Encuentros con Max

Lo que la crítica me descubre

Las críticas que más nos afectan son nuestro maestro. Muestran las cosas que no tenemos integradas.

Ferran Ramon-Cortés

Lo que la crítica me descubre

20 de julio de 2018, 12:15 | Actualizado a

Carlos había salido a tirar la basura. En realidad, esa era la excusa que se había dado a sí mismo para salir a dar una vuelta y despejarse un poco.

No podía quitarse de la cabeza las palabras que sus amigos le habían dicho en el encuentro que habían tenido para preparar un viaje que querían hacer juntos: “Siempre miras las cosas desde el lado negativo”. ¡Qué injustas! ¡Qué rabia que le dijeran a él precisamente eso! Porque lo único que había hecho era aportar algo de pragmatismo a unos planes que no se aguantaban por ningún lado.

Sin ganas todavía de encerrarse en casa, se sentó en un banco de la calle, encallado mentalmente en esa inmerecida crítica.

Ensimismado y con la mirada perdida, no se dio cuenta de que un hombre mayor se había sentado a su lado. Reparó en él cuando oyó su voz que decía:

—Bonita luna, y bonita noche… y me temo que te la estás perdiendo.

Carlos, alucinado, solo acertó a preguntarle:

—Disculpe, ¿nos conocemos?

—No, pero eso no me impide ver el desasosiego en tu cara…

Pasaron unos largos diez minutos sentados, lado a lado, sin decir ni decirse nada. Hasta que Carlos, dándose cuenta de que no se desprendía de su disgusto, y pensando que no tenía nada que perder, decidió tirarse a la piscina y le dijo:

—No me interesa hoy la luna. Ni la noche. Me han machacado injustamente mis mejores amigos y no me los saco de la cabeza.

—Mi nombre es Max, y mi ofrecimiento es escucharte…

—Yo soy Carlos, y me irá bien desfogarme, así que ahí va la historia: nos hemos reunido un grupo de buenos amigos para preparar un viaje que queremos hacer juntos. Como siempre, todos decían su opinión y, ante las disparatadas ideas que proponían, yo he intentado ordenar un poco las cosas, señalar algunos riesgos… y lejos de agradecérmelo me he ganado una injusta crítica: que siempre lo veo todo negro.

—¿Me pones un ejemplo de algo que hayan propuesto?

—Sí, claro, estamos pensando en ir a Perú y Jorge se ha descolgado con que no reservemos hoteles, que busquemos casas donde alojarnos sobre la marcha…

—¿Y qué te parece a ti la idea?

—Absurda.

—¿Por algo en particular?

Carlos se lo quedó mirando. Lo que le faltaba. Otro insensato a la altura de sus amigos. Definitivamente no era su noche. Max, dándose cuenta de que lo estaba perdiendo, intervino:

—Carlos, te pido un minuto de confianza: te pido que mires un momento dentro de ti. Muy, muy dentro de ti. Y que te preguntes:

¿A ti te gustaría en el fondo hacer un viaje sin planificación y sin rumbo?

—Pero es jugársela.

—No lo dudo, pero lo que te estoy pidiendo es que me digas si te gustaría.

Carlos pensaba, mirando al suelo. Al final dijo:

—Sí, me encantaría. Claro que me gustaría. Cuando alguien me cuenta una experiencia así, en el fondo me muero de envidia. Lo que pasa es que no tengo valor para hacerlo. Entre otras cosas porque en cuanto me lo planteo siempre pienso en todo lo que va a salir mal.

—¿Y te gusta pensar así siempre?

—No, no me gusta nada. Porque sé que me meto yo mismo el miedo en el cuerpo. Pero no puedo hacer nada. Me encantaría poder verlo de forma optimista, como lo ven ellos.

—Pues eso y solo eso es lo que explica el dolor que te produce su crítica.

Carlos se quedó pasmado. Ahora sí que necesitaba una explicación. Max lo percibió y se apresuró a dársela.

—Carlos, las críticas que más nos afectan son nuestro gran maestro. Nos dan una precisa y perfecta información de las cosas que no tenemos integradas. De las cosas que no nos gustan. Son un gran regalo para crecer.

—Ahora soy yo el que te pide el ejemplo…

—No necesito más que tomar el tuyo de hoy: te ha dolido que te acusaran de ver las cosas negras, porque al primero que no le gusta es a ti. Acabas de decírmelo. No lo llevas bien y, cuando te lo mencionan, te enciende. Porque apela a algo que en el fondo te criticas a ti…

Carlos escuchaba absorto. Todo aquello empezaba a cobrar sentido, pero solo empezaba. Necesitaba más claridad. Max le preguntó:

—¿Puedes pensar en una crítica que al recibirla no te afectase?

—Ummmm, sí. No hace mucho me tacharon de cuadriculado.

—¿Y lo eres?

—Sí… lo soy. Y no me disgusta en absoluto serlo. Creo que en esta vida es bueno que haya gente como yo, que controle las cosas.

—Bien. ¿Buscas otra crítica que te afectase?

Carlos tardó algo más de tiempo esta vez en encontrarla. Al final dijo:

—Ya la tengo. También no hace mucho me acusaron de ser insensible, y me enfadé mucho.

—¿Lo eres?

—No lo sé, pero no quiero serlo...

De repente todo encajó. Se daba cuenta de que las críticas que no le afectaban era porque hacían referencia a cosas que él tenía plenamente aceptadas de él mismo. Las que sí le afectaban se referían a cosas que quizás inconscientemente también él se criticaba.

Ahí tenía la luz: analizando cómo le afectaba cada crítica tenía la ocasión de descubrir qué aspectos de su vida no tenía integrados. Viendo lo que le dolía podía descubrir lo que tenía por trabajar.

Con el ánimo remontado, se dio cuenta de que la crítica de sus amigos le iba a ayudar: tenía que reflexionar sobre qué le impedía tener una mirada más positiva de las cosas y cómo podía llegar a ser más optimista.

Se levantó. Estaba realmente agradecido por haber podido tener esa reveladora conversación con aquel desconocido.

Y tal y como se levantaba, se permitió una mirada consciente y profunda a la luna. Era preciosa. Tenía ganas de compartirlo con Max, pero al girarse encontró el asiento vacío. Tuvo la sensación de que nunca había estado allí, y que formaba parte de la magia de esa noche.

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