Bebés robados

"Forzaron a mi madre a darme en adopción"

Soy una niña robada. Y con aquella mujer huérfana de hija se llevaron una parte de mí y ella se quedó con la mitad de una pena que ahora sé que hemos cargado juntas.

Eva Segovia

bebes robados

Mi infancia son retazos de genes y de penas. Me desentrañaron de mi madre por la fuerza de la poderosa inmoralidad de una Iglesia que no quería saber de amores verdaderos. Así empieza mi viaje siempre hacia atrás en esta vida: rastreando una pérdida en caminos solo de vuelta.

Con aquella mujer huérfana de hija se llevaron una parte de mi YO y ella se quedó con la mitad de una pena que ahora sé que hemos cargado siempre a medias. A girones, desgarrando y con abismos de materia oscura que han permanecido inaccesibles a la fuerza de la tristeza, levanté una identidad sin cimientos, pero erguida. Yo, que era tan cartesiana, he sucumbido liberada al esoterismo de esta historia, una narración de realismo mágico y de belleza a ciegas.

Nuestro viaje, ensambladas en la vacuidad de un espacio negro y dolorosamente callado, ha girado sobre el sublime sentido de mi destino: saber quién soy.

Soy una niña robada

Soy adoptada. Casi no hubiera hecho falta que me lo dijera nadie. Me gesté y nací así: adoptada. Como el que nace rubio o artista, como si fuera un dictado genético inevitable. Lo sentí probablemente antes de abrir los ojos impregnada de la química nubosa del sufrimiento materno.

Me lo dijo mi madre adoptiva con seis años. Me explicó a bocajarro que mis padres biológicos habían muerto en un accidente de tráfico. Y no se habló más. No hubo un abrazo ni una caricia ni una lágrima compartida, ni siquiera me miró de frente al decírmelo. Solo una versión falsa sobre mi historia y el comienzo de un camino de tabúes y silencios que, en parte, todavía dura.

Mi YO se precipitó en una caída sin red y reconstruirlo me ha costado un viacrucis de quiebres, de interrogantes sin respuestas y de incomprensión, vergüenza y soledad.

Dentro del armario de la vergüenza

En los años 70 y 80 los adoptados vivíamos en el armario junto con otros colectivos vergonzantes. Era algo que se ocultaba, de lo que no se hablaba ni en las propias familias. Crecí comparándome en secreto con los miembros de mi familia adoptiva, confirmando temerosa que era diferente, de fuera.

Ellos comparaban sus ojos, sus gestos, sus aficiones, sus defectillos, y se notaba un cierto orgullo genético de su parte por aquellas afinidades tribales que yo no compartía. Los amigos hablaban de sus nacimientos, de cuánto pesaron, de a quién se parecían, de los embarazos de sus madres y de otros datos del principio de sus vidas que yo tenía en blanco. Las biografías se sustentaban sobre aquellos detalles trascendentes que les definían y les posicionaban en el mundo.

Mi identidad, en cambio, empezaba en mí y la ocupaba completa mi condición de adoptada. Todos sabían que lo era, pero nadie hablaba conmigo del tema. Los espacios en blanco y la imposición del silencio me hicieron vivir durante mucho tiempo aquella condición como una condena a ser nadie y a ser nada.

Es difícil para un adoptado sin datos biológicos y sometido a la censura social de la época resolver su identidad

Pensaba que la obsesión por mi historia era una debilidad romántica, pero he conocido a muchos adultos adoptados y es una angustia que se repite: un YO sin el ELLA –es habitual que sea la figura desconocida de la madre biológica la que más pese en la falla de la identidad– es un YO inseguro que anda a bandazos.

Fui lo que se llama una buena niña, pero no me sentí querida por mi madre adoptiva, a pesar de mis esfuerzos por amortizar las 800.000 pesetas –del año 1974– que en algún enfado me reprochó que les había costado mi adopción. Era una mujer tosca, distante y fría que ahora creo que vivió inmersa en su frustración por la infertilidad.

