Encuentros con Max

El piloto automático del "sí"

Si siempre estás comprometiéndote a cosas que realmente no te apetecen, esta estrategia en dos pasos te ayudará a dejar de decir "no he podido negarme".

Ferran Ramon-Cortés

Cuento no puedo

31 de julio de 2018, 13:55 | Actualizado a

Era sábado por la tarde, y en la cafetería del barrio (llena a rebosar entre semana) no había demasiada actividad. Solo en una mesa, una mujer de unos treinta años trabajaba concentrada con un montón de papeles a su alrededor y un café que sorbía de vez en cuando. Y en otra mesa, un hombre mayor ojeaba el periódico con la calma de aquel que sabe que tiene todo el tiempo del mundo y ningún compromiso por delante.

De repente a la mujer le sonó el móvil y, tras un breve diálogo, su vecino mayor pudo escuchar cómo decía: “Estoy encallada, me queda un montón de trabajo; id sin mi y ya nos veremos a la hora de cenar”.

En el mismo instante en que colgaba, una expresión de profunda tristeza se instaló en su rostro y el brillo de sus ojos delataba que estaban a punto de saltarle las lágrimas.

El hombre mayor se quedó mirándola con compasión. Ella no le rehuyó la mirada y, tras unos segundos de mágica conexión visual, él sintió que podía interpelarla y le dijo:

—Otra oportunidad perdida, ¿cierto?

Ella no dijo nada. Solo asintió con la cabeza al tiempo que una lágrima le comenzaba a resbalar por la mejilla.

El hombre pidió permiso para acercarse con un gesto y, ante la respuesta afirmativa de ella, se sentó a su lado y le dijo:

—Me llamo Max; y si hablar de ello te puede ayudar, soy todo oídos.

—Yo me llamo Ana, y sí, creo que me vendrá bien desahogarme. Verás, el que acaba de llamar es mi marido, que me esperaba con nuestro hijo para ir al cine. Pero estoy enfrascada en un favor que le estoy haciendo a un conocido…

—¿En sábado?

—Me lo pidió ayer, y no pude negarme.

Max, en un tono cálido le preguntó:

—¿Lo intentaste?

Ana se quedó reflexionando unos instantes.

—No lo intenté, es verdad, pero es que no le podía decir que no.

—¿Por algún motivo?

—Porque creo que le habría sentado fatal y no quiero decepcionarle.

Max se levantó, fue hasta su abandonada mesa, tomó la taza de té y volvió a la mesa de Ana, todo ello con la intención de dejar unos instantes de silencio antes de decirle:

—Y el precio de no hacerlo es perderte la tarde de cine con tu hijo.

Ana se quedó helada. Max se dio cuenta y empezó enseguida con sus explicaciones para rebajar la tensión del momento:

—Verás, Ana, un “no puedo” no es fácil de decir para algunos de nosotros. Nos parece desconsiderado, hasta egoísta algunas veces. Sin embargo, no siempre nos paramos a pensar en el precio que pagamos por no dar ese “no puedo”.

—Es que cuando me lo pidió ni me lo planteé. No fui consciente ni del alcance de lo que me pedía ni de lo que me perdería por aceptarlo.

—Y este es precisamente el problema: que el “sí” es un “sí” de piloto automático. Es un “sí y ya me las arreglaré”. Y tienes que cambiarlo por un “déjame pensarlo”.

Ana escuchaba con atención. Sentía que todo aquel discurso le calaba muy hondo. Max continuó sus explicaciones:

—Ana, si me permites decírtelo, cuando te piden algo eres demasiado rápida en el “sí”, y tienes todo el derecho del mundo –y la obligación contigo misma– de pensártelo. De valorar si realmente puedes y también si quieres. Y de valorar si ese “sí” te supondrá algunas consecuencias.

Ana comprendía el discurso, pero le generaba impotencia, porque no imaginaba cómo cambiar su comportamiento. Le preguntó a Max:

—Vale. Imagina que soy capaz de decidir que no puedo, ¿cómo lo hago? Porque no me parece tan fácil…

—Pues la mejor manera es explicando de forma transparente tus motivos. En la mayoría de los casos encontrarás una total comprensión por parte de tu interlocutor.

—Pero no siempre es así, hay gente que sí que se lo tomaría mal.

—Si en algún caso alguien lo hace, es que ni te valora ni te aprecia. No te interesa para nada una relación así.

—Pero es que me imagino diciendo “no puedo” y estoy segura de que algunas personas se quedarían pasmadas.

—Probablemente porque las tienes acostumbradas a que siempre dices “sí”. Es posible que las primeras veces provoques sorpresa, pero no decepción, especialmente si te aprecian.

—Pero, Max, es que en el fondo yo soy así, hago siempre favores a la gente.

—Y está bien, pero no a barra libre. Lo que te sugiero es que elijas cuándo y a quién haces estos favores. Hoy tienes un claro ejemplo de las consecuencias de no hacerlo.

Ana reconectó con el disgusto de no ir al cine con su marido y su hijo, y ello daba todo el sentido del mundo al discurso de Max. Convencida de ello le dijo:

—Max, te doy la razón; me revelo ante la idea de no poder estar esta tarde con los míos. Pero necesito más luz en el cómo hacerlo. Son demasiados años actuando desde el “sí”, como tú dices, en piloto automático.

—Pues te sugiero un par de tácticas que te ayudarán a coger seguridad. La primera: no des nunca un “sí” en el momento, aunque lo veas claro. Disciplínate a responder siempre –y remarco siempre- un “te digo algo enseguida”.

A Ana se le dibujó una leve sonrisa. Se imaginaba haciéndolo, y lo cierto es que le gustaba. Enseguida le preguntó a Max:

—¿Y la segunda?

—Piensa siempre en qué harías en ese tiempo que dedicarás a hacer lo que te piden. Te ayudará a valorar lo que te estarías perdiendo.

Aquí la expresión de Ana era de pura frustración. Se había hecho mil veces el propósito de hacer un montón de cosas que luego no tenía tiempo de hacer. Esa táctica iba a darle mucha energía para poder dar muchos “no puedo”.

De repente, y en plena reflexión de todo aquello, Ana tuvo una revelación. Cogiendo el móvil llamó a la persona que le había pedido el favor:

—Paco, soy Ana. Verás, necesito decirte que no llego con tu encargo. ¿Te es tan urgente?

No lo era. Y esto abrió un nuevo diálogo con Max alrededor de cuán necesarias son algunas de las cosas que a veces se piden. Inmediatamente Ana mandó un watsapp a su marido, que debería estar entrando en el cine en aquel momento:

—Dime fila y asiento, voy volando.

Los ojos le brillaban de nuevo, pero esta vez eran de emoción. Levantó la vista con la intención de agradecer a Max sus reflexiones. Sin embargo, no había ni rastro de él. El periódico estaba colgado en su soporte habitual y su taza de té había desaparecido de la mesa. Tuvo la extraña sensación de haberlo soñado todo.

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