Salud mental

"La depresión es un precio infernal para despertar a la vida"

La depresión es más pequeña que tú. Siempre es más pequeña que tú, incluso cuando la sientes inmensa. Ella actúa dentro de ti, no tú dentro de ella.

Matt Haig

testimonio depresion

La depresión puede ser una gran nube oscura, pero tú eres el cielo. Tú estabas allí antes que ella. Y la nube no puede existir sin el cielo, pero el cielo sí puede existir sin la nube.

Hace trece años iba a morirme, ¿sabes? O a volverme loco. Era imposible que siguiera aquí. A veces dudaba incluso de poder aguantar diez minutos más. Y me resultaba imposible pensar que llegaría a sentir la confianza y la seguridad suficientes como para escribir sobre ello.

Uno de los síntomas clave de la depresión es que no se ve esperanza alguna. Ningún futuro. No solo no se ve una luz al final del túnel, sino que ambos extremos parecen bloqueados, y tú estás dentro.

Pero que estés leyendo estas palabras prueba que la depresión miente. La depresión te hace pensar cosas equivocadas. Pero la depresión en sí no es una mentira. Es lo más real que he experimentado en mi vida.

Por supuesto, es invisible. Los demás, a veces, ni la perciben. Andas por ahí con la cabeza en llamas pero nadie puede ver el fuego. Y así –porque la depresión es algo oculto y misterioso que, por lo general, no se ve– el estigma sobrevive...

Esto es particularmente cruel para los depresivos, porque afecta a los pensamientos y la depresión es una enfermedad del pensamiento.

El sol se hunde tras una nube y sientes ese leve cambio atmosférico como si hubiera muerto un amigo.

Sientes la diferencia entre dentro y fuera como un bebé siente la diferencia entre el útero y el mundo. La mente es infinita y sus tormentos –cuando se dan– también pueden serlo. Yo temía más que ninguna otra cosa volverme loco.

Dicen que la locura es una reacción lógica a un mundo enloquecido... Tal vez la depresión sea, en parte, simplemente, una reacción a una vida que en realidad no entendemos. Puede ser...

La depresión, para mí, no era un embotamiento, sino una agudización, una intensificación, como si antes hubiera estado viviendo en una concha marina y ahora ese caparazón ya no estuviera. Sentía una desprotección total.

Era una mente desnuda, en carne viva. Una personalidad desollada. Un cerebro en un frasco lleno del ácido que es la experiencia.

Cuando estás deprimido te sientes solo y crees que nadie sufre como estás sufriendo tú. Tienes tanto miedo de parecer loco que lo callas todo, y temes tanto que los demás te tomen por raro que te encierras en ti mismo y no hablas de lo que te sucede, lo cual es una pena, porque hablar de ello ayuda.

Las palabras –habladas o escritas– nos conectan con el mundo, con los demás y con nuestro verdadero yo.

Con mis palabras quiero lograr convencerte de que el fondo del valle nunca te ofrece las mejores vistas. Y los viejos tópicos siguen siendo los más ciertos. El tiempo cura. Y las palabras, a veces, pueden liberarte.

Ahora, escucha. Si alguna vez has creído que una persona con depresión quiere ser feliz, te equivocas. No podría importarle menos el lujo de la felicidad. Solo quiere dejar de sentir dolor. Escapar de una mente en llamas, donde los pensamientos arden y humean como viejas posesiones destruidas en un incendio.

Quieres dejar de vivir. Pero lo raro de la depresión es que, por más pensamientos suicidas que tengas, el miedo a la muerte sigue siendo el mismo. La única diferencia es que la vida duele cada vez más.

Así que cuando alguien se quita la vida, es importante saber que la muerte le seguía asustando igual.

La depresión es una de las enfermedades más mortales del planeta. Mata a más gente que la suma de casi todas las otras formas de violencia: guerras, terrorismo, violencia doméstica, violaciones y ataques con armas.

La depresión es una enfermedad tan grave que provoca más suicidios que ninguna otra enfermedad. Sin embargo, la gente todavía no cree que la depresión sea en realidad algo tan serio.

Si además combinas ansiedad con depresión, es un poco como mezclar cocaína con alcohol. Acelera al máximo la experiencia.

Si tienes solo depresión, tu mente se hunde en un pantano y pierde empuje; si se suma la ansiedad al cóctel, el pantano sigue siendo un pantano, pero hay remolinos.