Cada uno de los miembros del triángulo que formábamos (madre biológica, madre adoptiva e hija) vivíamos en soledad nuestra angustia, y yo me sentía hija de nadie teniendo dos madres. Mi madre biológica era una idealización catártica y mi madre adoptiva para mí ha sido una gran fuente de sufrimiento emocional.

Intenté ser la mejor hija posible en una súplica inconsciente de amor y sentido identitario

Me debía a mi madre adoptiva, a pesar de su distancia conmigo, pero a la vez amaba a mi madre biológica y necesitaba saber quién era. Aquel conflicto de lealtades me sumió en un sentimiento de culpa del que me he liberado hace muy pocos años. Crecí y maduré preguntándome qué había pasado para que yo acabara entregada en adopción; a quién me parecía; quiénes eran mis padres; si tenía hermanos; dónde había nacido y en qué lugar estaban “los míos”.

La búsqueda de respuestas

Al cumplir los 18 años por fin pasé a la acción. Mi pareja, compañero en este viaje de obstáculos, empezó el camino conmigo y lo completamos juntos casi 20 años después. Nunca tuve ningún dato como pista de partida, excepto la inverosímil leyenda de la muerte de mis padres en un accidente.

Ignoré esa farsa y empecé junto a Òscar mi viaje hacia atrás, siempre ocultándoselo a todo mi entorno, insegura por si había algo malo en estar buscando y creyendo que yo era casi la única adoptada de mi generación que existía y que buscaba.

Fuimos al Registro civil a pedir mi partida literal de nacimiento y con aquel documento llegaron las primeras respuestas

Había nacido un 26 de mayo en Barcelona, en la clínica Nuestra Señora de Lourdes, en el encantador barrio de Gracia. ¡Además estaban escritos mi peso y la hora de nacimiento! En dos líneas, algo empezó a completarme. Leía aquellos datos tan valiosos y me parecía imposible que hubieran estado allí desde siempre.

No constaba el nombre de mi madre –como en la mayoría de los casos de los certificados de la época–, pero ya tenía una hoja de ruta que partía de una verdad. La primera certeza era que mi fecha de nacimiento no era la que yo conocía. Me indignó que le hubieran dado tan poca importancia a ese detalle.

Consideraron que mi biografía empezaba cuando me entregaban a mis padres, pero la historia de una persona, especialmente para un adoptado, empieza en su concepción. Esa fue la primera sensación de estafa de las muchas a las que iba a tener que enfrentarme.

La adopción la había gestionado una congregación de monjas. Topar con la Iglesia supuso librar una batalla agotadora de dos décadas por conseguir el nombre de mi madre. La Casa-Cuna y la Clínica negaban tener ningún dato, alegando, unas veces, que los documentos se habían destruido en una inundación, y otras, que había sido en un incendio.

Aquellas mentiras evidentes, junto con el escándalo mediático sobre los niños robados que se estaba intentando destapar por las mismas fechas, eran un indicio incontestable de que los documentos existían y de que se ocultaban, probablemente por esconder delitos y vergüenzas.

A mi objetivo se unieron otros adoptados que iban saliendo del armario en Internet y, al final, la unión hizo la fuerza. Por fin una monja de la congregación accedió y entregó a un juez los documentos que conservaban a cambio de nuestro compromiso de ser discretos y no tomar represalias de ningún tipo. Fueron 11 nombres en respuesta a una demanda conjunta que presentamos 11 amigos adoptados contra la congregación.

Llegué tarde para el abrazo, para el reencuentro: mi madre había fallecido muy joven, hacía poco

Me sumí en el dolor por aquella sensación de injusticia e impotencia. Fueron unos días de desesperanza, de rabia y de agotamiento emocional, hasta que una sensación me aupó de nuevo y fui tomando conciencia de que, aunque ella no estuviera, el reencuentro no era solo con ella: podía tener más familia, un padre o hermanos.

Un sinfín de huecos por llenar

Tenía una tierra que conocer y una historia con un sinfín de huecos por rellenar. Asturias me acogió una mañana soleada hace tres veranos. Llegué con mi pareja y mi hijo, y nos recibió toda la familia. Nos besaron, nos abrazaron, nos miramos, nos tocamos, nos olimos, lloramos...

