Diario de una loca
Sol Camarena
Paciente de salud mental
Sol Camarena

Mandato social

Guapas y delgadas, mujeres controladas

La presión estética que sufren las mujeres causa estragos en su salud mental, que padecen trastornos de la conducta alimentaria y baja autoestima.

presion estetica

29 de agosto de 2017, 15:08 | Actualizado a

Mi autoestima ha tenido sus más y sus menos. Hace tiempo eran más más que menos, como cuando a los 13 años detestaba ir a la playa por considerar que no tenía el suficiente pecho como para lucir un bikini, o como cuando a los 18 años me provocaba el vómito cuando me sentía sucia por comer.

Presión estética: los estragos en nuestra salud mental

Según una encuesta de la revista SELF en colaboración con la Universidad de North Carolina, 3 de cada 4 mujeres estadounidenses de entre 25 y 45 años muestran síntomas de trastornos alimenticios tales como provocarse el vómito o consumir laxantes (más del 31%), aun sin llegar a desarrollar un TCA (trastorno de la conducta alimentaria) en sí mismo, lo que en inglés se denomina “disordered eating”.

Obsesionadas por la delgadez

Al dar con estos datos, lo único que me sorprende es el rango de edad de las mujeres entrevistadas, pues yo conozco en mi entorno casos de trastornos alimenticios y síntomas de estos en niñas de 6, 11, 15 años. Y ahondando en la red descubro los siguientes datos, basados en 11 estudios estadounidenses sobre la autoestima de las adolescentes: el 44% de las estudiantes de instituto está intentando perder peso (frente al 15% de los chicos de su edad). El 75% de las chicas con baja autoestima cae en conductas perjudiciales, como auto-lesionarse físicamente, fumar, beber, o mostrar síntomas de trastornos alimenticios frente al 25% de las chicas con buena autoestima.

Sin embargo, la estadística que más me remueve por dentro es la siguiente: más del 70% de las chicas estadounidenses de entre 15 y 17 años evitan actividades cotidianas normales, como ir a clase, cuando se sienten mal con su imagen.

Quizás me remueve tanto porque me recuerda a cuando a mí misma, a los 16 años, estuvieron a punto de suspenderme la evaluación en segundo de bachillerato porque estaba tan obsesionada con mi pelo y con mi cara que dejé de ir a clase los días que sentía que estaba demasiado “fea” como para hacerlo, y estos se acumularon y acabé prácticamente desapareciendo del instituto.

Me recuerda a las horas que pasaba lavándome el pelo una y otra vez para conseguir el peinado perfecto (y llevo y llevaba el pelo corto, así que no había mucho que conseguir), a la comprobación de que mi aspecto se merecía un aprobado en cada espejo, cambiando la iluminación, en todos los escaparates de camino a clase.

El mío era, desde luego, un caso exagerado y exacerbado por mis tendencias obsesivo-compulsivas; pero, en mi opinión, era también una muestra algo dramática de lo que conlleva la adolescencia femenina. Porque hubo una época de mi vida en que no iba a manifestaciones porque pensaba que estaba fea cuando gritaba.

Sombra aquí y sombra allá: mujeres bajo control

Porque la mía era una obsesión socialmente “extraña”, pero no distaba mucho de la obsesión socialmente aceptada con la depilación femenina que lleva a amigas mías a no poder bañarse en la playa o tener una cita con un chico si no van perfectamente rasuradas.

Y es que el problema de la obsesión con la belleza y la delgadez femeninas no es tanto esta fijación en sí misma (aunque se trata de una fijación mortífera, como demuestran los casos de anorexia, bulimia…) como el entramado que se oculta detrás; una mujer obsesionada con su aspecto físico está demasiado ocupada tanto como para rebelarse como para ser mínimamente feliz.

La belleza es una construcción social actualmente orquestada como herramienta de control de la mujer, no soy la primera ni la última en decirlo.

¿Autoestima bajo mínimos? Vales más que tu físico

La belleza es la encarnación de la misoginia: si no eres bonita, no vales, no ríes, no luchas. Pero también lo es del racismo, con los alisados del cabello afro y las cremas blanqueadoras de piel; también excluye a las personas con diversidad funcional (amputaciones, sillas de ruedas…); a las personas, y especialmente a las mujeres, trans al dictar qué genitales encajan mejor con cada cuerpo y qué rasgos no son propios de una “mujer de verdad” (barba, nuez…).

¿Que qué tiene todo esto que ver con la salud mental? Todo, diría yo. Que cada día nos levantemos en un mundo en que mujeres se introducen los dedos en la garganta para vomitar lo que han comido tiene demasiado que ver con la salud mental; que estas mujeres hablen más bajito, no se atrevan a levantar la mano en clase o a defenderse en el trabajo, más todavía.

Porque la salud mental también es política, y que miles de mujeres nos veamos ninguneadas por nuestro aspecto físico (por no poder alcanzar un canon diseñado a propósito para obligarnos a pasar por el quirófano, por encarnar el ideal masculino de la mujer curvilínea a la par que delgada) se merece una respuesta política.

Porque las mujeres no seremos libres mientras nuestra salud mental y nuestra calidad de vida en general se vean tan gravemente afectadas por la manera en la que nos auto-percibimos y la costumbre de tratarnos como nada más que cuerpos-objeto carentes de voluntad propia

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