Los monstruos que están allí, en el lodo, se mueven sin cesar como caimanes. No tienes ni un segundo de tregua, ni un instante del día que no estés dominado por el miedo. No exagero. Ansías un momento, un solo segundo sin estar aterrado, pero nunca llega.

La enfermedad que tienes no es de una sola parte del cuerpo, algo sobre lo cual puedas pensar desde fuera. Si te duele la espalda, puedes decir “la espalda me está matando”, y habrá una especie de separación entre el dolor y el yo.

El dolor es algo aparte. Te ataca y te fastidia, e incluso te corroe, pero aun así no es el yo. En cambio, con la depresión y la ansiedad, el dolor no es algo en lo que pienses, porque es precisamente lo que piensas. No eres tu espalda pero sí eres tus pensamientos.

Pero nada dura para siempre. Este dolor terminará. Él te dice que durará. Pero miente. Ignóralo. El dolor es una deuda que se salda con el tiempo. Un día experimentarás una dicha que compensará este dolor.

Llorarás de euforia escuchando a los Beach Boys, contemplarás la cara de un bebé que descansa en tu regazo, conocerás a grandes amigos, comerás platos deliciosos que aún no has probado, contemplarás un paisaje desde un lugar elevado sin calcular las probabilidades de caerte y morir.

Hay libros que todavía no has leído y que te enriquecerán, películas que verás mientras comes cuencos gigantes de palomitas de maíz, y bailarás y te reirás hasta que te duela el cuerpo.

La vida te espera. No te des por vencido. La vida siempre vale la pena.

Me alegra haberme recuperado en gran medida sin ayuda de medicación, y siento que haber experimentado el dolor “sin anestesia” me empujó a conocerlo muy bien y a mantenerme alerta a las señales de los sutiles altibajos de mi mente. Al no tomar medicación conseguí más armonía conmigo mismo.

Eso me ayudó a saber qué era exactamente lo que me hacía sentir mejor. Y ese estado de alerta, esa atención profunda que sé –por mí mismo y por otros– que las pastillas pueden hacer que pierdas, al final me sostuvo para reconstruirme desde cero.

Si hubiera estado embotado o sumido en esa otredad que pueden hacerte sentir los fármacos, todo habría sido más difícil. Tal vez deberíamos fijarnos en cómo vivimos y en cómo nuestra mente no está hecha para la vida que llevamos.

Algo de lo que no me di cuenta, porque me habría resultado incomprensible, era que este estado de ánimo al final acabaría produciendo tanto efectos positivos como negativos. Porque una vez que empezamos a recuperarnos, y a vivir otra vez, lo hacemos con ojos nuevos.

Todo se vuelve más claro, y tomamos conciencia de cosas en las que antes no reparábamos. Sí, la depresión es una pesadilla. Pero también puede resultar útil. Algo así como una pesadilla que mejore tu mundo de diversas maneras.

Por ejemplo, yo escribo debido a la depresión. Antes no era escritor. Sencillamente no tenía la intensidad para explorar con la curiosidad y la energía necesarias.

El miedo nos hace curiosos. La tristeza nos hace filosofar.

Entonces, incluso si la depresión no se supera por completo, podemos aprender a utilizar lo que Lord Byron denominó un “don terrible” y podemos utilizarlo en la vida. Por ejemplo, yo descubro que ser tan consciente de la mortalidad puede convertirme en una persona firmemente decidida a disfrutar de la vida donde sea.

Y permíteme decirte algo. Sonará insulso y sensiblero, pero –te lo aseguro– es algo en lo que creo por completo: el amor nos salva. A mí el amor me salvó. Andrea, mi compañera. Ella me salvó. Su amor por mí y mi amor por ella. Y no una vez. Muchas. Una, y otra, y otra...

No creas que se trata de una relación perfecta. No lo era. Y sigue sin serlo. Antes de manifestar mi enfermedad discutíamos. Pero si te sumerges lo bastante bajo un maremoto, el agua está en calma. Así éramos nosotros. En cierto modo discutíamos porque sabíamos que la sangre no llegaría al río.

Cuando puedes ser quien eres junto a alguien, proyectas hacia fuera tu yo insatisfecho. Y a mí me pasaba eso. No era feliz. Y cuando la depresión atacó, Andrea estuvo a mi lado. Me esperó con paciencia durante mi ausencia de mí mismo.

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suscribete Octubre 2017