Desde la consulta
Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

Indecisión crónica

¡Decídete! Una cuestión de autoestima

Si de pequeños nunca nos dejaron elegir, hoy tampoco sabremos tomar nuestras propias decisiones.

Indecisión

20 de diciembre de 2017, 17:10 | Actualizado a

En los primeros años de nuestra vida, en los que nuestras decisiones están guiadas por la biología, todos tenemos muy claro lo que nos gusta y lo que no, lo que necesitamos para vivir, lo que rechazamos y lo que nos hace daño.

Sabemos, por ejemplo, que el feto es el que desencadena el proceso de parto cuando está lo suficientemente maduro para nacer o que el recién nacido reconoce cuando tiene hambre o sueño, que llora para pedir su leche o que protesta si le separan de su madre cuando quiere dormir. Estas acciones no derivan de aprendizajes culturales que haya que mostrarles a los bebés, sino que vienen programadas en nuestra genética.

Los niños nacen capacitados para tomar estas pequeñas decisiones primarias, sin embargo, dependiendo de cómo sean acompañadas por los adultos, las bases de nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con nuestra futura capacidad de realizar elecciones serán más seguras o más problemáticas.

Decidir por nosotros mismos depende de nuestra autoestima

Si en nuestros primeros pasos por la vida nos sentimos apoyados, acompañados y no juzgados por nuestros mayores, el resto de ella seguiremos confiando en nuestro propio criterio a la hora de tomar decisiones. Pero, si en estos años cruciales, no somos tomados en cuenta y son los demás los que elijen por nosotros, perdemos la conexión con nuestra voz interior, dejamos de confiar en ella y, siempre, nos sentiremos incapacitados para tomar las riendas de nuestra vida.

La capacidad de decidir está íntimamente ligada a la autoestima y al equilibrio emocional interno. Cuanto más seguros nos sentimos, más conectados estamos con nuestras propias emociones y necesidades y más conscientes somos de las elecciones que debemos tomar acordes con estas.

Muy al contrario, una baja autoestima provoca un estado de desequilibrio emocional, de desconocimiento de nuestras necesidades, de alejamiento de nuestros problemas y de inconsciencia sobre nuestra realidad. Como consecuencia de todo ello, desviamos nuestro foco de atención hacia el exterior, ya no nos guiamos por nuestra propia iniciativa, sino que nos sometemos a la opinión y los criterios de los demás. En este caso, nuestras decisiones se basarán no tanto en lo que realmente necesitamos, sino en lo que creamos que quieren los demás.

A mi consulta, con frecuencia, acuden personas que no han sido acompañadas con respeto en sus infancias, que se sienten incapaces de tomar decisiones por sí mismas y que dependen totalmente de los demás para resolver cualquier problema de su vida.

Este es el caso de Martina que llegó a consulta incapaz de tomar cualquier decisión: cuando quedaba con sus amigas, Martina siempre veía la película que querían las demás; en su casa, su marido siempre tomaba todas las decisiones en los asuntos del hogar e, incluso, en la relación con su hija de cuatro años, la pequeña era la que realizaba elecciones que, por edad y madurez, no le correspondían.

Martina era consciente de su problema, pero no sabía qué hacer para remediarlo. Siempre que se encontraba ante una decisión, ya fuera importante o superflua, se bloqueaba, no sabía qué opción elegir y terminaba diciendo: "lo que digan los demás".

A lo largo de su terapia, fuimos constatando que Martina nunca había podido elegir por ella misma, que desde niña, nunca la habían dejado tomar sus propias decisiones. Este veto al aprendizaje personal, produjo en ella un importante herida emocional tanto en su autoestima, como en la imagen que elaboró de ella misma.

Sus padres, jamás fueron conscientes de lo perjudicial que fue para su hija la sobreprotección a la que la sometieron durante años. Unas veces por comodidad, otras por evitarle problemas, se excedieron en labor de mantenerla segura e impidieron que su hija madurara de forma saludable.

En su primera infancia, ellos decidían lo que la niña debía comer y qué ropa debía ponerse. En la edad escolar, le decían con qué amigas debía ir y con cuáles no. Ya de adulta, incluso llegaron a decidir por ella la carrera que debía estudiar.

"Siempre iban por delante. Siempre preocupados y siempre decidiendo por mí. De modo que me acostumbré a tener a alguien por delante. Antes eran mis padres y ahora es mi marido. Pero esto me anula como persona. No sé quién soy realmente" me comentaba Martina en su terapia.

Los padres de la joven, habían decidido tanto por ella que llegaron al punto de anularla como persona. Martina, desconectó hasta tal punto de sí misma que le costaba reconocerse y escuchar lo que su interior le estaba pidiendo en cada momento.

Como consecuencia de su baja autoestima y de la paupérrima imagen que tenía de ella misma, de su falta de amor por ella misma, en su edad adulta, Martina acabó inmersa en una relación de pareja totalmente desigual, en la que su marido era el que organizaba todas las actividades y tomaba todas las decisiones, mientras que ella acataba todo sin cuestionarlo. Incluso, llegaba al punto de mostrarse agradecida porque, si el decidía todo, la liberaba a ella de la angustia que le causaba tener que realizar cualquier elección.

Cómo aprender a tomar decisiones

Decidir todo por los hijos es una forma de manipulación que tiene, como hemos visto, graves repercusiones en el desarrollo de la autoestima y en la futura capacidad de tomar decisiones. Una crianza basada en el respeto, debería confiar en los procesos madurativos de cada niño.

A decidir se aprende decidiendo. No se puede pretender que los niños sean adultos plenamente autónomos y resolutivos si no les hemos permitido practicar la toma de decisiones desde que son pequeños.

Obviamente, el nivel de complejidad y de dificultad en estas decisiones deberá ir incrementándose a medida que crezcan. Al principio, realizarán, lo que nos parecen, pequeñas elecciones como el tipo de ropa que le gusta o qué le apetece comer, sin embargo este aprendizaje resultará crucial para el resto de sus vidas al otorgarles la confianza suficiente para en su futuro poder decidir por ellos mismos, por ejemplo, no relacionarse con quien le hace daño o cómo quieren enfocar su vida profesional.