Diario de una loca
Sol Camarena
Paciente de salud mental
Sol Camarena

Aprendiendo a quererme

No tengo un cuerpo, soy mi cuerpo

La división entre cuerpo y mente que propone la cultura occidental es muy dañina, especialmente para las mujeres.Mi cuerpo no es un vehículo, es un hogar.

No tengo un cuerpo, soy mi cuerpo

9 de enero de 2018, 11:24 | Actualizado a

No tengo un cuerpo. Soy mi cuerpo.

No tengo un cuerpo. Soy mi cuerpo.

No tengo un cuerpo. Soy mi cuerpo…

Puede parecer fácil de decir, pero empezar a creerme esta afirmación me ha llevado tiempo. Tiempo que he invertido en odiarme y detestarme, en provocarme el vómito, en buscar sexo con personas que no me interesaban, cuando no me apetecía, en comprarme cuchillas y botellas de bebidas alcohólicas.

Y podría seguir, y seguir, y seguir. Hay tantas formas, tan sutiles, de maltratarse una misma. A una misma.

Porque me he castigado por mis errores, y también por los errores ajenos. Porque he pagado con mi cuerpo, conmigo misma, la cuota por todo el daño que me han hecho. Como si fuera yo la responsable. Como si seguir el patrón aprendido de herirme periódicamente de unas y otras formas fuera a mejorar algo. Como si me mereciera esas heridas abiertas, que nunca me desinfectaba, literales y metafóricas.

Y es que, cuando te han hecho daño de múltiples maneras, consciente o inconscientemente; a veces acabas por creer que tu cuerpo no es más que un desguace. Interiorizas el mensaje, tan nocivo, que te dice que tu cuerpo tan sólo sabe funcionar a base de golpes y malas palabras. De roces indeseados.

Diría que así eran las cosas hasta que, un día, me hice feminista. Hasta que, otro día, me embarqué en la travesía del amor propio. Hasta que, otro día, mis padres me enviaron a terapia.

Pero mentiría. Ni los feminismos, ni mis intentos por quererme, ni las terapias me han salvado la vida. Menos aún, el cuerpo; me han ido enseñando poco a poco, eso sí, a desaprender los patrones venenosos interiorizados a lo largo de mi niñez y adolescencia.

Lo que quiero decir con esto es que, si no fuera por mi propia voluntad, por la voluntad de mis psicólogas y por la voluntad de las feministas que hacen los feminismos de mejorar mi propia vida y mi relación con mi cuerpo probablemente no estaría aquí hoy escribiendo esto.

Así que podría escribir páginas y páginas sobre todo lo que he aprendido a lo largo de estos últimos años de comenzar a tenerme mayor aprecio. O, al menos, a tratarme como si me lo tuviese.

Sin embargo, si hay algo que verdaderamente he aprendido, algo que se me ha quedado grabado; ha sido que no tengo un cuerpo. Soy mi cuerpo.

Sí, soy mi cuerpo. Y, por mí, la línea trazada en el marco de la cultura occidental entre la mente y el cuerpo puede irse a la mierda; mi mente no es nada sin mi cuerpo. Mi mente la alberga mi cuerpo. Mis emociones laten dentro de este cuerpo; este cuerpo alimenta estas emociones.

Y es que estoy plenamente convencida de que vivir disociando nuestra carne de nuestro pensamiento racional y de nuestros sentimientos más vívidos nos hace mucho daño. Especialmente, a las mujeres; que aprendemos que nuestros cuerpos son los vehículos del éxito y la aprobación, que son escaparates que decorar con múltiples accesorios en un intento de que alguien entre en la tienda. De que alguien compre el coche. El mejor coche. Siempre las mejores.

Pues mi cuerpo se niega a ser vehículo. No, mi cuerpo me falla demasiado a menudo como para ser el vehículo soñado. Mi cuerpo llora, cae y recae. Mi cuerpo grita, duerme demasiado y demasiado poco. Mi cuerpo no puede dejar de dar vueltas y, sin embargo, a veces se cansa tan sólo de andar una calle y tiene que volver a casa. Mi cuerpo depende de la medicación; a veces, lo agradece; otras, la maldice.

Pero mi cuerpo es un cuerpo. Y hay tantos cuerpos como personas en este mundo. Como mujeres. Tantos cuerpos que se alejan de la imagen proyectada sobre nosotras de la perfección, que incumplen con el ideal del funcionamiento óptimo, que ¿existen realmente la perfección y el funcionamiento óptimos?

Así que sí, me empecé a decir a mí misma, yo habito este cuerpo. No es un coche. Ni siquiera una bicicleta. Es un hogar. Una casita. Con sus goteras. Con sus malas hierbas en el jardín. O sin jardín siquiera.

Y es así como, poco a poco, comienzo a desaprender el odio hacia mi cuerpo. Inoculado por esa sociedad que nos necesita consumiendo nuevas formas de mejora de nuestros cuerpos, por ese patriarcado que nos requiere sometidas a la maquinaria de la belleza.

Hasta que, un día, mi cuerpo ya no será mi casa. Mi cuerpo seré yo. Y eso será suficiente.

Etiquetas:  Autoestima

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