Amor en construccion
Coral Herrera
Escritora
Coral Herrera

Siglo XXI

Nuestra cultura amorosa está caducada

Una cultura amorosa anclada en la pareja heterosexual, monógama y en edad reproductiva no puede reflejar la inmensa diversidad de las relaciones humanas.

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6 de agosto de 2018, 09:19 | Actualizado a

¿Cambiará algún día nuestra forma de amarnos? Yo creo que sí: el amor es una construcción en constante evolución.

En cada etapa histórica hemos construido una cultura amorosa en sintonía con nuestra forma de organizarnos política, económica y socialmente. Cada cambio social y cultural transforma nuestras formas de relacionarnos, y nuestro sistema emocional, principalmente a través de los relatos, del arte y la cultura.

Necesitamos un cambio amoroso

Estamos en un momento en el que nuestra cultura amorosa sigue siendo la misma que en el siglo XIX: el amor romántico de aquella época se construyó sobre el egoísmo, la insatisfacción permanente, el sufrimiento y la autodestrucción, el sacrificio y la entrega absoluta, la culpa y el pecado. Fue en aquella época cuando se estableció la pareja formada por un dúo heterosexual, joven y en edad reproductiva, basado en la exclusividad y la monogamia como la forma de amor supremo.

Este modelo amoroso se elevó al trono de los afectos en la jerarquía del amor: pareciera que sin pareja no nos quiere nadie, y nos sentimos solos, y fracasados. Le damos más valor al amor de pareja que a todos los afectos de los que disfrutamos en nuestras redes familiares y sociales, por eso invertimos tanto tiempo y energía en encontrar a la media naranja.

El amor en este sentido es una ilusión colectiva, un mito, un espejismo que hay que desmitificar. El amor no es eterno, ni es perfecto, ni te hace feliz, ni te lleva al paraíso: las relaciones humanas siguen siendo muy complejas, conflictivas y dolorosas aún. Ninguna relación es para siempre, ninguna cubre todas nuestras necesidades afectivas, ninguna nos soluciona los problemas ni nos salva de nada, y todas son conflictivas, y a menudo, dolorosas.

Ahora que nos hemos dado cuenta de que el amor es un mito patriarcal que sirve para que todo siga igual y nada cambie, y que no nos hace felices porque es imposible quererse bien en estructuras de desigualdad, dominación y sumisión, por fin podemos ponernos a imaginar otras formas de querernos. Desde los feminismos estamos trabajando para liberar al amor del machismo, individual y colectivamente: sabemos ya que podemos transformar y ampliar nuestro concepto de amor, e inventar otras formas de querernos lejos del modelo amoroso que nos han impuesto.

En realidad, se trata sólo de sacar a la luz todo lo que permanece invisible a nuestros ojos. Hay muchos tipos de relaciones humanas, y cada cual es única en el mundo. Hay parejas que se aman sin tener sexo, hay parejas que tienen sexo sin romanticismo, hay tríos bisexuales, heterosexuales y homosexuales que tienen hijos e hijas, y que nos los tienen. Hay parejas poliamorosas, swinger, BDSM, pansexuales, asexuales, hay gente que vive feliz sin tener pareja, hay gente que tiene muchas parejas. Hay gente que vive en familias tradicionales o familias formadas por nuevos cónyuges con hijos e hijas de anteriores parejas. Hay familias monomarentales y monoparentales, familias de amigos y amigas sin lazos de parentesco, tribus de crianza, comunidades autogestionadas en ecoaldeas o en edificios urbanos, hay gente que vive en cooperativas de viviendas: nuestra realidad amorosa y sexual es muy diversa, muy compleja, llena de colores y matices.

Una revolución sexual y amorosa

Nuestras formas de amarnos empezaron a cambiar con la revolución feminista de los años 70 del siglo XX, cuando pudimos separar el placer sexual y la reproducción, cuando pudimos estudiar y trabajar, cuando llegó la píldora, la ley del aborto, y la ley del divorcio.

A medida que las mujeres dejamos de depender emocional y económicamente de los hombres en los países más desarrollados, han ido cambiando poco a poco las formas de relacionarnos y de convivir. Hoy podemos escoger con quién nos juntamos, en qué condiciones, y hasta cuando, pactamos acuerdos con nuestras parejas, y somos libres para irnos o para quedarnos.

Aún seguimos trabajando gratis muchas horas para los hombres, pero la brecha se va reduciendo poco a poco, a medida que las mujeres nos vamos liberando de nuestro rol tradicional de sirvientas. Estamos aprendiendo a querernos y a cuidarnos, así que está ya cambiando nuestra forma de querernos y de querer a los demás.

La sociedad avanza, las leyes cambian, las relaciones también: cada vez hay más países que aprueban el matrimonio igualitario, por ejemplo, lo que posibilita a millones de personas amarse sin miedo, y tener los mismos derechos que cualquier pareja heterosexual. Se ha despatologizado la homosexualidad y el lesbianismo, la bisexualidad y la transexualidad, aunque aún quedan muchas personas al margen del sistema porque su forma de ser y de amar no calza con los mandatos de género ni con el romanticismo patriarcal.

Aún queda mucho por hacer en el ámbito de la educación, de la cultura y de la comunicación. Las industrias culturales siguen obsesionadas con las historias de amor basadas en el modelo tradicional, y perpetúan en sus relatos todos los estereotipos, los mitos y los roles de género. Siguen ofreciendo los mismos modelos de feminidad y masculinidad basados en la inferioridad de unas y la superioridad de otros, y apenas se atreven a asomarse a la realidad para contarnos otras historias de amor.

Disney ha sido muy criticada por sus historias de princesas pasivas y sumisas, y príncipes salvadores, y está haciendo esfuerzos por empoderar a sus protagonistas como hemos visto en sus últimas producciones, pero aún sigue mitificando el amor romántico y sigue estereotipando a sus personajes.

Para poder transformar nuestra cultura amorosa, necesitamos contarnos otros cuentos, con otras tramas, otros héroes y heroínas, otros finales felices. Necesitamos otros modelos amorosos, y sobre todo necesitamos ejemplos de cómo solucionar los conflictos emocionales y sentimentales sin violencia.

Es el momento de exigir a las empresas culturales, y a la gente que trabaja en ellas, que no sigan contribuyendo a la perpetuación del patriarcado, que se informen y se formen, que activen su imaginación, que vayan más allá del esquema chico-salva-chica, que dejen de vendernos el mito romántico como la salvación y la solución a todos nuestros problemas.

Dibujantes, guionistas, diseñadores gráficos, escritoras, periodistas, productoras, editores, directores: ahora que el cambio tecnológico es tan espectacular, es hora ya también de cambiar las narrativas y los contenidos. Ya estamos en el siglo XXI, estamos en plena revolución amorosa, sexual, emocional y afectiva, reivindicando nuestro derecho a disfrutar del amor, a construir relaciones igualitarias, a gozar del sexo y de las relaciones en libertad.

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