Desde la consulta
Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

Heridas profundas

Somatizaciones: cuando el dolor emocional causa dolor físico

Las heridas emocionales sufridas en la infancia pueden llegar a ocasionar enfermedades físicas reales. Está en nuestras manos sanarlas.

Somatizaciones, dolor emocional que causa dolor físico

17 de enero de 2018, 17:36 | Actualizado a

En las últimas décadas, la medicina y la psicología están descubriendo la compleja relación entre cuerpo y mente, alejándonos cada vez más de la reduccionista y naif concepción cartesiana del ser humano en la que se concebía al cuerpo como una máquina totalmente separada de la mente y las emociones.

No tengo un cuerpo, soy mi cuerpo

Aprendiendo a quererme

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En la actualidad, sabemos que cuando los daños emocionales recibidos en la infancia han sido muy intensos o muy prolongados en el tiempo, su impacto no sólo se produce a nivel emocional, sino que también tiene consecuencias fisiológicas. Una herida emocional puede afectar al cuerpo de múltiples formas: dolores, problemas gástricos, disfunciones sexuales, incluso, en casos extremos, pueden llegar a enfermar los órganos o aparecer síntomas neurológicos. A este fenómeno se le conoce como "somatización".

Somatizar, heridas emocionales que duelen en el cuerpo

Muchos son los autores que, desde hace más de un siglo, nos hablan de esta relación entre cuerpo y mente. Alice Miller, por ejemplo, en "El cuerpo nunca miente", hace un repaso por la biografía de personajes conocidos, analizando los daños que recibieron en sus infancias y cómo sus cuerpos lo reflejaron años después con distintas enfermedades.

"La violencia padecida se almacena en el cuerpo del niño y, más tarde, el adulto la dirigirá hacia otras personas o bien contra sí mismo, lo que le llevará a depresiones o a serias enfermedades" Alice Miller, El cuerpo nunca miente

En mis años como psicólogo, he trabajado con muchos casos de somatizaciones. Hoy quería relataros la historia de Antonia, de 69 años, que vino a mi consulta remitida por la Unidad del dolor de su hospital de referencia.

Allí, los médicos habían probado con ella todo los tratamientos posibles para mitigar unos dolores de espalda que sufría desde hacía décadas. Sin embargo, los resultados habían sido escasos y los dolores, a pesar de estar tomando grandes dosis de medicación, no remitían. Los especialistas sospechaban que gran parte de su dolor podía tener una base emocional y me pidieron que trabajara con ella su historia personal.

Con tan sólo 5 años de edad, Antonia sufrió dos grandes traumas que marcaron su vida para siempre. Su madre murió y su padre volvió a casarse en apenas unas semanas.

Para su desgracia, su nueva madrastra no fue nada comprensiva con su situación ni con su duelo, y obligaba a la niña a realizar todas las tareas de la casa a pesar de su corta edad. Con 6 años, por ejemplo, tenía que cargar grandes cubos de agua y trabajar duramente desde la mañana a la noche.

Se podría pensar que estas duras condiciones de vida desgastaron su cuerpo y eran la causa de los fuertes dolores que Antonia padecía, pero para encontrar el verdadero motivo de su padecimiento debemos comprender cuál era el verdadero dolor que sentía la niña mientras se veía forzada a cargar los pesados cubos de agua.

De niños, si no encontramos ningún adulto a nuestro alrededor que nos muestre respeto, empatía y comprensión, con el que podamos expresar libremente nuestras emociones, acabamos por sentimos solos, confusos, desamparados y perdidos. Nadie nos ayuda a asimilar nuestras emociones, a encauzarlas, por lo que las callamos y las escondemos en lo más profundo de nuestro yo.

Sin embargo, por más que camuflemos y acallemos nuestras emociones, para sanar, éstas necesitan ser expresadas, verbalizadas, por lo que con el tiempo, pasan a pedir paso de otra forma, en el caso de Antonia, a través de un persistente dolor de espalda que le duró décadas. Su dolor no procedía del intenso trabajo físico al que la sometía su madrastra, sino de no haber podido llorar la muerte de su madre y también, del desamparo sufrido por parte de su padre, cuando éste volvió a casarse y la dejó en manos de una adulta que la maltrataba.

A lo largo de su terapia, Antonia fue localizando, expresando y sanando las emociones que se había visto forzada a callar y esconder durante toda su vida. Antonia comprendió que había sido una niña maltratada y desamparada que a muy temprana edad había perdido a la única persona que la había cuidado, su madre.

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La mayor prueba de que gran parte de su dolor era emocional es que, cuando por fin pudo llorar y expresar sus emociones de viva voz, sus dolores comenzaron a disminuir. En terapia, también trabajó cómo iba a ser la vida tras librarse de aquel peso que la tenía siempre atada a la casa con dolores. Antonia, empezó a ir a la calle con más frecuencia, retomó sus actividades de ocio y finalmente, pudo cumplir su sueño de irse de crucero por el Mediterráneo con sus amigas.

Cuando se llega a un nivel de daño físico como el que padecía Antonia, el tratamiento debe combinar lo médico y lo emocional. No debemos subestimar el daño sufrido por nuestro cuerpo y se hace necesario sanarlo desde todos los frentes. Sin embargo, el trabajo de fondo importante debe ser sanar la herida emocional para deshacernos de aquello que nos ha causado el daño físico y evitar, de esta forma, que se vuelva a producir.

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