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Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

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Cómo sanar una autoestima herida

Una autoestima herida nos acompaña hasta la edad adulta y afecta a todos los ámbitos de nuestro día a día. Recuperarla es cuestión de redirigir los focos.

Cómo recuperar la autoestima

16 de mayo de 2018, 16:02 | Actualizado a

En las últimas décadas, la palabra “autoestima” se ha popularizado, saltando desde los manuales de Psicología al lenguaje popular y se ha divulgado de tal manera que es habitual oír hablar de ella en una conversación en el autobús, en las tertulias de la tele o encontrar consejos para mejorarla en miles de carteles que se viralizan a diario a través de las redes sociales.

Esta difusión ha llevado a que, en ocasiones, se confunda la autoestima con otros términos similares, como el “ego”, y se utilicen como sinónimos, cuando en realidad, no lo son. No es de extrañar esta confusión, si tenemos en cuenta que también entre los profesionales de la psicología, dependiendo de la orientación desde la que trabajen, podemos encontrar diferentes definiciones de lo que significa la “autoestima”.

¿Qué es la autoestima?

Tenemos comprender que tanto la autoestima como el ego son constructos, es decir, palabras que nos ayudan a entender complejos conceptos psicológicos. Estos vocablos, no hacen referencia a objetos palpables ni visibles, pero esto no significa que no existan y que no sean fundamentales para nuestras vidas.

Hoy quisiera aportar mi visión particular sobre la autoestima, aclarando que ésta procede más de mi experiencia personal en la consulta que de un manual o una concepción teórica.

En una primera aproximación, podemos considerar que la autoestima es quererse o valorarse a uno mismo, sin embargo, esta es una visión bastante simplista de un concepto mucho más profundo y complejo. Yo entiendo la autoestima como el ejercicio íntimo de estar conectado con uno mismo, escuchándonos y sintiéndonos a gusto con lo que somos.

La autoestima es el tipo de relación que mantenemos con nosotros mismos, determina cómo somos y cómo actuamos, y de la calidad de este vínculo interno, depende nuestro equilibrio emocional. Con una autoestima sana, confiamos en nosotros y en nuestras decisiones y no dependemos de los juicios externos ni de la aprobación de los demás.

No la confundas con el ego

A veces se utilizan como términos equivalentes los conceptos de autoestima y ego, como por ejemplo, cuando se dice que una persona que tiene un gran ego posee una alta autoestima. Esta supuesta equiparación, que no es real, puede dar lugar a grandes confusiones.

Para tratar de aclarar la confusión terminológica, podríamos decir (de forma muy escueta) que la autoestima es el amor que sentimos hacia nosotros mismos, mientras que el ego sería la identidad (elaborada a través de nuestro yo conocido, no del que hemos tenido que ocultar) que de nosotros mismos tenemos.

Dicho de modo más resumido, la autoestima es cómo nos queremos y el ego es cómo nos identificamos a nosotros mismos a través de esta autoestima. Entendiéndolos de esta forma, podemos darnos cuenta de que ambos conceptos no son sinónimos aunque sí que están estrechamente relacionados.

Cómo recuperar la autoestima

Si de niños no recibimos los cuidados que necesitamos o éstos son deficitarios, la autoestima resultará herida. Si la autoestima está dañada, el ego, también se verá dañado, por lo que haremos todo lo posible para nutrirlos del amor y de los cuidados que necesitan, incluso, llegando a plegarnos a las necesidades e imposiciones de los demás y olvidándonos de las nuestras propias. Estas carencias pueden acabar derivando en comportamientos insanos, tóxicos y autodestructivos.

Nuestras decisiones, nuestro comportamiento y la manera de relacionarnos con el mundo están determinadas por la calidad de nuestra autoestima. Incluso ya de adultos, seguimos condicionados por la fuerza o la debilidad de la autoestima que se forjó en nuestra niñez. Actuamos según ella nos dicta ya que constituye el tronco principal de nuestra personalidad.

Con una autoestima firme, nos manejamos con confianza por la vida y podemos afrontar resolutivamente las situaciones a las que nos enfrentemos, mientras que si nuestra autoestima es frágil, los miedos y los bloqueos aparecen ante la más mínima dificultad.

En terapia, en la mayoría de los casos, el trabajo principal consiste en recuperar y reforzar la autoestima que se perdió en la infancia. El motivo de consulta puede ser una fobia, una crisis de ansiedad o problemas con la pareja, pero cuando comenzamos a profundizar, siempre encontramos una autoestima debilitada que no puede afrontar las situaciones que la vida plantea y que paulatinamente se resquebraja mostrando unos u otros síntomas.

Sanar una autoestima dañada puede parecer un trabajo extremadamente complicado, sobre todo porque el origen de este daño suele situarse en la más temprana infancia.

Muchas personas que acuden a terapia, me confiesan que sienten que siempre han sido así, siempre se han visto inferiores a los demás, vacíos y dependientes de las opiniones externas. Sin embargo, incluso para los adultos, es posible trabajar para recuperar la autoestima que fuimos dejando atrás por culpa de las carencias vividas en el pasado.

Los cambios y la solución de los problemas llegan cuando la persona deja de depender del juicio de los demás para centrarse más en sí misma y en su propio criterio.

El caso de Clara

Una chica, Clara, que vino a terapia hace años, me resumió su proceso de recuperación de esta forma:

“He recuperado mi foco, antes era una desconocida para mí misma y ahora puedo verme y quererme. Me sentía como si estuviera caminando por la alfombra roja como hacen las actrices de Hollywood, pero los focos que debían enfocarme a mí, estuvieran dirigidos hacia fuera, siempre mirando a los demás. Estaba perdida y no sabía ni quién era.

Ahora, sin embargo, los focos se centran en mí. Yo soy la que importo, yo soy la que brillo... Y lo mejor de todo es que tengo clarísimo que no voy a permitir nunca más que los focos vuelvan a desviarse”

Me pareció una forma fantástica de expresarlo y he querido traer la voz de Clara para que quede constancia de su cambio.