Amor en construccion
Coral Herrera
Escritora
Coral Herrera

La esposa y la otra

Hombres infieles: la monogamia son los padres

La imposición de ser fieles, buenas chicas y portarnos bien solo ha pesado sobre las mujeres. Para los hombres, tener amantes era de lo más normal.

hombres casados infidelidad romanticismo

5 de septiembre de 2018, 14:15 | Actualizado a

Cuando yo era pequeña escuchaba las coplas que romantizan la infidelidad masculina y no entendía cómo una mujer era capaz de enamorarse de un hombre casado ni por qué luego se quejaban tan amargamente sobre lo mucho que sufrían, si nadie las obligaba a estar ahí aguantando.

Ahora lo entiendo: a las mujeres nos han hecho creer que para amar hay que sufrir, se nos ha asignado tradicionalmente el papel de sufridoras, y hemos interiorizado todo el masoquismo de nuestra cultura romántica a través de los cuentos y las películas que nos ponen siempre en el papel de víctimas.

Además, a los humanos nos aburre enseguida el amor feliz, y nos encantan las emociones fuertes. Los amores prohibidos o clandestinos nos excitan más que los noviazgos formales, que suelen ser más previsibles y aburridos. Nos gusta pasarlo mal, porque nuestros encuentros sexuales son más intensos y el amor es más grandioso cuando es imposible.

El mito de la monogamia se lo inventaron para nosotras: los hombres patriarcales nunca han renunciado a tener una vida amorosa y sexual diversa, para ellos no hay ninguna contradicción entre el matrimonio y el adulterio, más bien son complementarios.

Bajo la lógica patriarcal, las mujeres nos dividimos en dos grupos: las buenas, con las que te casas, y las malas, con las que tienes las aventuras extramatrimoniales.

Las buenas esposas no hacen preguntas, no hacen reproches, esperan de noche despiertas, aguantan carros y carretas. Así se sienten ellas esperando a que vuelva el marido: “Te esperaba hasta muy tarde, ningún reproche te hacía, lo más que te preguntaba era que si me querías, y bajo tus besos, en la madrugá, sin que tu notaras la cruz de mi angustia solía cantar: te quiero más que a mis ojos, te quiero más que a mi vida, más que al aire que respiro, y más que a la mare mía”, de la copla: “Y sin embargo, te quiero”, que le escuché cantar por primera vez a Rocío Jurado.

Luego están “las otras”, las mujeres que siempre permanecerán en la sombra, invisibles, las que no existen para el orden social, las que se conforman con las migajas de tiempo y atención que reciben de su amado casado. Asumen su papel secundario sin rechistar, se auto engañan creyendo en las falsas promesas de su amante, y en secreto sueñan con el milagro romántico: ese día en el que ellos decidan divorciarse y ellas pasen a ocupar el puesto de la esposa.

El sueño de las mujeres que se juntan con un hombre casado es que se divorcie, que la elija a ella, que lo deje todo por ella. Y sin embargo, en la realidad, son muy pocos los hombres que rompen su relación de pareja, especialmente cuando los hijos e hijas son pequeños.

Ellos se benefician del amor que reciben de las dos, y no están dispuestos a renunciar a ninguna de las dos, porque creen que tienen todo el derecho del mundo a ser amados con devoción, como nos cantaba El Cigala en “Corazón loco”.

Para poder aprovecharse de las ventajas del matrimonio y el adulterio, los hombres tienen que portarse mal, ser deshonestos, mentir y engañar a las dos. Su estrategia suele ser endulzar los oídos de la amante con falsas promesas sobre su futuro divorcio, y colocarse en el papel de víctimas: se sienten presos del matrimonio y quisieran volar con su amante y ser felices, pero no pueden por diversos motivos que van cambiando según pasa el tiempo.

Y si pasa mucho tiempo, llegan las segundas y terceras familias, con niños y niñas que tendrán siempre un padre ausente, un padre que no duerme en casa, un padre al que no pueden llamar papá delante de según quién. Serán niños y niñas que no conocerán a sus tías, primos, abuelas, y tendrán que resignarse también al papel secundario que eligió su madre y que les toca a ellos también, sin importar lo que esto signifique para su autoestima, y su salud mental y emocional.

Las cosas están cambiando gracias al feminismo: antiguamente casi todas las mujeres soportaban la poligamia sin rechistar. Las esposas aceptaban a las amantes, las amantes a las esposas, y cada cual tenía su espacio, sus tiempos, y sus recursos asignados.

Ahora en cambio las mujeres nos hemos hartado de sufrir: la infidelidad es una de las primeras causas de divorcio en países desarrollados, lo que significa que cuando las mujeres casadas descubren a las amantes o las prostitutas de sus maridos, dejan la relación.

Las mujeres de hoy en día ya no asumimos el papel de amantes durante años, porque ya nos educan para recoger las migajas de amor que reparte el hombre casado entre sus amantes. Es más difícil hoy en día que una mujer se contente con ser “la otra” para siempre: aunque aún caemos bajo la seducción de los hombres casados, nos cansamos enseguida de esperar al milagro romántico.

Aunque nosotras estemos casadas también, mi sensación es que a nosotras nos toca siempre las de perder, por la trampa del amor que nos hace creer que “ahora sí”, llegó nuestra media naranja, nuestro príncipe azul, nuestra oportunidad para ser amadas de un modo total y absoluto.

Es hora ya de dejar las tragedias y los dramas: las mujeres no hemos nacido para esperar, ni para sufrir, ni para competir entre nosotras por un hombre, ni para mendigar amor, ni para subirle el Ego a nadie, ni para estar en la retaguardia por si uno de ellos nos necesita. El milagro romántico sólo existen en las películas, y los hombres casados nunca podrán ser buenos compañeros para vivir una historia de amor: a su lado el sufrimiento está asegurado, y tú te mereces que te quieran bonito.