Esclerosis múltiple

"Mi vida me estaba avisando de que algo no iba bien"

Mi diagnóstico de Esclerosis Múltiple fue el punto de inflexión para un cambio de vida radical. No ha sido un camino fácil, pero tampoco tan difícil.

Jose Segurado. Autor de "Elijo Vida. Cómo me recuperé de Esclerosis Múltiple tomando las riendas"

Testimonio de una esclerosis multiple

Hace poco escuché que algunos coaches usan dos preguntas abiertas que les dan grandes resultados: “¿Qué tienes que hacer para sanar?” y “¿A qué le está diciendo “no” tu enfermedad?” Sus clientes comenzaban a abrirse, a hablar, y, en muy poco tiempo, ellos mismos hallaban sus propias respuestas. Ya lo sabían.

Y hoy, más de tres años después de que me diagnosticasen Esclerosis Múltiple, con más de treinta lesiones cerebrales, una de ellas de más de un centímetro de tamaño, y de que me dijesen que era muy probable que no pudiese caminar en seis meses, sé que ya sabía desde el primer momento dónde estaba la raíz de mi sintomatología.

Hablo de síntomas, no de enfermedad, porque nunca sentí en mi fuero interno que tuviese “una enfermedad” que hubiese “invadido” mi cuerpo, algo que viniese de fuera a apoderarse de mí, sino que, a pesar del terror inicial, una voz en mi cabeza muy tenue me decía que todo lo que me estaba pasando era el resultado de malas elecciones vitales, una detrás de otra, de un estado de estrés constante y de rabia acumulada ante la vida y ante mí mismo que, de alguna manera, me estaba lesionando, me estaba atacando. Literalmente. No sé exactamente cuál fue el mecanismo, pero textualmente sentía que esa rabia era la que estaba haciendo que sintiese mi cabeza a punto de estallar.

Un sinfín de síntomas me empujó a ir a urgencias a hacerme pruebas, sabía que algo no iba bien. En el transcurso de un mes me comencé a orinar encina, a no poder tener relaciones sexuales, a perderme en la calle, a no tener equilibrio, a no poder leer ni estudiar, a tener partes del cuerpo dormidas (una pierna, un brazo, y un círculo en la parte izquierda del torso). Pero algunos de estos síntomas, por separado, ya me habían llegado en años anteriores a ese “gran brote”.

Era como si la vida me estuviese avisando desde hacía tiempo de que algo no iba bien en mi vida, de que no la estaba encauzando por donde quería, de que no estaba viviendo mi propia vida, la que yo quería, y no la vida de otros, la que todos (la sociedad, el sistema, la familia, mis creencias…) me estaban diciendo que tenía que seguir. Pero yo hice caso omiso a todas esas “señales” (ahora estoy convencido de que eso es lo que eran, aunque mis afirmaciones no puedan ser estudiadas ni medidas en estudios clínicos). Y como no quería escucharme, como no quería hacer caso a esos síntomas/señales/pistas, la vida me “regaló” una bofetada con la mano bien abierta, algo que me hizo mucho daño, pero al mismo tiempo me hizo despertar de ese letargo en el que se había convertido mi vida.

Por suerte, en el mismo momento del diagnóstico, a pesar del miedo y la desesperación, ya sabía (aunque fuese de una manera muy tenue y a una intensidad muy baja) que aquel momento se trataba de un punto de inflexión en mi vida. Que o me hundía en el “efecto nocebo” que me estaban anunciando y mi vida se precipitaba hacia una silla de ruedas o bien “decidía” empezar a escuchar las señales que me estaba dando la vida y a hacer cambios para ir redirigiéndola hacia donde quería.

Cómo superé la Esclerosis Múltiple

No ha sido un camino fácil, pero tampoco tan difícil. Se trata de ir haciendo cambios, uno cada vez, todo suma. Todo lo que necesité lo encontré buscando en Internet y leyendo mucho. “¡No busques en Internet ni leas nada!”, me advertían siempre las fuentes oficiales. ¡Bendito Internet!

