El cáncer me robó mi crisis de los 40

Testimonio

"El cáncer me robó mi crisis de los 40"

A Maria Cañellas, publicista, le diagnosticaron un cáncer justo cuando cambiaba de década. Lo primero que le trajo el cáncer fue paciencia. Después le dejó grandes tesoros

Maria Cañellas

Nunca, jamás, imaginé que cumpliría cuarenta años así, luchando contra un cáncer de mama.

Me llamo Maria. No fumo. Bebo vino tinto de vez en cuando. Hago deporte. Suelo dormir a pierna suelta (ya no tengo bebés). Como sano. Me cabreo lo justo y me suelo reír a gusto. Vivo en Barcelona con mi familia: mi marido Nacho y mis dos hijos, Guillem y Joana. Y desde que tengo uso de razón oigo la frase “nuestra familia no es de cáncer”.

Cáncer a los 40: una dura realidad

Cuando me descubrí un bulto en el pecho izquierdo el mes de enero pasado, te puedo asegurar que la palabra cáncer no se cruzó por mi cabeza. Tengo los pechos fibrosos y lo de los bultos no era algo nuevo. Pero esta vez, al subir el brazo, la piel de encima del pezón se arrugaba.

Albert, mi ginecólogo y amigo, me hizo inmediatamente una petición de mamografía. Una vez allí, decidieron hacer también una eco y “pinchar” para sacar muestras de tejido, “no hay nada peor que ir recomendada”, pensé. Me darían los resultados de la punción al cabo de una semana.

Como “yo no soy de cáncer” dormí como un tronco toda la semana, quejándome solo de que el ecógrafo me había dejado la teta como un colador y adelantando la pereza que me daba si, al final, tenían que quitarme ese “quiste”. Mi madre, que como todas las madres es medio bruja, no pegó ojo. Y cuando llegó el viernes, insistió en acompañarme a recoger los resultados.

“Carcinoma ductal infiltrante”. Con estas tres palabras empezó el año en el que el cáncer me ha robado mi crisis de los 40 (no me he hecho runner, ni teñido de rubio, ni me he hecho un tattoo), pero me ha regalado otras muchas crisis, si entendemos esta palabra como “una coyuntura de cambios sujeta a evolución”.

Afrontar el golpe emocional

El mazazo fue de dimensiones astronómicas. Nos dejamos caer las dos en el sofá de la portería del laboratorio clínico y, sintiéndonos los seres más pequeños del Universo, lloramos abrazadas. Pero como una de esas pelotas de goma que tienen los niños y que te manchan siempre el techo, mi madre se levantó y dijo que lo más importante ahora era ponerse en buenas manos.

Yo solo podía pensar en mis hijos y mi marido. ¿Cómo sueltas una bomba así? Pues a Nacho se la soltó mi madre en ese mismo momento por teléfono: “Nacho, Maria tiene cáncer”, como quien quita un esparadrapo, y quedamos con él en media hora en casa de Albert.

La “traducción” del informe no dejaba lugar a duda. La cosa era seria. Al día siguiente iríamos a Vall d’Hebron, un hospital gigante que evidencia más lo diminutos que somos.

Nos quedaba lo peor: llegar a casa y ver a los niños. La esquizofrenia estaba servida: nos tocaba simular que no pasaba nada, reírnos con chistes de segundo de primaria y negociar por el plato de brócoli. Esa noche lloramos, no pegamos ojo.

Decidimos que el miedo no entraría en nuestra casa. Iríamos despacio, para que los niños tuviesen tiempo de asimilar la información, pero no mentiríamos. No les pediríamos nada y había que prepararse para reacciones inesperadas.

Cuesta aceptar que vas a enfrentarte a esta enfermedad...

Al día siguiente, el doctor Cortés del hospital Vall d’Hebron nos dio la seguridad, la empatía y la información que necesitábamos, aunque para mí todo era como estar en una peli. Nacho apuntaba todo lo que nos decía; mentalmente estaba a tope recibiendo indicaciones para capitanear durante la batalla.

Mi madre asentía; peor que te pase esto a ti es que le pase a tu hija. Y yo flotaba; tardé unos cuantos días en creer lo que tenía.

El tumor era grande y multifocal, pertenecía al grupo más común de los tumores de mama, era un Luminal. De modo que el protocolo que debía seguirse estaba claro: 6 meses de quimio, operar, radioterapia y de 5 a 10 años de tratamiento hormonal. Por su tamaño y como tenía ganglios afectados, me llevaba el pack completo y empezábamos cuanto antes.

