El poder de la paciencia

El árbol que cura todos los males

Cuentan que el hijo de un magistrado cayó muy enfermo y ningún médico supo encontrar causa ni remedio. Resignados a su muerte, llegaron noticias de un famoso árbol...

Francesc Miralles

árbol cura todos males

6 de noviembre de 2017, 16:19 | Actualizado a

Se cuenta que hace dos siglos, cuando Tokio se llamaba Edo, el hijo de un magistrado cayó gravemente enfermo sin que ningún médico supiera encontrar el remedio.

Pese a recibir su nombre de un aguerrido shogun, el joven Tokogawa empezó a padecer dolores por todo el cuerpo, que ya no le abandonarían. Destinado a suceder a su padre, el muchacho tuvo que dejar los estudios de leyes.

Pasaba el día en la cama mirando con melancolía el paso del tiempo por la ventana. Desde que aquella extraña debilidad se había apoderado de él, los mejores médicos de la corte lo habían examinado, llegando siempre a la misma conclusión:

—El chico no tiene nada.

Como Tokogawa no mejoraba, el padre hizo traer de tierras lejanas a dos curanderos, pero tampoco ellos supieron dar con el remedio.

—No se observa enfermedad alguna –dijo el primero.

Tiene que ser una dolencia del alma –dictaminó el segundo–. Lo mejor es que medite día y noche, por si encuentra en una vida pasada el mal que lo consume.

Cuando el magistrado fue a ver a su hijo, lo halló tan agotado que no logró que se incorporara para meditar.

Ya se hacía a la idea de que su único hijo iba a morir, cuando el cocinero real llamó a su puerta con una noticia que encendió en él una débil esperanza.

—En uno de los siete lagos que rodean el Monte Fuji hay una anciana que cuida un árbol único en todo el país –explicó agitado–. Se dice que da un raro fruto que cura todas las enfermedades.

El magistrado organizó sin más demora un carro para llevar a su hijo hasta allí. Cuando las nieves del Monte Fuji empezaron a vislumbrarse en el horizonte, Tokogawa estiró la cabeza fuera del carro y dijo:

—Es un consuelo ver la montaña sagrada antes de morir.

—No morirás –repuso su padre–. Todos cuentan que ese fruto prodigioso cura todos los males.

Prosiguieron el viaje hasta llegar a un pequeño terreno junto a un lago, donde había una modesta cabaña frente a un árbol pelado.

—Es aquí –dijo el guía de la expedición–. Según el mapa, ese debería de ser el árbol y ahí dentro vivirá la anciana.

—¡Imposible! –se enfureció el magistrado–. Tiene que haber un error. De ese árbol no cuelga un solo fruto.

Para salir de dudas, fueron a llamar a la puerta y les abrió una vieja encorvada que sostenía una taza de té. Al ser preguntada por el árbol curativo, para sorpresa de todos dijo:

—Es este, sí. No encontraréis otro igual en todo el país.

—Pero... ¿dónde está ese fruto que debe comer mi hijo para sanar? –se impacientó.

La anciana escrutó el carromato con sus ojos plagados de arrugas y, al ver el cuerpo yacente de Tokogawa, dijo:

—Dejad al chico aquí y marchaos. El árbol da un solo fruto, que brota sin previo aviso de la noche a la mañana. Hay que comerlo entonces porque se marchita con la misma rapidez que ha crecido. Vuestro hijo debe esperar aquí el momento oportuno.

Finalmente el magistrado entregó el muchacho a la anciana, junto con diez monedas para costear su manutención, y se marchó cabizbajo a atender sus obligaciones en la corte.

Aquella noche, Tokogawa tuvo un sueño largo y profundo. Al despertarse, la silueta del árbol pelado se dibujaba en su ventana.

—Sal de la cama y ve a montar guardia bajo el árbol –le ordenó la anciana–. Necesita la compañía humana para animarse a dar su fruto.

El joven estaba tan sorprendido que sin darse cuenta se levantó y se vistió para hacer lo que le pedían. Luego ocupó un sencillo asiento que ella había colocado bajo el ramaje.

—Te traeré té y un poco de arroz. Vas a estar cada mañana aquí hasta que, una noche, el árbol te dé lo que has venido a buscar.

En su primera guardia, Tokogawa sintió que le dolía todo el cuerpo, pero había demasiado en juego para abandonar, así que resistió hasta el mediodía y luego se metió en la cama.

El día siguiente estuvo bajo el árbol hasta bien entrada la tarde, y al otro las estrellas salieron sin que se hubiera movido de allí.

Mientras esperaba que el misterioso fruto despertara, el joven disfrutaba del aire fresco, de las bandadas de pájaros y de la luz cambiante sobre el Monte Fuji.

Pasaron los días y las noches, hasta que una mañana la anciana lo despertó con estas palabras:

—Creo que el fruto está listo.

Tokogawa saltó de la cama con el vigor de un tigre y salió disparado de la casa. Sin embargo, al mirar el árbol se quedó pasmado.

—¡Aquí no hay ningún fruto! –gritó bien fuerte.

—Sí lo hay, lo que ocurre es que no puedes verlo. Ha crecido mientras estabas aquí y ahora ya es tuyo. No volverás a enfermar –dijo ella.

Por primera vez, Tokogawa tomó conciencia de que estaba totalmente restablecido. Aun así, la curiosidad le llevó a preguntar:

—¿Cuál es el fruto que no se ve y que ha crecido sin que yo me dé cuenta?

—Es el fruto de la paciencia. Lo has tomado sin saberlo una jornada tras otra y eso te ha curado. El aire fresco y la belleza del paisaje han hecho el resto.