Mentes insanas
Brigitte Vasallo
Escritora
Brigitte Vasallo

Depresión

Mi cuerpo es más sabio que yo

En la relación que tenemos con nuestro cuerpo, cometemos el error de centrarnos en la parte estética. Nuestros cuerpos son mucho más que simples envoltorios.

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15 de marzo de 2018, 10:31 | Actualizado a

Queridas Mentes Insanas,

Cuanto más pienso en mi cuerpo más me gusta. Así os lo digo. No en lo estético, que está muy bien o está muy mal según me dé el día –pero que no me preocupa demasiado porque ya bastante complicada es la vida–, sino en lo sabio.

La última depresión que pasé me la pasé durmiendo. No sé si todas han sido igual, pero esta, que la tengo reciente, fue alucinante. Dormir non stop.

Yo me culpabilizaba, claro, por aquello de la producción capitalista, la criminalización de la pereza, y la sensación enganchada a la piel como purpurina de aquella que no se va ni a palos de que dormir era síntoma de estar mal.

Y yo no quería estar mal. Pero aún así lo que yo pensara daba un poco igual, porque yo, o mi yo mental, mi yo consciente, no estaba al mando de mí.

Ahora que han pasado los meses, que estoy bien, tranquila, y que puedo ir mirando atrás y verlo con otros ojos, e ir descubriendo el proceso por el que he pasado y que desde dentro solo es ruido y follón y no se entiende nada, ahora, digo, veo que mi cuerpo tomó sus decisiones sabias. Y una de ellas era hacerme callar.

Un amigo me dijo una vez:

“Brigitte, ni tu cuerpo te aguanta”

Y creo que tenía toda la razón. Porque yo soy maja un rato largo, pero también intensa como yo sola. Y deprimida ni te cuento lo pesada que me pongo.

Bucles mentales infinitos, todo llevado al extremo, pocas herramientas para tomar distancia de mí misma y cero sentido del humor, que acostumbra a ser lo que me salva.

Así que, con ese panorama, creo que mi cuerpo tomó la decisión de desconectarme la cabeza a ratos. Lo que viene a ser un shut down, un apagado técnico y fuera.

Hacerme dejar de pensar, dejar de dar vueltas infinitas a cosas que, por lo demás, no tenían ni respuesta ni solución. Y ponerme a dormir. Muchas, muchas horas cada día. Las necesarias.

Os lo cuento porque en la relación con nuestros cuerpos, la parte estética ocupa muchísimo espacio, y me parece una injusticia total. Nuestros cuerpos son mucho más que fundas, mucho más que camisas, mucho más que envoltorios.

Lo decía Sol Camarena hace una semanas: “el cuerpo no es un vehículo, es un hogar”. Y es, añado yo, un hogar que hace todo lo posible por cuidarnos y que estemos bien.

A menudo se lo ponemos bien difícil: mi cuerpo llevaba meses lanzando señales de alarma y pidiéndome que bajase el ritmo, que tomase decisiones duras pero sanas, que comiese de manera organizada, que respirase y saliese a pasear para oxigenarme… todo eso.

Y yo hice todo lo contrario.

Y aún así, mi cuerpo allí siguió, dando el callo, aguantando y haciendo lo posible por compensar mis desastres.

Y nada. Que andaba pensando esto ahora que empezaremos a recibir el bombardeo anual sobre dietas y cosas bastante nocivas para mortificarnos el cuerpo ante la llegada del verano, como si el verano no fuese una buena noticia sino una penitencia eterna. Y tal como me ha venido, pues aquí os lo cuento.

¡Feliz semana, Mentes!

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