El doctor Cortés y la doctora Zamora, la persona más amorosa, empática y competente que te puedas imaginar con bata blanca, me plantearon que tenía por delante un año de mierda, pero lo normal era que todo quedase ahí. 365 días.

Cumplir 40 calva y con náuseas. Un verano con quimio y con un catéter en el brazo. Un inicio de curso con una mastectomía. Una Navidad para renacer.

Lo primero que aprendes con el cáncer es que hay que tener paciencia. De repente dejas de controlar tú el tiempo para que él tome posesión de tu vida

Llegué a casa y decidí que, aunque estaba en las mejores manos del mundo, las que no podían faltar en un momento así eran las mías. Iba a hacer todo lo que estaba a mi alcance para pasar este annus horribilis lo mejor posible. Y yo, que como ya te he dicho no soy de cáncer, por alguna irónica razón de la vida ya había visto los vídeos del doctor Martí i Bosch.

Habla de cómo combatir el cáncer de forma holística con un sentido común aplastante, búscalo en YouTube y disfruta. Y como debe de resultar que también soy algo bruja, conocía a la doctora Odile Fernández. Todo el mundo que ha pasado por un cáncer tiene alguno de sus libros en la mesilla de noche y a ella en un altar.

De modo que, desde ese primer día, con un diagnóstico que todavía no iba conmigo y a punto de cumplir 40, empezó mi crisis. Mi cambio. Siguiendo los consejos del doctor Martí i Bosch, decidí que cada noche me daría un baño de media hora de agua con sal para limpiar mis células por osmosis.

El momento de la bañera empezó siendo mágico, íntimo y sensual: Nacho me hacía compañía, charlábamos sin interrupciones y me decía lo mucho que le gustaba tener ese tiempo para verme desnuda. La magia desapareció cuando empecé a sentirme como una beluga varada.

La quimio te deja calva de todos lados, no solo de la cabeza (todo tu vello desaparece, incluidos los pelos de la nariz), y la carne queda como sin riego ni tono, blanca, fofa y resbaladiza. En remojo, eres una auténtica beluga, te lo aseguro. Y esto, no hay marido entregado, mono y piropeador que te lo remonte...

Llegados a este punto, más vale tirar de sentido del humor y mucho amor para seguir sintiéndote tú. Lo de mona, cómoda y sexy queda aparcado hasta nuevo aviso.

Dietas anticáncer y algún que otro capricho

Determiné que seguiría una dieta anticáncer a rajatabla, he estudiado un montón y mi despensa y mi nevera parecen otras. Ahora en casa comemos cereales sin refinar, legumbres, semillas, algas y setas. Mi base son los vegetales y la fruta, y como sin sal. No me he hecho del todo vegetariana porque de vez en cuando me encanta zamparme un filete, pero ahora es eco y mucho más pequeño.

Reconozco que haciendo esto me siento muy bien físicamente pero bastante repelente, por eso disimulo y cuando vienen amiguitos de los niños monto alguna “marranada” para merendar, como un bocata de pan Bimbo con Nocilla (el triángulo sin corteza más delicioso del imaginario colectivo). Por supuesto, los niños y Nacho han hecho una moción de censura anti tofu, tempeh y seitán. Pero dame tiempo para convertirlos...

Decidí que buscaría la ayuda de un especialista en medicina integrativa para superar los efectos nocivos del tratamiento. Contacté con el Institut Khuab, caro pero absolutamente efectivo. He llevado los 6 meses de quimio bastante bien, en cama no debo de haber estado más de 5 o 6 días. No me han ingresado por estar baja de defensas, ni he tenido fiebre. La sensación de boca metálica también me la he ahorrado. Además de la alimentación, la fitoterapia y la homeopatía que me prescribieron, también estoy haciendo acupuntura.

Y decidí más cosas: mi madre quería acompañarme a todas las visitas oncológicas, pero a las sesiones de quimio iría con amigos, con mi padre o con mi marido. Tenía 16 sesiones por delante y adjudiqué una sesión a cada uno. Esto ha sido de lo mejor.

Abrir las sesiones de quimio a la gente que te quiere y diversificar el acompañante llena de color este momento tan duro e incluso lo hace divertido. Va en serio, ha habido días que la enfermera se hacía la remolona para meterse en la conversación y reírse con nosotros. Esta misma enfermera, en mi última sesión, lloró de emoción conmigo al quitarme el catéter del brazo.

