Mentes insanas
Brigitte Vasallo
Escritora
Brigitte Vasallo

Consecuencias

Menos violar y más llevarme las maletas

La pureza conlleva responsabilidades muy pesadas. Y cuidarse la espalda a costa de los privilegios masculinos tampoco está tan mal, ¿no?

feminismo maletas

5 de abril de 2018, 17:31 | Actualizado a

Queridas Mentes Insanas,

He estado pensando mucho últimamente, y me refiero con ello a los últimos 20 años, en la cosa esta del patriarcado y el feminismo, y los cuidados y los autocuidados. Estamos ahí luchando, resistiendo, pensando, exprimiéndonos coco, tripas, haciendo asambleas de esas que no terminan nunca o que ya empalman con la siguiente, montando manifestaciones y todo eso, y hay muchas cosas que han cambiado y mucho trabajo por hacer, y voy a poner un punto en esta frase porque ya.

Punto.

Todo esto ya lo sabemos y quede constancia que ni lo niego ni lo nada.

Pero iba yo el otro día (de 1993) carreteando penosamente una maleta por una estación de tren cuando me dije a mí misma: "Joder, Brigitte, qué mal nos lo estamos montando". Ahora los hombres ya pueden llorar y nosotras ya podemos cargar maletas infinitamente y montar estanterías.

Sí, claro, ya sé que la idea es desvincular estas cosas al género y todo eso, pero a lo que vamos. Que a nosotras nos siguen violando y ahora, además, tenemos que cargar las maletas, que es un hecho central en tu pensamiento feminista cuando las estás cargando por una estación de tren después de mil horas de viaje y estás que trinas.

"¡Es que nosotras –me diréis ofendidas– también somos capaces de cargar maletas!". Y sí, lo sé. Soy de esas mujeres que demuestran que la estadística es mentira, que miden 1’80m y pueden partirle la cara a cualquiera sin despeinarme mucho. Esa soy yo, por regalo de mi naturaleza celta. Pero el caso es: puedo cargar maletas pero… ¿Quiero hacerlo?

¿Qué parte del mundo es mejor si yo cargo mis propias maletas?

Y ¿sabéis que me dije en 1993? Que no quiero, que no me da la gana. Así que no volví a cargar una maldita maleta, porque siempre había un señor dispuesto a ejercer de susodicho y a herniarse la espalda para demostrar su masculinidad. Pues bienvenido, colega. Yo, a lo mío.

Ahora, con los años y la pinta marimacho que tengo, cada vez tengo menos señores dispuestos a galantear a costa de sus hernias.

Pero ahora aprovecho la edad, mis 44 años como 44 soles, y siempre hay un gallito dispuesto a ayudar a una señora mayor para demostrar que es un nuevo masculino de esos. Pues bienvenido también. Y yo, a lo mío.

Tengo la suerte de que nadie me puede ya quitar el carnet de feminista porque hace siglos que me lo quitaron por diversos motivos que no vienen al cuento pero todos ellos bien justificados. Soy una feminista nefasta.

De hecho, soy una feminista entre comillas. “Feminista”. Porque no me va la identidad en ello. El feminismo es una perspectiva, una forma de mirar y estar en el mundo. Y cuidarse la espalda a costa de los privilegios masculinos me parece una perspectiva feminista de autocuidados maravillosa.

Y un acto de teatro callejero de esos disruptivos muy divertido si después de que el gallito de turno te haya subido la maleta tú haces una demostración de fuerza bajándola tú solita o cualquier otra cosa así. O cuando le dices a la niña de al lado: “¿Sabes? Yo puedo subir esa maleta, pero no me da la gana”. Y la niña te mira con un brillo en los ojos y el señor también, pero de odio.

Que sí, queridas. Que a nosotras nos matan. Bastante tenemos con ello.

Y, para acabar, echad un vistazo a Sojourner Truth y su discurso “Ain’t I a Woman?” (“¿No soy yo una mujer?”), que fue pronunciado en 1851 en la “Convención de los derechos de la mujer de Ohio”, en Akron, Ohio. Para situar el tema feminismo y tal.

Feliz semana, Mentes.