Amor en construccion
Coral Herrera
Escritora
Coral Herrera

Estructura dependiente

¿Por qué necesitamos compromiso las mujeres?

No es solo un estereotipo, es cierto que las mujeres somos más propensas a buscar un compromiso más profundo en nuestras relaciones amorosas.

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20 de agosto de 2018, 09:00 | Actualizado a

Los sociobiólogos nos los explican de esta forma: nuestras crías nacen inmaduras y necesitan los cuidados de una tribu entera porque requieren una gran inversión de tiempo y energía hasta que logran ser plenamente autónomas.

Desde que comenzó el patriarcado, dejamos la estructura del clan para pasar a la estructura de la pareja heterosexual con hijos e hijas, y su familia extensa (abuelos, padres, tías, tíos, hermanas, sobrinos, cuñadas, primos).

En la nueva estructura, las mujeres pasaron a depender económicamente de sus parejas y a asumir en soledad la carga doméstica, los cuidados y la educación de todos los miembros de la familia (bebés, niños y niñas, ancianos, enfermos y discapacitados). Esta enorme carga nos deja sin tiempo libre para disfrutar de la vida, y nos hace esclavas de un sistema que no nos da descanso.

Dependencia mútua

En la actualidad, las parejas están mucho más solas que antes. Los hombres pasan al menos diez horas al día trabajando y yendo al trabajo, y las mujeres pasan los primeros meses de vida del bebé solas, sin nadie que las cuide, sacando adelante una casa y uno o varios seres humanos recién nacidos. Luego tendrán que delegar la tarea en otras mujeres para incorporarse de nuevo al mundo laboral y ser productivas.

Los salarios de los hombres ya no dan para mantener a una familia, de manera que nosotras tenemos que compaginar nuestro rol tradicional con nuestro rol moderno, mientras ellos siguen mayoritariamente su rol tradicional de proveedor principal, incluso aunque su salario sea inferior al de su compañera.

Nos relacionamos en una estructura de dependencia mutua para poder pagar la hipoteca, pero además de la dependencia económica, a las mujeres nos han metido en vena la dependencia emocional. Por eso aunque es mutua, esta dependencia nos afecta más a nosotras, porque nos limita y nos esclaviza mucho más que los hombres.

Desde pequeñas nos enseñan a poner el amor en el centro de nuestras vidas, de manera que cuando encontramos a nuestro príncipe azul, creemos que ha llegado el Gran Momento: el momento de la liberación y la salvación. El momento de dejar atrás la pobreza, el aburrimiento, el vacío existencial, los problemas, la casa familiar. Con el amor llega el momento de darle a tu vida un cambio radical, y de empezar a ser felices: es el máximo anhelo de cualquier niña criada con los cuentos de hadas de Disney.

Estos cuentos de hadas siempre nos dibujan solas, víctimas de un secuestro en una torre del Castillo, de una familia que nos maltrata, o de una soledad que nos tiene desamparadas y tristes. Estos son los cuentos que nos han contado desde nuestra más tierna infancia, de manera que cuando nos enamoramos, tendemos a querer establecer rápidamente un compromiso emocional que nos lleve poco a poco al trono del matrimonio.

El modelo de feminidad que imitamos está basado en la creencia de que somos inferiores, y que para estar completas necesitamos un hombre que nos enseñe, que nos guíe, nos mantenga, nos adore, nos apoye incondicionalmente, nos proteja y nos acompañe hasta el fin de nuestros días.

Así funciona la magia del amor: nos extasiamos ante la posibilidad de ser amadas y de alcanzar la felicidad, y nos aferramos a esa relación aunque no conozcamos bien a la otra persona, aunque no sepamos si se dan las condiciones para disfrutar del amor. Lo hacemos porque nos han convencido de que el amor es ciego y de que podemos lanzarnos al romance sin paracaídas, aferradas a nuestra fe romántica.

Los hombres, sin embargo, huyen del compromiso porque aprenden desde pequeños a defender su libertad, a alargar su soltería, a disfrutar de una vida sexual y amorosa diversa. Al comprometerse pierden en parte su posición de macho alfa y su derecho a tener su propio harén de chicas, aunque ni siquiera el matrimonio les priva de tener sus relaciones fuera de la pareja oficial. Nosotras en cambio hemos sido educadas para ser monógamas, y por eso necesitamos establecer un compromiso en exclusividad con los hombres.

No nos sale a cuenta

A nivel social, las mujeres no somos nada si no tenemos un hombre que nos quiera.

Y si embargo, los que más ganan en la pareja son ellos. Está comprobado que las mujeres que no se casan tienen mayor calidad de vida que las que se casan. En el sexo masculino es al contrario: los que viven mejor son los hombres casados, y los que viven peor, o viven menos, son hombres solteros. Esto quiere decir que nos han hecho creer que las que necesitamos comprometernos somos nosotras, cuando en realidad el matrimonio lo que nos da es una doble jornada laboral, y un agotamiento permanente.

Y sin embargo, aunque algunas ya podemos ser autónomas a nivel económico, tenemos mucho trabajo que hacer para alcanzar la autonomía emocional. No podemos seguir colocando el amor de pareja en el epicentro de nuestras vidas: estamos rodeadas de amor, de mucha gente que nos quiere y nos ayuda en diferentes momentos de nuestras vidas, y el amor de pareja es uno de los muchos afectos que existen.

Se trata de desmitificar el amor, de liberarlo del machismo y las relaciones de poder, de relacionarnos sin necesidad, y en libertad. Cuanto más independientes seamos del romanticismo patriarcal, más libres seremos para elegir con quién queremos estar, cómo y cuánto tiempo, y así podremos construir relaciones sanas, igualitarias, basadas en el respeto y el cuidado mutuo, y en la absoluta libertad para irnos o para quedarnos el tiempo que ambos queramos.