las prendas. Desabrochar los botones de los vaqueros de otra mujer, revelando el blanco de su ropa interior me produjo un cosquilleo en la columna y sentí una humedad creciente entre las piernas y un deseo apremiante de sentir mi piel desnuda contra la suya.

Me besó mientras sus manos, tras acariciarme el cuello, se deslizaban decididas sobre mis hombros y bajaban los tirantes de mi vestido hasta hacerlo caer. Nos acercamos aún más y sentí sus pezones acariciar los míos mientras nos besábamos.

El cuerpo de una mujer era tan distinto del de un hombre, el abrazo tan dulce y suave, que yo estaba aturdida absorbiendo el cambio

Ander nos miraba casi sin respirar ni estar, contribuyendo también a perpetuar aquella magia que de repente flotaba en esa habitación. Uno de esos instantes en la vida en los que sabes que ya nada será igual: una revelación, como si un dios te entrega las tablas de una nueva ley. Abrazar y desear a una mujer era un placer al que ya no iba a querer renunciar.

Pasado ese instante de duración indefinida y tiempo eterno, las dos miramos a Ander riendo ante su cara de estupor. Nos acercamos y le desnudamos entre las dos: yo le rodeé desde atrás desabrochando los pantalones, mientras Rocío desde delante le deshacía el nudo de la corbata y los botones de la camisa.

En pocos instantes estaba tan desnudo como nosotras y su emoción (y excitación) era aún más patente que la nuestra. Así entramos los tres en una bañera de agua caliente y espumosa, para seguir por unas horas viajando en esa magia única de las entregas del alma a través de las puntas de los dedos.

Hoy aún recuerdo cada caricia. Las que di, las que recibí y las que solo vi.

Cualquiera de ellas fue eléctrica y fascinante, también esas que observé darse a Ander y Rocío. Ni sombra de celos. Pero aunque con ella la experiencia fue muy dulce, ninguno de los tres hicimos esfuerzo por perpetuar una relación que nos parecía disonante en nuestro entorno habitual.

No intercambiamos teléfonos, y si bien los saludos por correo duraron un tiempo, pronto esa cuenta de mail, creada específicamente para esa búsqueda, cayó en el olvido. Supongo que preferimos conservar intacto un recuerdo perfecto y no arriesgarnos a una repetición. Así que sellamos esa escena en el baúl seguro de la memoria y proseguimos nuestras búsquedas con un tesoro más en el bolsillo.

HMH: adelante y sin miedos

Vista la dificultad de encontrar chicas para este tipo de encuentros, y aun cuando Rocío seguía siendo un recuerdo brillante en la memoria, parecía sensato que nuestro siguiente trío fuese con un chico.

Mis dudas habían casi desaparecido, y algunos experimentos previos, aunque inocentes, pusieron de manifiesto las infinitas posibilidades de un trío HMH. Cenar con Ander y poner “esa” carita de niña perversa mirando fijamente al chico de la mesa de al lado, bailar demasiado pegada a otro en la fiesta mayor o sortear conversaciones ambiguas con ese compañero soltero del trabajo eran juegos que empezaban a divertirme.

Y cuando la emoción y el buen humor entran por la puerta, mi libido y sus fantasías se disparan a la carrera... Ander, de nuevo, me miraba divertido y expectante.

La búsqueda inicial de un chico con el que compartir cama resulta sin duda mucho más sencilla: en segundos se encuentran cientos de candidatos potenciales. La sencillez es solo apariencia, ya que tanta disponibilidad dificulta y mucho la selección del candidato. Demasiados aduladores prestos a cantar cualquier loa con tal de mojar una noche.

Así que la búsqueda puede también ser más lenta de lo esperado, y a veces incluso frustrante. De nuevo... paciencia.

Tras algunos intentos fallidos, llegó el día en que me encontré abrazada por dos hombres. Si durante mucho tiempo había creído que me sentiría agobiada y presionada, la realidad con Xavi fue de nuevo dulce y suave. Excitante y húmeda. Apasionante y algo loca.

