Desde la consulta
Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

Emociones: miedo

¿Los niños tienen miedo a la oscuridad?

Las madres y los padres, con nuestras palabras y nuestra forma de crianza, marcamos una gran diferencia en cómo los miedos afectan a nuestros hijos.

niños miedo oscuridad causas

9 de enero de 2019, 20:32 | Actualizado a

La creencia popular nos indica que el miedo a la oscuridad es inherente a nuestra especie. Como animales extremadamente vulnerables, los seres humanos hemos evolucionado perfeccionando, durante millones de años, estrategias de protección frente a los demás depredadores, sobre todo, los nocturnos.

Asimismo, todas las mitologías y cuentos para niños nos presentan a la oscuridad como una fuente abominable de peligros, por lo cual, resulta razonable pensar que éste es un temor universal inherente al ser humano.

Sin embargo, y sin negar que pueda existir una base biológica en la raíz de este miedo, lo cierto es que el pavor ante la oscuridad nace directamente del tipo de crianza y los mensajes que recibimos de pequeños sobre los peligros, o no, que pueden surgir entre las sombras de la noche.

En este aspecto, los padres podemos influir enormemente para mitigar el peso de estos miedos o para convertirlos en un monstruo gigantesco que bloquee a los niños en su día a día.

El experimento de la farola y las sombras

Imaginemos que, ya en la cama a punto de dormir, la luz de una farola se cuela por las rendijas de la persiana dibujando figuras aleatorias en la pared. Al combinarse con la oscuridad de la habitación, resulta probable que, entre estas sombras, un niño detecte formas cuyo aspecto le atemoricen (inconscientemente, le traen recuerdos y sensaciones de dibujos, escenas, cuentos o vivencias que en su momento le crearon miedo).

No olvidemos que nuestro cerebro tiende a imaginar caras o figuras ante cualquier imagen neutra; este fenómeno se conoce como pareidolia, por lo que, lógicamente, en un primer momento, ante la visión de estas formas tan extrañas, cualquier niño se asustaría.

Sin embargo, ahora veremos cómo, ante esta misma situación, la diferente reacción de los padres puede suponer una enorme diferencia para los niños.

Hoy quiero mostraros tres formas diferentes de reaccionar frente a esta escena capaz de causar miedo en un niño (o niña) de, más o menos, dos o tres años de edad.

Según cómo los padres afronten la situación, esta puede puede convertirse en algo inocuo y hasta divertido para los pequeños o, por el contrario, puede constituir el germen de un miedo que el niño arrastrará de por vida.

Situación 1: Explicarle el origen de las sombras

Consiste en ofrecerle al niño una explicación natural y objetiva de lo que sucede para que comprenda lo que le asusta y pierda el miedo. Se le puede aclarar que esas sombras no son más que el reflejo de la luz de la farola que se cuela a través de la persiana.

Si el pequeño se siente escuchado y atendido en sus miedos, aumentará su seguridad y su autoestima no resultará dañada.

Reacción: Si obtiene una explicación lógica del suceso, su imaginación no seguirá alimentando sus miedos.

Una escena similar me sucedió una noche cuando dormía a mi hija que tendría tres años entonces. Le expliqué que ésa era la luz de una farola, abrí la persiana para que viera la farola en la calle, y a partir de ese día, la farola se convirtió en una compañera nocturna que la ayudaba a relajarse para conciliar el sueño.

Situación 2: Quitarle importancia al asunto

Una opción muy común en muchas familias es la de quitarle importancia al temor que el niño siente frente a estas sombras (y frente a sus miedos en general) y actuar como si no pasara nada.

Actuando así, el adulto causa una peligrosísima incertidumbre y un gravísimo conflicto entre lo que el niño siente y lo que le dicen desde fuera.

Reacción: El niño, al no sentirse escuchado o respaldado, acaba por callarse y no hablar del tema.

El problema parece inexistente o desaparecido pero en el interior de la criatura, el miedo persiste. Sin embargo, al no se sentirse respaldado por sus padres o cuidadores, acaba por dudar de sí mismo, de sus emociones y de sus sensaciones.

Situación 3: Utilizar el miedo para someter

Esta opción no es tan frecuente, pero a mi consulta me ha llegado más de un adulto que arrastraba graves consecuencias por el proceder que, en su momento, tuvieron sus mayores cuando les comunicaron sus miedos.

Algunos padres, motivados por sus propias infancias de maltrato, creen que asustar a los niños es un juego inocuo. Seguramente, lo hicieron con ellos cuando eran pequeños, han olvidado lo mal que se sentían entonces y no dudan en repetirlo con sus hijos.

Estos padres aprovechan los momentos más vulnerables de sus pequeños para inculcarles más miedos, hablándoles de monstruos que acechan en la oscuridad para secuestrarlos y de fantasmas que vienen por la noche a vigilarles mientras duermen.

La idea que subyace a este comportamiento enfermizo es la de someter a los más pequeños mediante el miedo. El mismo padre que inocula los miedos se presenta, posteriormente, como protector y salvador, creándole así una dependencia insana a su hijo.

Reacción: El pequeño, más pequeño e indefenso, se aferra a su padre como único salvador.

El pequeño no se da cuenta de que fue su mismo padre quien le provocó el miedo y quién le robó su instinto de protección y su autoestima.

En resumen, debemos ser conscientes de la responsabilidad que tenemos como padres para no cargar a nuestros hijos con miedos innecesarios. En lugar de aumentar sus temores, debemos ayudarles a tener un punto de vista lógico y crítico frente a cualquier situación.

De esta forma, serán mucho más independientes en su futuro y menos susceptibles de ser víctimas de las manipulaciones.

Artículos relacionados