Un cambio de dieta

A grandes rasgos, primero una dieta en su mayor parte vegetariana, con algo de pescado pequeño salvaje, brotes, germinados, frutos secos, algo de cereal… Más tarde volví a incorporar carnes de calidad, con pequeñas modificaciones según las estaciones, lo que voy aprendiendo, lo que me apetece…

Para mí la dieta hace que tu cuerpo esté en sus máximas posibilidades para que esté siempre preparado para protegerse y repararse a sí mismo, que creo que es la función principal y natural del organismo. Que el cuerpo esté bien para que tú mismo te dediques a resolver lo que tienes que resolver. Tú mismo, nadie más.

La meditación

Le siguió la meditación. O hacer silencio. Ahora está tan de moda el mindfulness que parece que estemos descubriendo algo nuevo, y nada que ver. Se trata de estar atento, enfocado en una cosa simplemente.

Hay tantas formas de hacerlo como personas en el mundo, descubre la tuya. Puede ser centrarte en la respiración, estar contigo mismo, escuchar música, leer, fregar los platos, rezar…

Dedicar toda tu atención a una sola cosa, con ganas, con pasión. Esto hace que se equilibren tus dos hemisferios cerebrales, el derecho y el izquierdo, que lo creativo haga las paces con lo racional, que la intuición fluya, que las respuestas y las decisiones correctas “para ti” lleguen más fluidas.

¿Por qué no se enseñan un par de horas de meditación en las escuelas? Fácil, económico, y se eliminarían de un plumazo muchos de los problemas que nos afectan como adultos.

Sobre los efectos altamente positivos de la meditación sí que hay muchos estudios realizados. ¿Será que no interesa? ¿Será que es tan efectivo a asusta? ¿Qué pastilla consigue tales efectos de manera gratuita? Ninguna.

Adiós a las emociones tóxicas

Le tocaba el turno a acabar con la rabia, la agresividad, la ira, el enfado y el estado de victimismo. Todo lo de afuera era responsable de lo que me pasaba, de mis problemas, de mis malas decisiones, del caos en mi vida… Todo, menos yo.

Para acabar con este estado no tengo trucos mágicos, pero sí grandes aliados: darme cuenta de que tenía que salir de ahí, recurrir a mis amigos, ver películas que me hiciesen reír, ir al gimnasio, nadar, bailar, pasar tiempo con animales, plantas, niños, audios de Louise Hay, conectar con la naturaleza y la vida, hacer el amor… lo que funcione para ti.

Hay cosas que te hacen sentir bien y otras que te hacen sentir mal. Es nuestro GPS emocional, el que todos llevamos dentro, así que es “tan fácil” como elegir lo que te hace estar contento, feliz. Sólo eso. Pero muchas veces no nos damos permiso para disfrutar y sentirnos bien. Craso error.

En busca de mi camino

Y llegó el momento de pensar con un poco de claridad qué quería hacer con mi vida. ¡Qué miedo! ¿Qué quería en realidad? Si supiese que iba a morir en unos meses, ¿qué querría haber hecho con mi vida? ¿Querría haber estado encerrado en una oficina todos los días de mi vida?

No quiero ofender a nadie, si es lo que te gusta, adelante. Pero a mí no me hacía feliz. Y ahora creo que lo único, lo más importante en la vida es la búsqueda de nuestra felicidad, para lo que estamos vivos.

Y poco a poco todos los síntomas desaparecieron. Nunca me dieron medicación. No hay nuevas lesiones. Y sé que todo está bien. Ahora soy feliz, antes no lo era.

“¿Qué es lo más importante?”, me preguntan.

Siempre digo que es un “todo”. Pero hoy me doy cuenta de que para mí hay algo que tiene más peso. Hoy sé que la última parte es la más importante.

Por supuesto que comer bien y dejar de lado las porquerías es muy importante. Pero también lo es que puedes comer todo el brócoli y el Kale ecológicos del mundo, pero si no estás bien contigo mismo esos superalimentos no van a poder hacer nada por ti.

Podría hablar largo y tendido de alimentación saludable, suplementos, fitoterapia y plantas medicinales (hice un curso anual sobre plantas medicinales y es un mundo fascinante), de qué va bien para los diagnósticos autoinmunes. Pero no lo voy a hacer por varios motivos.

