Cultura de la violación

Sobrevivir a una violación para contarlo

España está a la cola de Europa en denuncias por violación. Esto supone un desafío para toda la sociedad, que debe escuchar testimonios como este.

Andrea Beltramo

Violación Sobrevivir

"Ni tú ni tus hermanas sois el problema, vosotras sois parte de la solución. No sois víctimas, sois sobrevivientes”. Cuando la jueza norteamericana Rosemarie Aquilina pronunció estas palabras después de escuchar a 156 mujeres contar una y otra vez los abusos que vivieron por parte del exmédico Larry Nassar, la prensa internacional reaccionó como si se tratara de una anomalía en el sistema.

Lo extraño fue que la jueza escuchó atenta y respetuosamente los testimonios, reconoció la valentía y capacidad de transformación en cada uno de ellos e indagó sobre los hechos evitando el morbo. Sin duda, eso fue una novedad en el tratamiento de la violencia.

Violación: necesitamos una reflexión colectiva

También puede ser una oportunidad para buscar respuestas a estas preguntas:

  • ¿Cómo se escucha a las víctimas?
  • ¿Qué valor tiene su palabra?
  • ¿Cómo hacer de la denuncia una herramienta de transformación y no un trámite burocrático?
  • ¿Cómo conseguir que la empatía, la confianza y el cuidado estén presentes en el tratamiento de los casos de violencia?
  • ¿Cómo protegernos de la crueldad de comentarios anónimos, opiniones prejuiciosas y reacciones aún más violentas que las que contienen las denuncias una vez que se han hecho públicas y qué pueden hacer los medios de comunicación para diferenciar el espectáculo morboso del tratamiento respetuoso de la vida.

Es decir, ¿cómo hacer que esos testimonios sean experiencias de vida y no de muerte?

Cada una de estas preguntas surgen de la experiencia compartida de pensar estrategias para convivir en un mundo que se estructura de forma violenta y, a la vez, conservar el deseo de soñar otros mundos posibles.

Plantearlas, y acaso responderlas, implica dar valor a la reflexión colectiva, a la práctica del encuentro y la construcción de confianza. También son la consecuencia de una decisión, la de enfrentar mi denuncia.

Somos manada

Yo sí te creo, hermana

Somos manada

Elegir el momento de hablar

Fue en un programa de radio donde hacía una sección semanal sobre crítica cultural con perspectiva de género. Aquella semana mi intervención era sobre cine y hablaría de una película que contenía varias escenas de violaciones a mujeres.

Junto a la producción del programa y las periodistas que lo conducían, nos interesaba revisar el imaginario que se pone en funcionamiento para representar esa forma concreta de violencia. Sin embargo, esa noche necesitaba comprometer mi voz, la dimensión personal del asunto.

Tenía el privilegio de poder elegir el momento exacto y el lugar indicado. Veinte años después, por fin lo había conseguido. A los doce años había decidido callar. Al menos delante de quienes no iban a defenderme ni solidarizarse, ni mucho menos actuar en consecuencia.

Eran las fiestas del pueblo, aunque esto es anecdótico. Cualquier escenario es válido para quienes ejercen la violencia. Más allá de los detalles, lo que pasó fue que no pude evitar estar sola con tres hombres a los que conocía y que me llevaban más de veinte años, a varios kilómetros del centro de la juerga y de mi casa, en medio de un paisaje de sueño, entre piedras y montañas.

Lo siniestro puede ser escandalosamente bello.

Querían sexo. Me negué y quise irme del lugar hasta que entendí que no iba a llegar muy lejos caminando por el campo mientras ellos tenían vehículo y conocían el territorio.

Tuvieron sexo, uno cada vez, muchas veces. Se tenían asco entre ellos. Usé diferentes botellas de refrescos para enjuagarme porque ninguno quería encontrar restos del otro.

Nunca lloré. Incluso me reí de sus chistes y de los momentos donde tenían que abandonar la tarea porque el cuerpo ya no les daba para más. No tenían fuerzas suficientes. Y yo no les iba a dar las mías.

La revictimización también es violencia

Estuvimos muchas horas, me llevaron de vuelta a casa cuando amanecía. Recuerdo ver el sol tras las montañas. Mi familia había hecho la denuncia. Dos policías estaban furiosos y cansados. Me preguntaron si me habían secuestrado. ¿Dónde me había metido toda la noche? Estoy bien, dije. No iba a decir nada más. Solo quería irme a casa.

Además, ¿quién iba a escucharme?, ¿el policía al que un tiempo atrás había preguntado unas cosas en un puesto en la carretera y aprovechó la ocasión para tocarme los pechos?

Todos los días pasábamos con papá en coche por ahí y saludábamos por cortesía. No era inteligente confiar en la policía. De mi familia podía esperar comprensión pero decidí que no iba a enfrentarlos con algo que yo misma apenas podía manejar. Y no confiaba en nadie.

Juicio al porno que ve La Manada

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De los meses que siguieron recuerdo la rabia, la furia y el miedo. Apenas dolían pero sabía de mis heridas. Durante años me concentré en que no se notara. Todo lo que oía y veía sobre violaciones en cine, conversaciones, literatura, todo aquello se centraba en las vidas arruinadas para siempre.

Yo tenía doce años.

¿Para siempre? Me llevó mucho tiempo entender que la revictimización es violencia.

La posibilidad de volver a confiar

Hoy sí confío, como confié aquella noche en la radio. Confío en las redes de cuidado donde voy sanando y me hago fuerte, en los movimientos sociales que se manifiestan, transforman y dan sentido colectivo a la palabra denuncia.

Confío en mí.

Y confío en las amigas que llamo inmediatamente cuando huelo la trampa de preguntarme por qué dar testimonio si lo mío no fue tan grave, si pude sobrevivir.

Cómo digo que ser víctima no es habitar un gerundio, que no soy víctima para siempre, ni cada vez que lo cuento. ¿Cómo manejar esa culpa secreta de ser sobreviviente?, ¿qué es lo que importa de este testimonio?, ¿será que el silencio a veces sí nos protege?, ¿y si mi voz es una forma sutil de perpetuar la amenaza?

No conozco estas respuestas, pero asumo el riesgo de contarlo todo.

Siempre.

Una vez más.

Cada vez que haga falta.

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