Silencio

¿Quién es tu amigo invisible?

Siempre está contigo, como una presencia reconfortante, pero el ruido y las distracciones no te dejan verlo. Si te doy una pista, ¿sabrías reconocerlo?

Francesc Miralles

Cuento amigo invisible

3 de septiembre de 2018, 14:22 | Actualizado a

La profesora miró con gratitud al único alumno que había acudido aquel viernes a la universidad de adultos. Desde que se había jubilado, disfrutaba dando clases como emérita a personas que nunca habían tenido acceso a la filosofía.

Aquella tarde de lluvias torrenciales, de la docena de estudiantes que seguían sus clases, solo había entrado en el aula Abel, un viejo taxista que cinco años atrás había cedido el coche y la licencia a su hija mayor. Abel miró, avergonzado, los asientos y mesas desiertos a su alrededor.

—Parece que estamos solos –musitó, sospechando que se suspendería la clase–.

—Perdona, pero te tengo que llevar la contraria, Abel –repuso la profesora–. Aunque seas el único alumno que ha venido, si yo me fuera ahora mismo y te dejara en el aula, no estarías solo. Hay alguien más.

Abel se quedó mudo al principio, pero finalmente preguntó:

—¿Quiere decir que hay aquí un espíritu? ¿La presencia de alguien que vivió mucho tiempo atrás?

—Si hubiera alguien así, dudo que yo fuera capaz de percibirlo –respondió ella–. En mi opinión, solo ve fantasmas quien está convencido de su existencia. Y yo ni siquiera sé si hay vida después de la muerte.

—Entiendo –dijo Abel, encantado de poder debatir con la profesora–. ¿A qué se refiere entonces con que hay alguien más?

—Si te dejo solo diez minutos, que es lo que voy a hacer, tal vez conozcas a tu amigo invisible.

El taxista abrió los ojos, tratando de entender a qué se refería la profesora, que prosiguió:

—Este amigo invisible siempre está contigo, aunque muchas veces no te des cuenta, a causa del estrépito y de las distracciones del mundo. ¿Te atreverás a buscarlo, cuando baje a la cantina a buscar dos cafés? Hoy invito yo para premiar tu asistencia.

—Claro que me atreveré –repuso agradecido–. Y, reticente a tutear a la profesora, le preguntó:

—Pero, ¿puede darme alguna pista más?

—Sí, ese amigo te sigue a todas partes para confortarte, aunque no seas capaz de verlo.

—¿Es entonces una especie de médico?

—Algo así… –repuso orgullosa de su alumno–. Ahora te dejo un momento meditando sobre esta pregunta: ¿Quién es ese amigo invisible que nunca te abandona?

Dicho esto, salió de la clase. Abel se sintió incómodo, como cuando lo castigaban de pequeño por no atender a los maestros.

Tras respirar hondo, se dio cuenta de que ya no escuchaba el fragor de la lluvia.

La tormenta se había extinguido.

De repente le asaltó una calma desconocida para él. Pensó que en su casi medio siglo conduciendo el taxi, muy raramente había disfrutado de un momento como aquel. Cuando no estaba dando conversación al cliente, aparecía algún conductor que perdía los nervios y empezaba a gritar.

De regreso a casa, rendido por tantas horas al volante, su esposa tenía cosas que contarle y sus tres hijos le pedían que les ayudara con sus deberes. De mayores, les había hecho a todos de taxista para llevar a cabo sus mudanzas.

Había sido feliz, pero la placidez que ahora sentía era distinta.

En medio de estos pensamientos, la profesora regresó con dos cafés con leche. Abel le dio las gracias al tomar el suyo entre las manos.

Entonces, ella preguntó:

—¿Has descubierto ya quién es tu amigo invisible, ese que te acompaña a todas partes, aunque no te des cuenta, y tranquiliza tu alma?

Abel sonrió satisfecho y respondió:

—Sí, es el silencio.

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