Mentes insanas
Brigitte Vasallo
Escritora
Brigitte Vasallo

Agradecer

Las soluciones fáciles del señor A

Esta es la historia del señor A, que no tiene luces de colores ni te ofrece café gratis. Lo que te ofrece son soluciones sencillas y una sonrisa.

Soluciones sencillas

5 de julio de 2018, 15:35 | Actualizado a

Queridas Mentes Insanas,

Como durante el verano me he propuesto hablaros solo de las cosas buenas de la vida, voy a seguir con ello hablando del señor A y de todos los señores A que andan por ahí en el mundo.

Porque una de las cosas buenas de haber salido de una depresión es que has salido, y la otra es que, como has salido y llevas a saber cuánto tiempo metida en tu pecera de angustia, de pronto lo ves todo con una nueva luz, que imagino que es la luz normal pero cuando una la ha tenido apagada tanto tiempo pues da gusto que no veas.

El señor A, que me ha pedido que no diga su nombre pero me ha dejado que le ponga la inicial, es la persona que arregla los teléfonos móviles en mi barrio, que es un barrio cualquiera como todos los barrios donde hay un señor A. Él no tiene una tienda de esas molonas con anuncios de colores y asientos cómodos y hasta café gratis he visto en algunas.

Él tiene un rincón lleno de cables, un ventilador precario y una sonrisa. Y tiene soluciones fáciles, prácticas y eficaces. Es un solucionador.

No sé si sabe él cómo acabar con el machismo, el racismo y el clasismo, pero vamos, que tampoco yo sabría deciros cómo y me dedico a pensar en ello 24 horas al día. Pero en este mundo tan complicado y tan lleno de estrés y de prisas y de todo, el señor A es capaz de guardar la calma y la sonrisa y ofrecerte soluciones para lo suyo, que son los malditos teléfonos móviles que se empeñan en escacharrarse cuando tiene 50 mensajes urgentes que mandar y no te queda dinero para comparte otro móvil.

Hace unos meses se me estropeó la moto, mi Lucía, y tuve que montar un cristo en el taller para conseguir una moto de sustitución. Hoy se me ha escacharrado el móvil y he ido al señor A explicándole mi vida atropellada y con ganas de llorar porque solo me faltaba eso y él, tranquilamente, ha sacado un móvil echo polvo pero funcional de su mostrador y me ha dicho: tranquila, llévate este y en un rato te llamo para ver si el tuyo se puede reparar. Y ha sonreído.

Y de pronto se me ha pasado la angustia, como si el señor A fuese una pastillita de esas que no quiero decir la marca pero que te metes debajo de la lengua para que el corazón no se te salga por los ojos.

Cuando yo era pequeña no teníamos móviles pero teníamos zapatos que se rompían y tampoco había dinero para comprar unos nuevos. Y en mi barrio también había un señor A que en aquel momento era el zapatero remendón.

Supongo que no es casualidad que el señor A de entonces fuese un señor migrado como lo es el señor A de ahora, aunque llegados de lugares distintos. El señor A antiguo no sonreía y a mí me recordaba a Drácula y me daba mucho miedo, pero eso es porque una no entendía entonces la importancia de que te arreglasen los zapatos cuando no había dinero en casa para unos nuevos.

Su tienda también estaba medio destartalada y también estaba llena de cables, que en aquel momento eran cordones porque los zapatos ya me dirás para qué quieren cables. Y también daba soluciones prácticas. No te daba zapatos de sustitución, pero te hacía trapicheos para que pudieses tenerlos de urgencia, y le ponía parches en lugares imposibles y te salvaba de la gripe por llevar los pies mojados.

Ya no le puedo ir a dar las gracias a aquel señor A porque su tienda ya no existe y en su lugar hay un sitio de colorines donde venden magdalenas que se llaman de otra manera. Pero a veces el agradecimiento no es lineal, y tal vez estando agradecida al nuevo señor A ya se cierra una especie de ciclo de toda esa gente que te facilita la vida en cosas tan sencillas que ni nos damos cuenta hasta que ya no están.

¡Feliz semana, Mentes!

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