Diario de una loca
Sol Camarena
Paciente de salud mental
Sol Camarena

Apoyo familiar

Carta de amor a los padres de una loca

Enfrentar un problema de salud mental no depende nunca solo de una misma. Yo he tenido la suerte de tener unos padres que han hecho mucho por mí.

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17 de abril de 2018, 15:40 | Actualizado a

Cuando me propusieron escribir un artículo sobre la relación con mis padres en lo que respecta a mi salud mental, en principio sentí miedo.

Sí, miedo, pero de no estar a la altura; a la altura de mis padres, del tremendo esfuerzo que han hecho para comprenderme, de los grupos terapéuticos para familiares de personas con diagnóstico de trastorno límite de la personalidad a los que ha asistido mi madre, de ese viraje desde la frustración porque su hija no es como las demás (o como ellos, y todos, se esperaban que yo fuera) hacia la aceptación de una hija orgullosamente loca y, muchas veces, terriblemente frágil.

Y es que no todo fue así de fácil al principio. No, al principio, si yo estaba frustrada y me sentía incomprendida y perdida, deduzco que mis padres también. Les arrojaron un puñado de diagnósticos y pastillas que su hija tenía que tomar todos los días, y eso sin tener en cuenta todo el dinero que habrá invertido mi familia en que yo me empiece a recuperar (en eso, prefiero no pensar demasiado).

Ellos enviaron a su hija a terapia con la esperanza de que su hija volviera recuperada de problemas menores, de conductas auto-lesivas leves que ni siquiera iban ligadas por aquel entonces a intentos de suicidio, y años después tienen en sus manos a la misma hija dolida, herida, que ha avanzado mucho en muchos sentidos pero retrocedido en otros.

A una hija que recurre al alcohol y al peligro en vez de al consuelo de sus padres demasiadas veces cuando el dolor emocional la sobrepasa; a una hija que, de hecho, encuentra inmensamente difícil confiarse a sus propios padres cuando se trata de situaciones extremas.

Esa misma hija por la que ellos lo darían, y de hecho lo dan, todo.

Esa misma hija a la que han recogido a altas horas de la noche de casas de amigas porque no podía dormir y estaba asustada, a la que han llevado a toda pastilla al hospital porque se había intentado meter una sobredosis de medicamentos y estaba asustada, a la que llevan en coche a casi todas partes porque si tiene que coger el metro sola, también se asusta.

Porque a su hija le da miedo la Universidad, le da miedo la gente, y es que la verdad es que se tiene miedo hasta a sí misma.

Así que no, no es una travesía fácil tampoco para nuestros padres. No voy a ser yo aquí la defensora acérrima de los padres que, en el peor de los casos, maltratan a sus hijas y en el mejor se limitan a ignorar lo relativo a su salud mental, a negarles el acceso a terapia (y hablo, por supuesto, de casos en los que se pueden permitir pagarla) o culpabilizarlas sin piedad por sus recaídas y sus síntomas.

No, no todos los padres son, desafortunadamente, como los míos; y los míos tampoco son perfectos.

Y es que son muchas las heridas que todavía tengo abiertas y muchas veces he sentido que mis padres no solo no sabían cómo sanarlas, sino que eran precisamente ellos quienes metían el dedo en la llaga.

Muchas veces, responsabilizo a mis padres de los males que acarreo, me pregunto por qué no hicieron esto o aquello y vuelvo a sentirme una niña desprotegida, en el mejor de los casos, y una mujer enfadada en el peor.

Pero quizás de eso trata precisamente la recuperación, si entendemos la recuperación como una senda en la que nos apoyamos las unas en las otras, como algo que no depende nunca solo de una misma y de su terapeuta y su psiquiatra sino de toda la red de solidaridad y cariño tejida a su alrededor.

De eso trata la recuperación, si la entendemos como la entiendo yo: de aceptar que ni nosotras ni nuestros padres, ni nadie, la verdad, es perfecto.

No, no somos perfectas, y no llegamos a los brazos de nuestros padres con un manual de cómo criar una hija sana y funcional (y menos aún, en una sociedad tan podrida).

Así que agradezco infinitamente a mis padres todos los esfuerzos que han hecho, que hayan aprendido a reaccionar cuando me desconecto momentáneamente de la realidad y no puedo moverme o hablar, que respeten mi silencio cuando rompo a llorar desconsoladamente pero no dejen de preguntar puntualmente si estoy bien (aunque sepan claramente que no, no estoy bien; pero lo intentamos, lo intento).

Que estén siempre ahí para una hija que desearía ser más independiente pero se encuentra dependiendo casi enteramente de ellos a la hora de moverse de un sitio a otro, medicarse, abrir la puerta de la terraza que han tenido que cerrar con llave por mi propia seguridad incluso.

Supongo que este artículo no es más que eso: una carta de agradecimiento insuficiente a mis padres y un intento de demostrar a todos aquellos que todavía no aceptan a sus hijas como lo que son que es posible llegar a entendernos.