Relaciones

El secreto de los hombres que callan

Solo lo sensible permanece y solo lo salvaje sobrevive. Pasar por el mundo sin hacer ruido nos convierte en todo lo contrario a lo que queríamos ser.

Roy Galán

hombres silencio

7 de noviembre de 2018, 18:07 | Actualizado a

Produce cierto estupor.

El silencio eminentemente masculino.

A veces pienso que se trata de una simple estrategia.

El hecho de no mostrarse.

El no hablar de lo que sienten.

El no dejar ver su concepción sentimental del mundo.

Para conservar el poder.

Un poder basado en el ostracismo.

A veces pienso que nos estamos dejando ver demasiado.

Que estamos mostrando el camino exacto para herirnos.

De manera constante en esta abundancia de pensamientos eminentemente femeninos.

Expresándonos, en esa neurosis que supone querer desentrañarse.

En este yoísmo imperante en el que parece que todo lo que nos sucede es digno de ser mencionado, grabado, escrito y compartido.

De hacer del cómo me siento un estado de ánimo distinto y curiosamente escindido al propio sentir.

Y ellos que asisten impasibles a nuestra exhibición.

Impenetrables.

Sé lo que piensan mis amigos hombres.

Pero no me dicen cómo padecen los días.

No me hablan de sus miedos.

Nunca les he sentido vulnerables.

Y por eso me aburro.

Me aburre que los hombres hablen siempre de lo que hacen pero que casi nunca construyan la realidad a golpe de mirada.

Estamos construyendo una red de pensamiento todos los días en los que no dejamos casi espacio para la voz de los hombres.

Tal vez no tengan nada que decir desde su posición en el mundo.

Pero me extrañaría que fuera así.

A mí me falta una forma.

Una apreciación.

Para enriquecer este conglomerado de luces y sombras.

Yo sé que todos somos lo mismo.

Pero me gustaría que los hombres también lo supieran.

Y que en su verbalización se dieran cuenta de que al final estábamos hablando de lo mismo.

No quiero morirme.

Merezco ser querido.

Y ya está.

Ojalá abrazáramos todos más la delicadeza.

Ojalá la ternura.

Ojalá la empatía.

Debemos ser portadores de lo femenino.

Se lo debemos a nuestro primer hogar.

A nuestras madres.

Tenemos que llorar.

Asustarnos.

Pensar por qué

Solo lo sensible permanece

Y solo lo salvaje sobrevive.

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