La experiencia resulta bastante diferente de un trío MHM, ya que los hombres descartan mayoritariamente el contacto bisexual. Mientras que se da casi por sentado que ellas interactuarán sexualmente (en mayor o menor medida, pero besos y caricias se dan por supuestos), en un trío entre dos hombres y una mujer lo que se presupone es justo lo contrario: salvo indicación expresa, ellos ni se tocan.

En cierto modo eso desequilibra, hace que el momento pierda la naturalidad de tres cuerpos disfrutando sin tapujos. Si la homosexualidad es todavía un tabú en nuestra sociedad, en el caso de dos hombres el velo de distancia parece más vigente que nunca.

Muchos reconocen que les excita ver a dos mujeres besarse y acariciarse, pero cuando les llega el turno, la respuesta acostumbra a ser un no rotundo

Eso se refleja en los perfiles de las redes de contactos, donde si bien muchas mujeres se declaran bisexuales, o bicuriosas, resulta mucho más difícil encontrar hombres que declaren abiertamente inclinaciones equivalentes. Por eso conseguir triángulos completos al meter un segundo hombre en tu cama resulta poco frecuente. Y es una pena, porque para mí es en los juegos a tres donde se esconde el mayor encanto.

Para la chica, protagonista del encuentro en un trío HMH, es sin duda un placer tener cuatro manos y dos bocas dedicadas a hacerla gozar. También dos miembros, claro, con todas las posibilidades fascinantes que eso abre. No hay más que dejarse llevar, acariciar y... volar.

Un capricho ocasional para el cuerpo

Tras esas primeras experiencias, invitar a terceros a nuestra cama no es ya un hecho extraño, aunque tampoco puede decirse que sea habitual. Si bien los encuentros son momentos únicos y luminosos, el proceso es si cabe más gratificante para una pareja.

Explorar, jugar y aventurarse juntos fortalece la relación y permite rastrear rincones del carácter que de otra forma quizá quedarían en la sombra

De este modo, la implicación y sinceridad que requieren estos pasatiempos afinan el engranaje de la pareja, y no solo a nivel sexual. Además, la excitación creciente que se produce, antes y después, garantiza momentos de cama que son verdaderas explosiones sensoriales.

En nuestros primeros pasos por este camino, buscamos siempre contactos ocasionales y sin perspectivas de futuro. Nada que se repitiera, nada de direcciones o teléfonos. En definitiva, nada de intimidad más allá de los contactos previos y el día de autos. Era, supongo, el modo de sentirnos seguros.

Con el tiempo, si bien los tríos siguen siendo muy ocasionales en la agenda, nuestro ánimo se ha relajado: hemos ganado confianza y establecido contactos más duraderos. Hemos trabado buenas amistades con quienes antes fueron desconocidos encontrados por Internet y hemos explorado también con personas de nuestro entorno.

En esta evolución, el resultado ha sido cada vez más gratificante en todos los sentidos. Por un lado, porque junto a esas personas hemos experimentado cosas profundamente placenteras, prácticas sexuales que con nuestra rutina de matrimonio de veinte años habíamos olvidado o quizá jamás intentado. Y esas cosas, no solo han sido geniales el día del trío, sino que se han incorporado al modo habitual de tener sexo entre nosotros, aportando un beneficio de placer a largo plazo.

Por otro lado, porque hemos aprendido muchísimas cosas sobre nosotros como pareja y como personas, además de entender mejor las motivaciones de gente diversa ante la excitación y el sexo. Compartir la cama con terceros es una puerta abierta a participar de otras experiencias vitales y modos de entender y vivir la vida.

Y si bien es cierto que muchas de estas maneras de afrontar el mundo no siempre encajan perfectamente con nosotros, satisface comprobar cómo la gente puede ser feliz en pareja de maneras distintas. Es una maravillosa prueba que la estrecha manera tradicional de encarar la vida es un camino demasiado estrecho para abarcar a millones de seres humanos.