Aprender equivocándose

La academia del error

Tenemos un miedo atroz a hacer las cosas mal, y por eso muchas veces no nos atrevemos a arriesgarnos. Pero siempre es mejor equivocarse que no intentarlo.

Francesc Miralles

La academia del error

19 de marzo de 2018, 14:06 | Actualizado a

Siéntate, Casilda –dijo la directora general con su tono informal, pese a rebasar ya los sesenta–. Tengo una propuesta que hacerte. Tal vez te sorprenda...

La ingeniera se disponía a desplegar un arsenal de justificaciones ante el asco del software que acababan de lanzar. Era la primera vez en toda su carrera que le ocurría algo así, pero ya se veía de patitas en la calle.

—¿Vas a despedirme? –preguntó sin ambages.

—Al contrario, estoy pensando en ti para ocupar mi cargo cuando me retire el año que viene.

Casilda no daba crédito a lo que estaba oyendo. La mujer de cabellos canos levantó la mano para que la dejara seguir.

—Para acabar de pulirte, quiero que acudas a un curso de capacitación para unas habilidades concretas que aún te faltan para el puesto.

Aquel sábado Casilda acudió con puntualidad británica a la casa de campo donde tendría lugar la formación. La recibió Gabriel, un hombre moreno de aspecto desaliñado que se presentó como el instructor de un curso cuya materia nadie le había precisado. La condujo a través del jardín donde dos hombres hacían a regañadientes labores de jardinería.

—A ti te ha tocado la cocina y tienes a Robert de pinche. El objetivo es preparar una paella que vamos a comer todo el equipo.

Antes de que lograra protestar, el instructor se fue a otra parte de la finca a asignar misiones. En la cocina, Casilda se encontró a un hombre que miraba asustado los ingredientes sobre el mármol.

—Tú debes de ser el pinche –dijo Casilda quitándose la americana–. Espero que sepas algo de paellas, porque lo que soy yo... lo más elaborado que puedo hacer son huevos fritos.

—No tengo ni idea –confesó Robert, azorado–. Al igual que mi mujer, que es ejecutiva, lo que más uso en la cocina es el microondas.

—Bueno, intentaremos salir de esta... Supongo que nos están poniendo a prueba para medir nuestra respuesta ante una emergencia.

—Ya puedes llamarlo así. Tenemos que dar de comer a los participantes del curso y no sabemos cómo cocer el arroz ni las verduras.

—Para eso está Internet –dijo Casilda tomando el mando, a la vez que buscaba la receta en su smartphone.

Dos horas más tarde servían en el jardín la mejor paella que habían sido capaces de hacer.

—Probadla y sed muy sinceros con vuestra opinión –pidió Gabriel a los participantes.

Tras llevarse el tenedor a la boca, una mujer joven de pelo corto declaró:

—Se os ha pasado el arroz. En cambio, las verduras están crudas.

Demasiada agua, quizás –intervino otro–. Más que una paella, esto parece un risotto, pero de principiante.

La cocinera se iba poniendo tensa a medida que caían las críticas en aquel ambiente relajado. Al oír un par de risas, quiso levantarse y abandonar la mesa, pero el instructor la frenó.

—¿Qué has aprendido de esta paella, Casilda?

—Que en los fogones soy un desastre. Has elegido a la persona equivocada.

—¡Al contrario! Ha sido un acierto. Dime, ¿por qué te sientes culpable? Tú misma has dicho que es la primera vez que haces una paella.

—Estoy furiosa porque... –Casilda resopló– ...no soporto que algo me salga mal. Me bloqueo.

—Ajá... eso es porque aún no conoces el valor del error.

Lo que hacemos bien no nos enseña nada.

Solo podemos aprender de las equivocaciones. Un bebé falla muchas veces hasta lograr dar sus primeros pasos. Y cuando beba agua de un vaso, deberá mojarse hasta dominar la oscilación de su muñeca.

—¿Por eso me has puesto a cocinar?

—Sí, porque hay algo peor que el error. Quedarte en tu zona de confort de modo que ni siquiera exista la posibilidad de equivocarte.

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