Desde la consulta
Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

Resiliencia

Maltrato infantil: una persona puede cambiarlo todo

En nuestra niñez, el encuentro con una persona empática y sensible a nuestras necesidades favorece la superación de circunstancias traumáticas.

resilencia testigo empático

14 de marzo de 2018, 15:59 | Actualizado a

Una cuestión que siempre resulta difícil de discernir, incluso para los expertos en psicología forense (acostumbrados a los casos más extremos) es la razón por la que dos hermanos que han vivido en familias muy desestructuradas, en las que ambos han sufrido malos tratos, pueden llegar a tener destinos muy diferentes.

Resulta fácilmente comprensible que estos hermanos expuestos, durante su infancia, a vivencias traumáticas, acaben desarrollando graves problemas psicológicos y/o repitiendo los patrones agresivos y destructivos que han presenciado en su hogar.

Sin embargo, llama poderosamente la atención que, contra todo pronóstico, algunos niños procedentes de ambientes muy disfuncionales logren superar su pasado y llevar una vida socialmente saludable y emocionalmente equilibrada.

¿Cuál es el factor que marca la diferencia? ¿Qué elemento propicia que un niño criado en un entorno violento que ha sufrido maltratos en su infancia no se convierta a su vez en un maltratador, en un delincuente o, incluso, en un asesino?

¿Qué circunstancias potencian la resiliencia de las personas y las ayuda, utilizando el símil de Boris Cyrulnik, a dejar de ser patitos feos para transformarse en hermosos cisnes?

Los testigos empáticos: contrapuntos de seguridad

Algunos de los expertos que más en profundidad han estudiado las relaciones entre la violencia recibida en la infancia y los posteriores problemas psicológicos que esto acarrea, coinciden en señalar que la presencia, en algún período de su vida, de lo que Alice Miller denomina como un “testigo empático” supone una diferencia fundamental para que el niño maltratado escape de toda una vida de trauma y desgracia.

Cuando Miller habla sobre un “testigo empático”, se refiere a un adulto que se pone del lado del niño, que le comprende, que siente compasión por él y le sirve, frente a la violencia que recibe en casa, de contrapunto de seguridad.

Si en la infancia, este niño, conoció a una persona que le mostró amor, respeto y le protegió, le será mucho más fácil liberarse de toda la carga negativa de los maltratos recibidos. ¿Por qué? Porque la realidad en la que vivió este niño no se limitó a la de la violencia, el miedo, el desamor y la inseguridad.

El pequeño, la pequeña, pudieron conocer de primera mano que existen otro tipo de relaciones sociales mucho más amables y menos traumáticas que las que ellos han vivido.

Ampliación de los recursos emocionales

Precisamente, el efecto más devastador y dramático de la violencia en la infancia, un momento de especial sensibilidad y vulnerabilidad del ser humano, es que tanto el cerebro como los patrones adaptativos del niño se desarrollan para poder sobrevivir en un entorno hostil permanentemente,.

Por esta razón, los únicos recursos emocionales de los pequeños acaban siendo, con independencia de las circunstancias y el entorno, las respuestas de huida, de evitación e, incluso, de violencia.

El efecto esperanzador del “testigo empático” es que, como comenté más arriba, le da al niño una visión del mundo diferente de la que está vivenciando en casa. Esta persona, le trae al pequeño el mensaje, más o menos consciente, de que las experiencias pueden ser de otra manera, de que hay una luz al final del túnel.

Y esta idea, queda guardada en el interior del niño como una semilla. La semilla de la resiliencia que brotará más adelante y le ayudará a superar los traumas vividos.

Historias de resiliencia

A lo largo de los años, he comprobado que si ha existido, en algún momento de la vida, esta figura empática y cariñosa, el proceso de sanación resulta mucho más rápido. Por ello, indagar sobre la presencia de un posible “testigo empático” es uno de los temas a los que presto especial atención cuando una persona nueva acude a consulta.

Siempre pregunto si recuerdan a alguna persona de su niñez con la que se sintiera bien, alguien que se preocupara por ellos y les preguntara cómo se sentían. Este rol puede haberlo ejercido algún familiar, algún profesor del colegio o, incluso, un amigo de la adolescencia.

Al hablar de este tema con Irene, en una de sus primeras sesiones de terapia, la joven me contó cómo su vida siempre había supuesto para ella, durante el curso escolar, un verdadero infierno. En el colegio, la pequeña sufría acoso y, además, sus padres no se preocupaban por ella.

No solo es que no la defendieran, sino que además, la culpaban de todo lo malo que le sucedía. “Algo habrás hecho para provocarles” o “tienes que procurar integrarte” eran frases habituales en su día a día. Su sentimiento de soledad y su desesperación la llevaron en la adolescencia, al no verse capaz de soportar la crudeza del nuevo curso, varias veces al borde del suicidio.

Sin embargo, Irene atesoraba en su interior una experiencia diferente, un pensamiento esperanzador cargado de resiliencia que se fue tejiendo en aquellos meses de verano de su infancia en los que sus padres, para quitársela de encima, la enviaban a pasar un mes entero con sus abuelos al pueblo de su familia materna.

En presencia de sus abuelos, Irene se sentía querida y arropada. Pasaba el día acompañando a su abuelo en sus trabajos en el campo y ayudando a su abuela en la cocina. En su casa, la niña no se sentía juzgada ni presionada de ninguna forma.

El cariño que recibía le hacía sentir que las relaciones podían ser diferentes y, también se percataba, por contraposición, de lo injusto y dañino que era el trato que recibía de sus padres.

Ese mes que pasaba en la casa de sus abuelos, sabiendo que siempre tenía su amor incondicional, era la carga de energía que le hacía aguantar los maltratos del colegio y la indiferencia de sus padres.

Para Irene, sus abuelos fueron su tabla de salvación, sus testigos empáticos que la ayudaron a superar los malos momentos y a ser una adulta empática y amorosa con sus propios hijos.

Un efecto positivo para siempre

Ejemplos como el de Irene me sirven de guía cuando me preguntan cómo podemos actuar o cómo podemos ayudar a niños que están sufriendo infancias complicadas en sus casas, pero cuyas circunstancias, nos imposibilitan intervenir a su favor o mostrarles a los padres el daño que le hacen a su hijo.

Una labor que siempre está en nuestra mano es la de convertirnos en los “testigos empáticos” de ese niño. No importa si es un familiar al que no vemos con mucha frecuencia o un niño con el que sólo nos encontramos, de vez en cuando, un momento en el parque de juegos.

Un gesto amable y un trato amoroso, siempre va a tener un efecto positivo en su vida. Nuestra acción, nuestras palabras de aliento, ayudarán a este niño a comprender que no todo el mundo es violento, que es posible relacionarse con los demás de forma más respetuosa y, sobre todo, que es factible sentirse atendido y comprendido.

Estos encuentros supondrán un gran apoyo para ellos durante el resto de sus vidas.

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