Vivir de verdad

Un reloj mágico

El tiempo es relativo, y no se puede medir siempre de la misma forma. Una vida llena de angustia y culpa tampoco se mide igual que una vida feliz.

Francesc Miralles

Cuento del reloj mágico

2 de marzo de 2018, 13:34 | Actualizado a

Alfonso llevaba varias semanas con insomnio. Daba igual si se acostaba antes de medianoche o bien entrada la madrugada, después de horas trabajando desde casa. En todos los casos, tres o cuatro horas después de haberse dormido, se desvelaba por completo.

La centrifugadora de pensamientos se ponía entonces en marcha y no había modo de pararla. Lo había probado todo: infusiones relajantes, un baño caliente, auriculares con música clásica... pero lo máximo que conseguía era esperar a que se hiciera de día desde la cama.

—Tómate un día libre para desestresarte –le recomendó su mejor amiga, que era terapeuta–. Deja tus obligaciones y dedica la jornada entera a pasear. Regálate algo que te guste y no vuelvas a casa hasta que sea hora de dormir. Verás como duermes mejor.

Aunque con escepticismo, Alfonso decidió seguir su consejo como último recurso antes de buscar un médico que le diera fármacos.

Sin embargo, nada más poner el pie en la calle se sintió culpable de estar perdiendo el tiempo, en lugar de ir a la oficina donde el trabajo se le acumulaba sin fin.

Fiel a su decisión, se obligó a atravesar un parque bañado por la suave luz de la mañana.

Había niños pequeños jugando y ancianos que charlaban o leían el periódico, pero Alfonso llegó al otro lado del verde sin verlos. No dejaba de pensar en lo que debería estar haciendo.

Después de cruzar el semáforo, se encontró con una tienda de antigüedades. El rótulo "La magia del tiempo" le acabó de convencer para entrar a husmear. Siempre le habían fascinado los objetos con una larga historia, pero hacía mucho que no se paraba a curiosear.

Entre bolas del mundo desgastadas, plumas estilográficas, jerséis e incluso zapatos que habían pisado otro siglo, Alfonso se fijó en un reloj de bolsillo que parecía tan antiguo como bien conservado.

Durante mucho tiempo había deseado tener uno pero, austero por naturaleza, nunca se compraba nada que no fuera imprescindible.

Al recordar la sugerencia de su amiga, decidió hacer una excepción y preguntó al dueño de la tienda por el viejo reloj. El precio no era desorbitado, pero aun así se quedó dudando.

—Es una pieza muy especial –dijo el anciano vendedor, que debía de tener tantos años como el reloj–. Perteneció a un alquimista que le dio propiedades únicas. Deje que le de cuerda... Funciona muy bien.

Minutos después, Alfonso salía de la tienda con el reloj en el bolsillo y un doble sentimiento de culpa. Al tiempo que estaba perdiendo con aquel paseo absurdo se unía un gasto del todo innecesario.

Su enfado llegó a su cenit cuando, tras detenerse en una plaza soleada, quiso mirar la hora y vio que el reloj se había parado. Hecho una furia, fue en busca del anticuario a reclamar su dinero.

—Si quiere, se lo reembolso –dijo, pacífico–, pero el reloj funciona perfectamente, solo que de forma diferente a los demás.

—¿Qué entiende usted por diferente? –replicó Alfonso, cada vez más irritado.

—Este reloj solo avanza cuando su dueño vive de verdad. Por eso, para su buen uso, se recomienda guardarlo en el bolsillo de la chaqueta, junto al corazón. ¡Llevar el reloj en la muñeca es de esclavos! El tiempo que cuenta es el que usted dedique a hacerse feliz, con lo cual también hará felices a los demás.

Aquella explicación insólita hizo que Alfonso estallara a reír, con el reloj del alquimista aún en la mano.

Para su asombro, se dio cuenta de que el segundero había echado a andar.

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