Desde la consulta
Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

S.O.S. emocional

¿Cuándo traicionamos nuestro camino vital?

A veces, merece la pena dejar de lado el prestigio, las imposiciones familiares o el rédito económico, si a cambio ganamos en equilibrio emocional.

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18 de abril de 2018, 18:04 | Actualizado a

Todos los seres humanos nacemos con nuestros propios gustos, dones y talentos. Cuando estos son respetados por los padres, y los niños pueden desarrollar libremente sus propios intereses, al llegar a adultos suelen mostrarse entusiastas y felices.

Sin embargo, si durante su infancia los niños no son escuchados y de jóvenes, se les fuerza a elegir una profesión que no encaja con su carácter, las consecuencias pueden llegar a ser funestas para su bienestar físico y emocional.

Las verdaderas señales de nuestro camino

Si observamos detenidamente a nuestros hijos podremos comprobar que, desde su más tierna infancia, ciertos juegos les gustan mucho más que otros. Con sus actividades favoritas, nuestros pequeños disfrutan y pueden entretenerse durante horas.

Estos juegos que les producen tanto placer y para los que están especialmente dotados, marcan el camino que nuestros hijos han de seguir para ser felices en su vida.

Niños multipotenciales

Por supuesto, algunos niños poseen más de un interés, son las llamadas personas multipotenciales. Ellas, a lo largo de su vida, pasarán por diversas etapas en las que se dedicarán a profundizar en temas bien diferentes. Cuando observamos los juegos de nuestros hijos, nos percatamos si tienen una única afición, si van cambiando de una a otra etapa o si compaginan varias al mismo tiempo.

Todo forma parte de su aprendizaje y la combinación de sus diferentes conocimientos les posibilitará desarrollar nuevas ideas en el futuro.

Acompañar al niño, no marcarle el camino

Para unos padres que deseen que sus hijos se conviertan en adultos felices y disfruten de su trabajo y sus aficiones, una prioridad en su estilo de crianza tendría que ser el observar y acompañar a sus pequeños para detectar sus talentos y alimentarlos para que puedan alcanzar el máximo de su potencial.

Sin embargo, no en todas las familias se les ofrece a los niños la posibilidad de seguir sus propios sueños. A veces, los intereses de los hijos contradicen los planes que sus padres tienen para ellos, o no encajan adecuadamente.

En ocasiones, se antepone el rédito económico de algún trabajo “más seguro” frente a la posible inestabilidad de la profesión elegida por el hijo. En otras, la familia conduce al niño o a la niña, desde que es bien pequeña, a seguir tal o cual profesión por el mero hecho de que su padre, su madre, su abuelo o su tía fueron, por ejemplo, importantes médicos, abogados o músicos.

A alguno de estos niños, desde que su madre está embarazada de ellos, se les reserva plaza en la guardería más prestigiosa de la ciudad para de esta forma poder conseguir, posteriormente, un lugar en el colegio X, donde serán concienzudamente preparados para poder formarse en la misma Universidad donde estudiaron sus antepasados.

Este camino marcado desde la primera infancia puede coincidir, o no, con los auténticos intereses del niño, pero nadie les preguntará su opinión. En su familia, se da por sentado que, para ser feliz, debe dedicarse, tal y como hicieron su padre, su madre, sus primas y su abuelo a una profesión seria y con salidas profesionales.

Qué pasas si no escuchamos nuestra voz interior

El niño seguirá la senda trazada por su familia y desoirá a su voz interior. Tal vez, con el tiempo, se autoconvenza de que la mejor opción para él sea cumplir con la tradición familiar. También, se podrá autoengañar con el argumento de que, tras finalizar los estudios, tendrá la vida asegurada cuando ocupe su lugar en el despacho o la clínica del apellido familiar.

A pesar de esta sensación de falsa seguridad, si la ruta marcada por la familia no coincide con sus propios intereses, acabará por crecer dentro de él una constante sensación de angustia y de insatisfacción. Estos síntomas de profundo malestar serán achacados a los nervios por los exámenes o al estrés laboral.

En cuerpo envía un S.O.S.

Le recetarán ansiolíticos y podrá, aparentemente, seguir adelante sin más contratiempos. Sin embargo, su cuerpo le seguirá enviando señales de que algo no encaja, de que se ha apartado de su verdadera senda. Esta persona, en apariencia feliz y realizada, con un buen trabajo y una posición envidiable, seguirá sintiéndose mal y no comprenderá la razón de su malestar.

Han pasado muchos años desde que dejara atrás sus juegos e ilusiones infantiles, hace tiempo que olvidó, que escondió dentro de sí bajo capas de mandatos familiares, lo que realmente le entusiasmaba y le hacía sentirse pleno y en equilibrio consigo mismo.

Ya no se acuerda de aquellos juegos que le hacían disfrutar de niño.

También, ha olvidado que, de pequeño, él quería ser pintor, músico o psicólogo. Su familia le obligó a abandonar, a traicionar sus verdaderos intereses, dones y talentos y su inconsciente, a través del malestar expresado por su cuerpo y su mente, le quiere ayudar a recordar cómo es él de verdad, cómo es su verdadero yo y cual es su verdadera meta en la vida.

El caso de Marco

En mis años de ejercicio, he conocido a muchas personas que han sido forzadas por sus padres a estudiar algo que no les gustaba. Quizás, el caso más llamativo fue el de un chico, Marco, que vino a consultarme por unos tics que le molestaban al estudiar.

El joven tenía una mente privilegiada y había sido el primero de su promoción de Derecho en una facultad de gran prestigio. Con apenas 24 ó 25 años, estaba preparando oposiciones para Notaría, profesión de su abuelo y posteriormente de su madre, pero unos incómodos tics que sufría le impedían concentrarse en sus estudios.

Cada vez que tenía que sujetar sus libros y fijar la mirada, sus ojos comenzaban a parpadear de forma exagerada y los músculos de sus brazos convulsionaban con tal fuerza que le resultaba imposible leer ni una línea seguida.

Tics que guiñan a las causas del malestar

Marco me relataba asombrado que, cuando se tomaba un descanso e iba a la cocina para tomar un poco de agua, los tics desaparecían y podía sujetar el vaso sin ningún problema. Este cambio tan radical fue lo que le hizo sospechar que su problema podría tener alguna base emocional.

Al final, el joven no inició su terapia y no pudimos trabajar su problema. Quizá fue la distancia lo que le impidió venir (en aquella época yo aún no ofrecía terapia online y el joven residía a unos 200 kms de Málaga) o tal vez intuía que, si se decidía a profundizar en los motivos subyacentes a estos tics, tendría que enfrentarse a la realidad de estar estudiando algo que le había sido impuesto y que le alejaba de su verdadero yo.

Aunque ya hace más de 10 años de esta anécdota y la visita no duró más de una hora, siempre recordaré a este chico como un ejemplo de cómo nos avisa el cuerpo cuando no estamos siguiendo nuestro propio camino. Tengo muy presente este caso cuando aconsejo a padres y madres escuchar y respetar los intereses de sus hijos.

Y para nosotros, ya adultos, la historia de Marco nos puede ayudar a cuestionarnos si estamos siguiendo nuestro instinto, si disfrutamos con nuestro trabajo y con nuestra vida. A veces, merece la pena dejar de lado el prestigio o el rédito económico, si a cambio ganamos en equilibrio emocional.

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