“Eres como tu madre, tesoro nuestro, como tu madre” era la frase que todos me repetían conmocionados

Pasamos unos días en aquella maravillosa tierra en la casa de mi madre. Dormí en su habitación, en su cama, impresionada por la sensación de haber regresado al útero materno. La familia y los amigos de mi madre no eran capaces de mirarme o escucharme sin llorar.

Para ellos yo era Concha de vuelta. La amiga más íntima de mi madre nos la describió a un nivel muy profundo y mi pareja se quedó sobrecogido por aquel espejo biológico mío, idéntico, casi clonado. Sin habernos conocido, mi madre y yo lo teníamos todo en común: desde detalles como la misma profesión o escritor preferido, hasta reflexiones íntimas que habíamos compartido con pocas personas sobre una pena profunda agarrada al pecho que giraba en mitad del vacío interno.

Y un nombre: Jimena. Ese hubiera sido mi nombre si no hubiera sido entregada en adopción y ese era el nombre que escogí en mi embarazo por si tenía una hija, un nombre que supongo que rescaté de una memoria genética inconsciente.

Soy ex hija única. Tengo una hermana que tiene de segundo nombre Jimena. Trabaja en Barcelona, en el mismo juzgado al que fui tantas veces a hacer gestiones relacionadas con la demanda por la búsqueda de mis orígenes. Buscaba respuestas en papeles y las tenía en aquel edificio en forma de una mujer a la que adoro.

A través de ella he seguido conociendo más a mi madre, y mi hijo ha ganado una tía fantástica. Tenemos una excelente relación. Me trato con toda mi familia y me siento parte de ella.

No siempre la búsqueda de los orígenes tiene este desenlace feliz, pero la mía ha sido el mejor de los regalos.

Mi madre nunca quiso entregarme. Otros decidieron por ella. Y la Iglesia tuvo un papel muy poco cristiano en mi destino

Ella no me olvidó y me buscó siempre, enfrentándose a la inmisericorde respuesta de unas monjas que solo le dieron datos falsos y golpes de puerta. Tal vez por eso no he tenido nunca la típica sensación de abandono de muchos adoptados.

Me entregó presionada y juzgada y quiso recuperarme pocos días después, cuando aún estaba dentro del periodo legal para reclamar al hijo, pero las monjas la negaron y la silenciaron. Siguió adelante con la pena a cuestas y enfermó muy joven de una patología que la mató pronto y que yo también he heredado.

Precisamente, conocer mis antecedentes médicos facilitó mi diagnóstico y ha permitido una intervención precoz que se traduce en una mejor calidad de vida.

Sigo adelante por las dos. La lucha contra mi enfermedad se ha convertido en la lucha que ella no fue capaz de sostener

Conmigo, siento que la saco a ella adelante. Yo estaba en Asturias de vacaciones el mismo día que murió mi madre. Fue otra de las casualidades del ensamblaje genético, porque hasta entonces no había visitado nunca el Cantábrico.

Estuve a su lado en mi nacimiento y en su muerte, las dos veces sin ser consciente; las dos únicas veces en nuestra vida que hemos estado cerca físicamente. Estaba a 10 minutos de donde ella agonizaba... Y me llevé conmigo su anhelo de respuestas y la enfermedad que la estaba matando.

La siento mi madre y me parece muy injusta esa frase que dice que “madre no es la que pare”. Solo el hijo decide a quién hace madre.

El silencio del padre

Ahora quiero llegar hasta mi padre. Esta vez, el silencio lo impone la familia biológica. Los que conocen las claves de la historia de amor capado e intervenido entre ella y el que siempre dijo que fue el hombre de su vida creen que me protegen si no hablan.

Pero, a mí, el silencio no me beneficia. Quiero contactar con él y explicarle que existo y que todas las cartas que le envió a mi madre no llegaron nunca. Lo hago por los tres. Por nuestro derecho a saber.

Lo hago porque ellos me hicieron gran parte de quien soy: una resiliente genética.

Mis padres, patria querida, gracias. Yo soy yo y soy vosotros, y vosotros sois conmigo

suscribete Octubre 2017