Diario de una loca
Sol Camarena
Paciente de salud mental
Sol Camarena

Autoestima

Autolesión: ¿por qué es más común entre las mujeres?

Las mujeres se autolesionan más que los hombres. Esto no debería sorprendernos: somos las olvidadas, las histéricas, las que calladas están más guapas.

Autolesión mujeres

26 de septiembre de 2017, 17:03 | Actualizado a

Lo más sorprendente, para mí, de descubrir que la autolesión era más común entre mujeres que entre hombres no fue descubrir que la autolesión era más común entre mujeres. Fue descubrirlo tan tarde.

Y es que me he pasado años leyendo en infografías que personas de todas las edades, géneros, razas, origen social… se autolesionan. Y es cierto. Cualquier persona puede autolesionarse.

Pero también es cierto que somos las mujeres, las eternas olvidadas, las que antes recurrimos a este tristísimo método de exteriorizar emociones “difíciles de sentir”; de castigarnos a nosotras mismas por errores más o menos graves, incluso errores ajenos; de sentir algo cuando la apatía nos satura… por enumerar algunos de los motivos más comunes que ha habido detrás de mis propias autolesiones.

Has crecido en una sociedad en la que, en general, la inteligencia emocional es escasa; no se trabaja en los centros educativos y no se traspasa de progenitores a hijos e hijas. Además, se te ha socializado en el silencio, has aprendido que tu emocionalidad te acarreará automáticamente el eterno (por longevo) calificativo de “histérica”, y que la rabia y la ira es de monopolio masculino y te está prohibida más o menos expresamente por mujer.

Todos estos factores, algunos más generalizados y otros estrechamente ligados a la condición aprendida de mujer, son para mí y para muchos y muchas especialistas los principales detonantes de la autolesión en general y entre la población femenina en particular.

Pero, una vez enumeradas algunas de las razones por las que, después de investigar sobre el fenómeno de la mayor proliferación de las tendencias autolesivas entre mujeres; estoy de acuerdo con ciertas especialistas en que esto es así, me gustaría escribir sobre mi propia experiencia con la autolesión.

Autolesión en primera persona

Cuando tenía 15 años, mis dos abuelas, a las que estaba muy unida, murieron con un corto lapso de tiempo entre los fallecimientos de las dos. Mi abuelo, viudo, atravesaba un duelo y yo pasaba con él prácticamente unas cuantas horas cada día de la semana consolándole y viéndole llorar; escuchándole decir que preferiría estar muerto.

Esto es muy personal. Pero, como feminista, trato de politizar lo personal. Como mujer que escribe sobre salud mental, debo escribir sobre lo personal. Mi salud mental es personal y, al mismo tiempo, es política.

Y continúo.

Yo era una adolescente, como tantas otras adolescentes, con una autoestima casi inexistente. Detestaba mi cuerpo. Levantaba los muslos al sentarme en la silla de la clase del instituto para no verlos de mayor tamaño al aplastarse contra este. Llevaba años utilizando sujetadores con relleno y fantaseando con aumentarme la talla de pecho en cirugía cuando creciese.

Unos escasos años después, desarrollaría un dramático episodio de dismorfia corporal que ya he mencionado en otros artículos; el desagrado que me causaban mi propio cuerpo y mi rostro me llevaban a evitar actividades cotidianas como algo tan esencial en esta sociedad como acudir al instituto.

Además, debía enfrentarme de nuevo a los indicios de que no era heterosexual. No tenía, o eso pensaba yo, ningún amigo o amiga que no lo fuese.

Llevaba algunos años bloqueando mentalmente mis fantasías sexuales con mujeres y mis enamoramientos adolescentes de otras chicas. Desconocía el hecho de que mis padres no tenían nada en contra de mi orientación sexual; para mí, la ignorancia, el silencio sobre el tema se convirtió en una condena a mis peores elucubraciones.

Podría continuar enumerando más factores, como la relativa soledad (recuerdo un día, más pequeña, que una de mis pocas amigas estaba en clase de dibujo y yo me eché a llorar porque me había puesto mi vestido favorito para salir a dar un paseo con alguien y no tenía a nadie con quien hacerlo); la falta de experiencia amorosa o sexual (en una edad en que las relaciones afectivo-sexuales parecían y parecen serlo todo); los recuerdos más o menos traumáticos relacionados con el colegio… pero me gustaría hacer hincapié en lo ya mencionado.

Y es que fue el odio misógino a mi propio cuerpo e imagen, mamado del canon de belleza patriarcal, y fue la heteronorma (que, nunca está de más recordarlo, se cobra vidas cada día a base de suicidios).

Todo esto forma, demasiado a menudo, parte de la socialización femenina (y en este caso concreto, de la socialización de la mujer que no es heterosexual).

Lo que quiero decir con todo esto es que mi caso no hace sino de espejo en el que se pueden mirar muchas otras adolescentes que vieron cómo, al crecer en esta sociedad, hacerse daño a sí mismas se convertía en un camino demasiado fácil; en una vía rápida de exteriorizar lo que duele ante una sociedad que no escucha a la que le duele.

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