Desde la consulta
Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

Abusos sexuales

Cómo sanar una sexualidad tóxica

Las personas que fueron abusadas en su infancia pueden llegar a desarrollar una vida sexual dañina. Conocer y trabajar las razones de su dolor, les permitirá liberarse de esta violencia.

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31 de octubre de 2018, 17:50 | Actualizado a

La manera en que nos relacionamos con las demás personas depende mucho de los modelos y vivencias que hayamos tenido en nuestra infancia. Así, por ejemplo, si nos trataron con respeto, sabremos respetar a los demás; al contrario, si nos maltrataron y nos obligaron a someternos, tenderemos a repetir este mismo patrón tóxico en nuestras relaciones adultas.

También, la forma como comprendemos y vivimos nuestra sexualidad se supedita, en gran medida, a las primeras experiencias vividas en este ámbito fundamental para nuestras vidas. Si de pequeños nos criaron con vergüenza, represión, sin respetar nuestros deseos con respecto a nuestro cuerpo (no te toques, dale un besito a la vecina, etc.) y además, las primeras relaciones íntimas fueron asimétricas o abusivas, la futura vida sexual de la persona quedará profundamente marcada por estos duros inicios.

La consecuencias del abuso sexual

En algunos casos, los abusos tienen como consecuencia un bloqueo y una negación de toda vida sexual, pero en otros, los niños y niñas que han sido abusados sexualmente en la infancia arrastran los daños de estos abusos hasta la vida adulta y su forma de vivir las relaciones se ve enormemente afectada, llegando, incluso, a normalizar comportamientos tóxicos o insanos para ellos o para sus parejas.

Estas personas pueden mantener una vida sexual activa, pero su forma de vivirla se verá, indefectiblemente, filtrada y marcada por el abuso que sufrieron.

Una parte importante del trauma que queda en estos casos es el mensaje subliminal de que la sexualidad va asociada al abuso (ya sea físico o psicológico). Tengamos en cuenta que estas situaciones siempre son desequilibradas. En ellas, un adulto que ostenta el poder, ya sea por estatus (familiar, profesor, sacerdote, etc.) o por diferencia de tamaño físico, lo ejerce abusando de una víctima mucho más pequeña e indefensa.

Resulta imprescindible señalar aquí la cuestión de que en estos encuentros en los que son abusados, las víctimas no experimentan ningún tipo de placer y, mucho menos, un placer sexual. Algunos autores justifican las posteriores filias sadomasoquistas aduciendo que los pequeños sí experimentan placer en sus abusos y que, posteriormente, buscan repetir de alguna manera estas experiencias.

Esto no coincide con lo que yo he conocido en mi consulta y, además, me parece una peligrosa forma de alentar a futuros abusadores o de quitar gravedad a los abusos del pasado. En realidad, la información que queda guardada en su inconsciente, hasta años más tarde, lo que les indica es el estrecho vínculo existente (evidentemente, sólo para ellos, debido a su experiencia traumática) entre sexualidad y abuso.

En la adolescencia, cuando se inicia la sexualidad entre iguales, comienzan a avivarse los mensajes ocultos del pasado. En los juegos y primeras experiencias sexuales, los jóvenes que han sufrido abusos ven reactivado su aprendizaje sexual del pasado y tienden a poner en marcha actitudes de abuso de poder o de sometimiento. Forzar, dirigir al otro, insultar o, incluso, golpear levemente, se convierte, para ellos en fuente de placer.

Con cada encuentro sexual, estas actitudes se van repitiendo y la asociación que, erróneamente, de niños realizaron (inconscientemente) entre violencia y placer, se ve reforzada. Con el paso de los años, se puede llegar a situaciones donde la única forma que tengan estas personas de lograr excitarse y llegar al orgasmo sea mediante el sometimiento (ejercido o sufrido).

El caso de Marcos

En consulta, he recibido a muchas personas con historias similares a lo descrito anteriormente. Estas personas, sufrían enormemente por no poder tener una vida sexual normal con sus parejas. Algunas, recurrían a imaginar escenas de algún tipo de abuso para lograr excitación, otras, directamente a la violencia física o emocional.

Marcos, por ejemplo, acudió a consulta extrañado y molesto porque, a la hora de mantener relaciones sexuales con su pareja, no lograba excitarse si no evocaba en su mente escenas de personas sujetando y forzando a otras más pequeñas. No le había contado nada a su novia y le irritaba no poder, simplemente, dejarse llevar y disfrutar. Al cabo, su preocupación se había convertido en una obsesión que le mantenía de mal humor durante todo el día y que había llevado su relación a un punto de difícil retorno.

Poco a poco, en consulta fuimos descubriendo los abusos que Marcos había sufrido en su infancia por parte de un familiar, un tío (hermano mayor de su padre) que pasaba con ellos las vacaciones de verano. Durante varios años, su tío había abusado de él aprovechando su fuerza, su corpulencia y el estatus que tenía en la familia (el hermano mayor por todos respetado cuya palabra era ley).

Marcos se dio cuenta de que este tipo de escenas habían marcado sus primeras relaciones en la adolescencia y que, poco a poco, habían ido ocupando su mente hasta llegar el punto de controlar por completo su vida sexual.

Cómo desprogramar el abuso

En estos casos, el trabajo terapéutico ha de centrarse en desprogramar todos los aprendizajes tóxicos y negativos del pasado para, de esta forma, lograr romper la asociación inconsciente entre sexualidad y abusos sufridos. Este siempre resulta un trabajo duro porque resulta muy doloroso enfrentarse a este desolador pasado, pero es necesario realizarlo para poder liberar el enorme trauma que suponen estas experiencias.

Por su parte, Marcos pudo finalmente desprenderse del fantasma de su tío y comenzó a centrarse en sí mismo para vivir una sexualidad más auténtica y satisfactoria.

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