Diario de una loca
Sol Camarena
Paciente de salud mental
Sol Camarena

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Redes sociales: amigas y enemigas de la salud mental

La mayoría de críticas que leo a las redes sociales las escriben hombres adultos. ¿Se dan cuenta del privilegio que es no necesitar una comunidad virtual?

redes sociales

28 de julio de 2017, 14:32 | Actualizado a

La primera vez que encontré información sobre qué hacer si me entraban ganas de auto-lesionarme físicamente, cuando tenía 15 años y entraba en el que más adelante llamaría más o menos equivocadamente mi “primer episodio depresivo”, fue a través de Internet.

Cuando descubrí que probablemente lo que me pasaba tenía sentido, que el conglomerado de “síntomas” se relacionaban entre ellos y había unas causas detrás, pude por fin encontrar una comunidad afín de personas que comprendían lo que yo sentía y que se aconsejaban las unas a las otras sobre cómo convivir con ello, superarlo, o lo que fuera que intentáramos en “Tumblr”.

Asumí que había sufrido acoso escolar (“bullying” o, como yo prefiero llamarlo, maltrato por parte de mis compañeras y amigas de clase en el colegio) leyendo una entrada en el blog de una chica a la que había empezado a seguir en un foro de lectura.

Y si no hubiera sido por eso no sé cuándo habría empezado a darme cuenta de que este suceso prolongado en el tiempo y más o menos traumático había afectado a mi salud mental adolescente y tenía mucho más que ver con mi miedo a la gente de mi edad y mi poca autoestima de lo que mi primera psicóloga, que era fantástica en muchos sentidos pero no me permitía “hablar del pasado” en su consulta, estaba dispuesta a admitirme.

Cuando un hombre mucho más mayor me intentó violar una noche, volviendo yo sola y borracha a casa, y mi ex novio me aconsejó por teléfono que aprendiera defensa personal porque “no podía permitir que esas cosas siguieran pasándome” (es un consejo útil, lo admito, pero no el primero que yo le daría a una chica llorosa y asustada que acaba de vivir lo narrado); fueron decenas, incluso cientos de conocidas y desconocidas a través de Twitter las que me apoyaron y me hicieron sentir menos sola cuando lo conté a través de esta red social a la mañana siguiente.

¡Mándame un whats!

Ferran Ramon-Cortés

¡Mándame un whats!

A la primera chica que me gustó en serio, de las personas que más me ayudarían al pasar por el susodicho “primer episodio depresivo”, la conocí a través de Internet.

Yo me avergonzaba de que me gustaran las chicas, me sentía sucia cuando fantaseaba sexualmente con ellas y me imaginaba mi futuro romántico al lado de un hombre (ni siquiera me acercaba a asumir que no solo me gustaban las chicas, sino que sólo me gustaban ellas).

Yo no conocía a más chicas a las que también les gustaran las chicas más que de lejos, y oía como se cuchicheaba sobre ellas, e Internet fue también la única vía para empezar a ver series y películas protagonizadas (o en las que al menos aparecieran) parejas de chicas que contrarrestarían en mayor o menor grado el pesadísimo bagaje cultural de contenido puramente heterosexual que todas las personas nacidas y criadas en esta sociedad arrastramos con nosotras.

Cuando acudir a manifestaciones o cualquier otro acto público me disparaba los pensamientos paranoides y me provocaba ataques de ansiedad, y aun hoy en días en que sé que lo que yo pretendo decir no interesa a “compañeras” feministas con las que milito en colectivos y junto a las que trabajo diariamente por cambiar algo pero que no conocen de primera mano el estigma y el abuso que supone “estar loca” (así es como nos llaman) en esta sociedad, Twitter era la única vía de difusión de mis ideales y el único medio de conexión con otras personas que los compartían.

Twitter supuso el inicio de todo, y si no fuera por Twitter no sabría la mitad de lo que sé ahora; porque a través de Twitter llegas a artículos, documentales y recomendaciones de libros, esos mismos libros que tanto nos cuesta leer a muchas de las que convivimos con las conocidas “enfermedades mentales” pero que intentaba e intento empezarme a pesar de todo.

Tampoco habría llegado nunca, si no fuera por Twitter, a confiar lo suficiente en mí misma y crear lazos de apoyo mutuo lo bastante sólidos como para empezar a participar también en la lucha en las calles. Como para crear, entrar en colectivos feministas y dedicar horas y energías al proyecto común de la liberación de la mujer.

Redes sociales: un salvavidas para las "locas"

¿Que a qué viene esta retahíla de eventos inconexos y sumamente personales? Pues viene a cuento porque sí, están conectados: conectados por el hilo de la presencia de las redes sociales en mi adolescencia, de su influencia sobre mi salud mental y de su relación con mi condición de mujer joven.

Porque la mayoría de críticas que leo a las redes sociales las escriben hombres, hombres adultos. Porque leo que son peligrosas, que son adictivas, y no podría estar más de acuerdo. Pero no puedo sino preguntarme cuán privilegiado debes ser para no haber necesitado hacer un hogar de una comunidad virtual, una amiga de una desconocida con un perfil en la misma página que tú, una trinchera de un blog en el que publicar tus propios artículos (y los de otras, a veces incluso traduciéndolos de otros idiomas) sobre aquello que realmente te mueve.

Y es que del aislamiento y de la soledad que conlleva ser una chica adolescente, más concretamente una chica adolescente que no es heterosexual, que sufre o ha sufrido abusos o maltratos y se halla atravesando una dolencia psíquica (con la que puede acabar conviviendo para siempre, o casi, si esta se vuelve crónica), no hablan nunca estos señores.

Porque son bien conocidas las páginas que promueven contenido altamente peligroso para cualquier chica que se halle al borde de, o directamente esté sufriendo, un trastorno de la conducta alimentaria como la bulimia o la anorexia; porque son bien conocidas las fotos difundidas por redes sociales de auto-lesiones en forma de cortes realizados sobre el propio cuerpo.

Pero no son tan conocidos los foros que nos proporcionan información y ayuda, las comunidades de “locas” que nos aconsejamos las unas a las otras a través de cualquier red social cuando la terapia o la medicación no funcionan.

O cuando es inaccesible la atención psicológica o psiquiátrica privada y se debe recurrir a un sistema de salud mental público cuyos profesionales solo pueden atenderte entre períodos de tiempo demasiado largos por falta de personal y de inversiones.

Está claro, para mí, que Internet es una mina de peligros y especialmente en la edad adolescente, pero no mucho más que cualquier campo (el de la vida cotidiana, cara a cara) de interacción social en que nos expongamos al juicio e influencia del resto.

E Internet, además, nos ofrece también oportunidades a todas aquellas a las que el “mundo real” nos ha fallado; a las que nos falla cada día y a las que nos seguirá fallando mientras no se adapte a nuestras “necesidades especiales” como “enfermas mentales”, niegue sistemáticamente los sucesos traumáticos que hemos sufrido precisamente por ser mujeres o nos oculte la diversidad sexual existente, por ejemplo.

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