Adiós al cabello, hola a la Teniente O'Neil

Decidí que iría con peluca. Mis hijos me lo pidieron y mi suegro me regaló la mejor del mercado. Mis amigas me acompañaron el día que me raparon, “le das mil vueltas a la Teniente O’Neil”, y cuando me la pusieron entendí que podría seguir yendo a comprar el pan si me daba la gana. Nos fuimos a comer juntas para celebrarlo. Al final, he terminado con pañuelo los meses de más calor y no se ha parado el mundo.

Una de las recomendaciones de Khuab era que practicase deporte moderado. Así que me prometí que andaría todos los días. Lo he cumplido. Cada día he subido a la Carretera de les Aigües. Muchos días acompañada de amigas y otros con compañía de la radio o, simplemente, del silencio.

Al terminar la quimio, a finales de agosto, también tenía claro que me iría con mi amiga María a una casa de reposo para llegar fuerte a la operación. Allí descubrí qué es el higienismo vital y he tomado conciencia de lo que es la salud y cómo actuar para mantenerla. Pero contarte esto con detalle da para otro artículo.

El tratamiento que me queda por delante

Todavía no ha pasado el año de mi cáncer, estamos en noviembre, y me falta la radio. 25 sesiones, 5 semanas. No sé qué tal me sentará, pero todo el mundo dice que es mucho más llevadera que la quimio. No pasa nada, son 25 días más y, por supuesto, voy a protegerme de sus efectos adversos con alimentación, fitoterapia, homeopatía y cremas. ¡Esto está hecho!

Pero el pasado lunes empecé el tratamiento hormonal, una inyección al mes y una pastilla diaria que me provocarán la menopausia. Pinta que así tendré que seguir al menos 5 años, o sea que calculo que, cuando acabe, empalmaré con la de verdad.

Esto sí que me da palo. Con 40 años empezar a preocuparme de la osteoporosis, la hipertensión, la falta de libido, la sequedad vaginal, los quilos de más y las cinturas que desaparecen. Ya sé que ante la palabra cáncer todo esto parece una frivolidad, pero ahora que ya me siento curada, sinceramente, es lo que me da más pereza.

Me operaron en septiembre, el día en que mi hijo cumplía 11 años. Un equipazo capitaneado por la doctora Rubio pudo hacer un 3 en 1: mastectomía, cadena de ganglios y reconstrucción. Tuve un pequeño contratiempo en el hospital, el primero: uno de los drenajes me provocó un hematoma y esto hizo más penoso el posoperatorio.

Ahora ya estoy bien, pero la verdad es que este pecho redondo, duro, situado cuatro dedos más arriba que su compañero y que parece que te guiñe el ojo, no me lo acabo de hacer mío del todo. Aunque sé que, como todo, es cuestión de tiempo.

Reflexiones y deseos

Lo primero que aprendes con el cáncer es que hay que tener paciencia. De repente dejas de controlar tú el tiempo para que él tome posesión de tu vida. Hay días que parece que no acaban, esperas infinitas en el hospital, “últimas sesiones” que nunca llegan, cabellos que no crecen suficientemente rápido, celebraciones aún sin fecha y “carpetazos” que te mueres por dar.

Pero, a pesar de todo y del mar de fondo con el que tendré que lidiar, hoy puedo decir que el huracán ha pasado. Y en su retirada me ha dejado muchos tesoros:

Sé que tengo una fuerza de voluntad de titanio.

Una familia amorosa y entregada con una madre capaz de aprender a cocinar con setas y algas para llenarme la nevera de platos.

Tengo unos amigos absolutamente entregados, divertidos y reconfortantes que se inventan regalos únicos, como una colección de libros escogidos, dedicados y entregados uno a uno antes de cada sesión de quimio.

Tenemos en la medicina pública a unos médicos increíbles que se desviven por sus pacientes y viven la medicina con auténtica pasión. ¡Qué gusto y qué tranquilidad, por favor!

Y, aunque suene a tópico, ahora tengo un AMP (¡a mí plim!) repanchingado dentro de la cabeza que solo levantando una ceja fulmina las chorradas que antes me quitaban el sueño.

Espero no olvidar nada de esto, tengo una cicatriz que me lo recordará toda la vida.

Como dice en su estado de WhatsApp un admiradísimo oncólogo: Smooth seas don’t make skillful sailors (‘Los mares tranquilos no hacen marineros hábiles’).

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