Hay gente que ya lo hace muy bien y tenemos a nuestra disposición toda la información que necesitemos. Y porque, además, siento que por parte de los mal llamados “pacientes” (esta palabra implica que no tienen un papel activo en el proceso que están viviendo) hay una tendencia a escudarse detrás de estas directrices.

Buscamos constantemente qué es bueno y qué es malo para una condición. Esto “sí” y esto “no”. Nos ponemos una etiqueta de “enfermo de” o de “luchador contra”.

Y me viene a la cabeza la imagen de un ente extraterrestre que se ha apoderado de nuestro cuerpo y tenemos que tomar determinados brebajes, pastillas, o lo que sea, para aniquilarlo. Cuando alguien me dice “tú eres un ejemplo de cómo luchar contra” quiero empezar a rebatir.

Luchar contra nada, hacer las paces con uno mismo. Si luchas te agotas y eso lleva a la enfermedad. Sería la “respuesta de estrés”. Si haces las paces estarás mucho mejor contigo y harás que tu cuerpo se ponga en marcha para auto-repararse, que es lo que está preparado para hacer (la “respuesta de relajación”). Él sólo, sin que tengamos que enseñarle nada, sin gastarnos cientos de euros.

Ser agradable, ser bueno contigo mismo, ser tu mejor amigo y escucharte es “lo más importante”. Una enfermedad auto-inmune significa que tu cuerpo se está atacando a sí mismo. ¿En serio? El cuerpo humano está hecho para cuidarse y repararse constantemente, tenemos una capacidad de auto-reparación increíble. ¿Por qué necesitaría atacarse? No tiene sentido. Mi cabeza y mi corazón no dejaban de decirme que no tenía lógica.

Fue empezar a escucharme y todo fue cambiando. No de la noche a la mañana ni un cambio radical. Pero sí cambio a cambio, paso a paso, “escucha” a “escucha” se iba transformando lo que parecía inamovible. E igual que mucho “no escuchar” creó una enfermedad (yo sé que esto es así, lo he vivido en mis propias carnes y ningún profesional puede decirme lo contrario), ir escuchándote cada día es capaz de ponerlo todo en su sitio.

No obstante, cuando ya hace tiempo que creo que lo tengo todo “bajo control”, aparece algún nuevo aspecto de mi vida donde me doy cuenta que no soy del todo fiel a mismo. Y tan pronto como decido ser sincero, “¡pum!” algo cambia dentro de mí y me dice: “ahora sí, por aquí es por donde tienes que ir”. Cosas que ya sabía desde mi infancia y que, no sé por qué, me empeñaba en acallar o en obviar. La esencia no se puede obviar.

Ser como somos realmente, perfectos como somos ya desde nuestros primeros movimientos, no se puede obviar, no se puede enterrar. Cuando veo a mis pequeños ahijados, tan diferentes entre ellos y tan únicos, pienso: “ya está, ya sois completos, ya sabéis qué os gusta, ya sabéis en qué sois buenos, ya sois únicos y perfectos.”. Y les digo que no lo olviden nunca.

Hay gente que me da mucha envidia porque siempre han tenido muy claro quiénes son y qué quieren. Bueno, creo que todos lo tenemos claro, pero ellos lo escuchan y se hacen caso. Y creo que los que hemos tenido en alguna ocasión un diagnóstico autoinmune coincidimos, en una inmensa mayoría, en tener una personalidad demasiado estricta, “machacona”, hemos sido demasiado responsables y trabajadores y hemos prestado muy poca atención a honrarnos a nosotros mismos.

Menos es más. Bajo mi punto de vista, según mi experiencia (que más de tres años después del 27 de Mayo de 2014, cuándo mi vida “aparentemente” se vino abajo, creo que es muy valiosa), creo que es “tan fácil” como volver a la esencia. Hacer lo que queremos y lo que nos hace felices, sin cuestionárnoslo.

Y no me digáis que no sabéis qué es. No me lo creo. ¿A qué jugabas de pequeño? ¿Con qué disfrutabas en el cole? ¿Y en el patio, en casa, en tu tiempo libre? Rescátalo, aplícalo, y empieza a ver resultados. Sólo tú lo puedes saber y experimentar. Es mucho más fácil de lo que parece. No es física cuántica. Es vivir. ¿Se nos ha olvidado? Pues os invito a recordar.

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suscribete Octubre 2017