No dejes que se desborde

La gota que colma el vaso

La convivencia en pareja puede hacer que las pequeñas discusiones se acumulen, convirtiendo la comunicación en un intercambio de quejas. ¿Cómo cambiar la dinámica para ser más felices?

Francesc Miralles

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4 de diciembre de 2018, 18:05 | Actualizado a

En casa de Lourdes y Mario había estallado la guerra. Tras un año saliendo, habían bastado dos meses de convivencia para que la armonía saltara por los aires.

Estoy harta de que cada día dejes el plato y la taza del desayuno sin lavar –le recriminaba ella en la puerta–. Luego tengo que venir detrás limpiando. Que vayas pronto a la oficina no significa que yo sea tu criada.
—Pero, ¿de qué me hablas? –se defendía Mario–. Yo no te he dicho que laves nada. Simplemente por la mañana voy justo de tiempo y prefiero hacerlo por la noche.
—Claro, como tú comes con tus colegas en la oficina… Pero yo almuerzo aquí, y no me gusta encontrarme la cocina sucia.
—Si eres una enferma de la limpieza es tu problema, no el mío.

Aquella misma noche, tras una larga jornada, Lourdes y Mario charlaban sobre los acontecimientos del día cuando un nuevo desacuerdo encendió la mecha.
—¿Te parece normal que ese cantautor italiano te cite cuatro veces en una semana?–protestaba Mario–. ¿Cuánto le cobras por las fotos?
—Igual que a los demás, pero también me ha pedido un reportaje para una revista. Eso lo paga aparte.
—Ya… lo que quiere es ligar contigo. ¿Es que eres ciega?

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Tras una semana de rifirrafes, el sábado Lourdes estaba retocando fotos en el ordenador cuando se fueron las luces de la casa, justo cuando Mario activaba su cinta para correr.
—¡Oh, no! –gritó ella–. ¿Cómo se te ocurre enchufar esa máquina mientras estoy trabajando? Y has conectado también la cámara en un trípode… ¡No puede haber tantas cosas enchufadas!
—¡La cámara va con pilas, boba! Solo quería ver luego si, al correr, tengo la postura que me señaló mi entrenador.
Tú sí que eres bobo. ¡Te acabas de cargar tres horas de mi trabajo!
Esto es la gota que colma el vaso –replicó Mario–. Si tuviéramos el fin de semana libre, como una pareja normal, no tendría que correr sobre esta estúpida cinta.
—Podías haber salido a correr mientras yo acababa esto –repuso ella con lágrimas en los ojos–. La entrega es esta tarde y ¡ahora tengo que empezar de nuevo!

Hecha una furia, fue a encerrarse en el lavabo, mientras Mario devolvía la electricidad al apartamento. Desanimado, conectó la cámara al televisor. Solo entonces se dio cuenta, avergonzado, de que había grabado toda la discusión. Los gritos en la pantalla llamaron la atención de Lourdes, que se sentó a su lado en el sofá como si estuviera viendo a dos desconocidos.

—Somos dos energúmenos –comentó Mario, azorado como ella–. Y lo peor es que todos esos reproches no sirven de nada. Porque lo que en realidad nos queremos decir es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—No sé dónde oí decir aquello de que toda queja oculta una necesidad. Al quejarte, el otro se pone a la defensiva. Pero si expresas tu necesidad, el resultado es muy distinto.
—La teoría está bien –dijo ella–. ¿Y si apagas la tele e intentamos llevarlo a la práctica?
—¿Cómo?
—En vez de quejarnos, como hasta ahora, ¿puedes expresarme tu necesidad? Luego lo haré yo.

Mario respiró hondo y le dijo:
—Sé que tienes muchas entregas, pero me gustaría compartir el fin de semana contigo. Te echo de menos.
—Tienes razón –repuso ella, bajando la cabeza–. Si puedes ser más ordenado en casa, ganaré tiempo para nosotros. Yo también necesito estar contigo, aunque últimamente he sido una cascarrabias.

Los dos se pusieron a reír y supieron que, desde aquel día, todo iba a cambiar.

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