Educar en casa

Teo no quiere ir a la escuela

¿Obligamos a los niños a ir a la escuela? El homeschooling (educar en casa) permite compartir, investigar y aprender con nuestros hijos. Y debería ser una opción más.

Jesús García Blanca

educar en casa

Educar en el hogar es una de las experiencias más fascinantes, intensas y enriquecedoras que uno puede compartir con los hijos: supone una enorme responsabilidad, pero, a cambio, podemos obtener un amplio margen de libertad para profundizar en nuestra relación con ellos, compartiendo sus descubrimientos, inquietudes y dudas.

Educación en casa: un testimonio en primera persona

Teo tiene nueve años y no va a la escuela. Algunos adultos no saben cómo reaccionar cuando se enteran. Ponen caras extrañas odicen algo como: “¡Ah! ¿No...?”.

Los amigos de Teo en el parque y en la plaza saben que no va a la escuela como ellos. Una vez le dijeron: “¿Entonces tú no sabes lo que es un quebrado?”. Y él contestó con una sonrisa: “Bueno... seguro que tú no sabes cómo son las pirámides egipcias por dentro”. Pero normalmente se dedican a cosas más divertidas, como jugar a la pelota.

Esta noche, su padre se ha sentado en silencio a los pies de su cama, como hace siempre que va a decir algo importante.

—Las cosas se han complicado un poco, Teo.

—¿Tendré que volver a la escuela?

Teo fue por primera vez a la escuela cuando tenía tres años. El primer día la cuidadora se afanaba en poner a todos los niños en fila. Teo entró a su aire, mirándola de reojo. Le dijeron que se sentara en una de las sillas. Sus padres volvieron al cabo de una hora y lo vieron sentado en la misma mesa, aburrido y casi dormido. Ya no volvió más.

Un año después, Teo empezó a asistir al preescolar de cuatro años. Le permitieron salir a media mañana. Pero, al día siguiente, el maestro dijo que Teo debía respetar el horario completo, porque otros maestros se habían quejado. Dado que era todo o nada, decidieron que lo mejor era irse a casa otra vez.

Teo volvió a la escuela con cinco años y se encontró con una sorpresa: la maestra le gustaba; no se pasaba el día colocando a los niños en fila o mandándolos callar y comprendió enseguida que Teo era un niño un tanto especial que a veces llegaba descalzo porque era imposible meterse en los zapatos.

Los trayectos hasta la escuela eran viajes al Olimpo, descensos al Hades o peligrosos encuentros con Medusa. Y, cada noche, Teo se iba al mundo de los sueños entre las páginas de algún libro olvidado por sus hermanos mayores.

Al año siguiente, Teo comenzó su primer curso en primaria, lleno de alegría y expectación. Pero, unos días más tarde, su mirada empezó a ensombrecerse.

En vez de pedir historias de héroes mitológicos, hablaba de horas interminables coloreando láminas, de la obligación de guardar silencio, de no moverse de la silla o de terminar fichas a toda prisa para no quedarse sin recreo.

Cada día le entregaban una ficha de lectura para practicar en casa: letras y sílabas que flotaban en el aire sin decir nada. Teo había descubierto la magia de las palabras tres años antes junto a su padre, y ahora se dejaba atrapar por la fantasía de Julio Verne, los cazadores de dragones o los piratas de Stevenson.

Una mañana, Teo hizo el camino hasta la escuela en silencio, con la vista fija en el suelo. Su padre esperó también en silencio. Por fin, Teo preguntó si tenía que ir forzosamente al cole. La decisión estuvo clara.

La escuela se convirtió en un recuerdo borroso. Y Teo siguió jugando, leyendo libros por la noche, haciendo preguntas y experimentos químicos, desgranando con su madre el misterio de los números, pintando con su hermana y cocinando con su hermano.

Sus padres habían preparado un plan que resumían con una única y sugerente palabra: “investigar”. Era como jugar a detectives, solo que, en vez de buscar ladrones, buscaban respuestas a las interminables preguntas de Teo.

Un día, su padre le dijo que dos personas del ayuntamiento querían verlo:

—Bueno, ya sabes que la mayoría de los niños van a la escuela y estas personas quieren saber qué hacemos en casa. Pero no te preocupes, que son muy simpáticas.

La visita fue, en efecto, divertida. Teo mostró sus libros y sus películas a dos educadoras de los servicios sociales, les contó historias de hércules y de Perseo y les explicó sus “investigaciones”. Ellas le preguntaron si estaba contento en casa o si preferiría ir a la escuela. Teo las miró con una sonrisa que parecía decir: “¡No tenéis ni idea de lo aburrido que es aquello!”.

Así transcurrió una luminosa primavera. Teo aprendió montones de cosas interesantes; cada respuesta que investigaban traía otros misterios. Todas las tardes, Teo bajaba al parque a jugar con la pandilla del barrio. Pero, en junio, todo se ensombreció. Y allí estaba ahora Teo, esperando en su cama una respuesta de su padre: “¿Tendré que volver a la escuela?”.

Su padre le explicó lo que era un fiscal y un juez, y le dijo que no se preocupara, que iban a hacer lo posible para convencerlos. Una mañana de julio, su madre lo sacó dormido de la cama y lo llevó en brazos a la cocina. Allí había dos policías que querían verlo. Sus padres hablaron con los policías, les entregaron unos documentos y se fueron.

Pasaron los meses y Teo se olvidó del fiscal, del juez y de los policías. Su padre le dijo que había llevado al juzgado sus escritos, dibujos, mapas y demás.

Entretanto, la jueza quiso hablar con Teo en persona, así que fueron al juzgado. Al cabo de un rato, Teo salió solo, cerró la puerta con cuidado y dijo sonriendo a sus padres:

—Todo ha ido muy bien.

Pero sus padres parecían preocupados. Al parecer, el fiscal no entendía que era mucho más divertido aprender cosas en casa que estar callado y sentado en la escuela, así que había pedido a la jueza que ordenara su matriculación. Su padre explicó a la jueza que la escuela apagaba la luz de los niños.

Vivieron unas semanas de incertidumbre. Finalmente, recibieron una llamada y su padre corrió al cuarto de Teo:


—¡Has ganado!

Teo levantó los brazos y agitó sus rizos:

—¡Bien! ¡Podemos seguir investigando!

suscribete Octubre 2017