Mentes insanas
Brigitte Vasallo
Escritora
Brigitte Vasallo

Vacaciones

Señoras que van maquilladas a la playa

Voy a pasar las vacaciones a un pequeño reducto de realidad donde los cuerpos y las mujeres que no salen en las revistas tienen cabida sin disculparse.

playa aceptar diferencia

9 de agosto de 2018, 09:25 | Actualizado a

Queridas Mentes Insanas,

Paso el verano en una especie de pueblo balneario de la Europa periférica, donde la Unión pierde su nombre y empieza a ser otra cosa. En mi pueblo, porque ya es mío también, las verduras se compran a la persona que las cultiva, los coches van a veces en contra dirección y tampoco es tan grave, y hay tanto tiempo que puedes perder un poco y aún te queda de sobras.

Este es un pueblo de mar y montaña todo junto y mezclado y en eso que llamamos playa hay gente gorda y gente vieja y gente coja. Supongo que por eso lo llamo yo balnerario, o también porque tiene un poco de óxido aquí y allá, algo de haber tenido delirios de grandeza y haberse quedado en menos sin saber muy bien por qué o sin querer recordarlo.

La combinación de playa y gente gorda, gente vieja, y gente coja es un regalo, porque todos los cuerpos estamos allí, de repente. Hay playas donde es difícil ser gorda, porque eres la única gorda en muchos metros a la redonda. La gorda. O la vieja. O la coja.

Nunca tenemos ocasión de mirarnos los cuerpos y entender que los cuerpos raros son los otros, los que salen en los anuncios y en las revistas, y que el tuyo y el mío son eso, cuerpos. Nunca tenemos suficiente espacio para ver lo bonitos que son todos los cuerpos raros, todas las barrigas que cuelgan, todas las piernas dispares, todos los ojos torcidos.

En mi pueblo balnerario la gente pasa de todo, o al menos pasa de estas cosas. Seguramente porque la gente es obrera a la vieja usanza y tienen otras cosas más importantes que atender. Y seguramente porque venir aquí de vacaciones es el mejor momento del año y han decidido que no se lo amarguen minudencias como los quilos, o los ojos torcidos, o las barrigas que cuelgan ni todas esas cosas que poco tienen que ver con una misma y con su vida sino con unas modas que a saber de dónde vienen y para qué.

Si estáis imaginando una imagen idílica pues tampoco. La gente aquí, en mi pueblo, es medio taciturna, medio malcarada, medio a la defensiva siempre, ni especialmente simpática, ni especialmente sonriente.

Por si fuera poco así, de buenas a primeras, conmigo no saben muy bien qué hacer, con mi pinta, que es rara más allá de las rarezas que aquí pasan desapercibidas, ni saben en qué idioma hablarme, ni saben cómo he venido a parar aquí ni de dónde he venido. Que si rusa, que si sueca.

Pero hay un par de señoras que, a fuerza de verme y reverme, me han empezado a hablar. En un idioma que yo chapurreo y que ellas me hablan muy rápido como si las estuviese entendiendo. Yo les digo que sí porque me fascinan. Por muchas cosas, pero una de ellas es que van maquilladas a la playa.

No se avergüenzan de su cuerpo viejo en la playa y se maquillan, tal vez, precisamente, porque no se avergüenzan de su cuerpo viejo. Y entran en el agua perfectamente maquilladas y salen igual de divinas y vuelven a contarme cosas. Y yo vuelvo a dejar mi libro de lado y me pongo a escuchar esas cosas que no entiendo y a admirarlas y a desear ser como ellas.

Y se acabará mi tiempo aquí y volveré a las playas de gente guay, a las playas delgadas, a las playas jóvenes y me pasaré el resto del año añorando a las señoras maquilladas con bañadores de flores y sombreros de rayas hasta que el nuevo verano me devuelva aquí.

¡Feliz semana, Mentes!

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