Encuentros con Max

Lo que me digo a mí mismo

No se trata de lo que dices en voz alta. Se trata de lo que te dices internamente. De tu voz interior.

Ferran Ramon-Cortés

Dialogo interno

14 de agosto de 2018, 09:00 | Actualizado a

La barra de la cafetería estaba llena. Eran las ocho y cuarto de la mañana y la gente tomaba su primer café; unos leyendo el periódico, otros (la mayoría) consultando su móvil. Una mujer de unos cuarenta años, leía un mensaje del móvil cuando, de repente, soltó un audible suspiro y dijo en voz alta:

—Es que soy un desastre…

A su lado, un señor mayor que saboreaba plácidamente su café, le miró a los ojos. Ella, agobiada, y dándose cuenta de que había hablado sola, desvió su mirada y se puso de nuevo a mirar el móvil. Al cabo de un rato, la situación se repitió, y la mujer, de nuevo en voz alta, dijo:

—Ufffff... ¡Nunca lo conseguiré!

Su vecino de barra, con una serena sonrisa, volvió a mirarla a los ojos, y esta vez no solo la miró, sino que, con sumo respeto, le dijo:

—Es probable que no lo consigas, sobre todo si eso es lo que te dices…

Ella lo miró con extrañeza: ¿cómo se atrevía aquella persona a meterse con ella? Pero la limpia mirada que se encontró ante ella le hizo cambiar de actitud. Relajando los hombros en señal de rendición, le dijo:

—¿Me lo cuentas?

—Claro, me encantará. Pero antes déjame que me presente. Mi nombre es Max, y soy un viejo profesor…

—Yo soy Ingrid, y soy una frustrada aspirante a ejecutiva.

—Ya volvemos a estar en lo mismo –se lamentó Max, aunque con una tierna sonrisa–. Verás Ingrid, llevamos cinco minutos juntos en esta barra de bar, y en estos cinco minutos te has machacado a ti misma ya tres veces. ¿Eres consciente de lo que te dices?.

Se hizo un espeso silencio, que Max respetó, y que finalmente Ingrid rompió para decir:

—No me lo había planteado nunca. Pero en cualquier caso no considero que me esté machacando. Digo lo que pienso de mí misma. Ni más ni menos.

Max se dio cuenta de que lo que quería transmitirle a Ingrid no iba a ser fácil, así que cambió de hilo argumental. Le preguntó:

—Ingrid, ¿cómo eres con los demás?

—¿A qué te refieres?

—Cuéntame, la gente de tu alrededor... ¿cómo piensan que eres?

Ingrid, que no sabía muy bien a dónde quería ir a parar Max, se tomó unos instantes para pensar. Finalmente respondió:

—Tengo fama de ser muy transparente, y a veces me dicen que soy un poco dura, que siempre digo lo negativo.

Max tenía lo que quería. Mirando a Ingrid directamente a los ojos le dijo:

—Tan dura y negativa como eres contigo. Ni más ni menos.

Ingrid recibió el mensaje con impacto. Pero Max se dio cuenta de que no acababa de entenderlo. Así que se apresuró a contárselo.

—Ingrid, tratamos a los demás como nos tratamos a nosotros mismos. Lo que me digo a mí mismo es lo que me permito decir a los demás. Si me digo que soy un desastre, poco me costará decir lo mismo a alguien de mi entorno. Si me digo que no lo conseguiré, poco me costará decírselo a otro.

Escuchar nuestro diálogo interno es fundamental para descubrir cómo nos tratamos, y para tomar consciencia de cómo probablemente tratamos a los demás…

Ingrid recibía las palabras de Max como una auténtica revelación. De repente, en su cabeza, muchas piezas empezaban a encajar. Entendía por qué a veces decía a los demás cosas que le sorprendían a ella misma, y que no le gustaban. Entendía por qué a veces, sin quererlo, machacaba a los demás. Pero había una pregunta fundamental todavía no resuelta para ella.

—Max, te compro el argumento. Pero ¿cómo me escucho a mí misma? Yo no era consciente de lo que me estaba diciendo esta mañana. Solo de lo que he dicho en voz alta, pero no ando hablando sola por el mundo todo el tiempo…

—Ingrid, no se trata de lo que dices en voz alta y que los demás podemos escuchar. Se trata de todo lo que te dices internamente. De tu voz interior.

—Pero no me doy cuenta…

—Porque no pones consciencia en ello. Déjame que te eche una mano: esta mañana, cuando has dicho en voz alta “soy un desastre”, ¿qué había sucedido?

—Pues que he leído un mensaje de mi jefe que me decía que había un error en un documento que le pasé ayer…

—Y cuando has dicho “nunca lo conseguiré” ¿qué había ocurrido?

—Que no me han aceptado en un curso que quería hacer.

—Bien, pues esos son uno de los momentos clave en los que puedes tomar consciencia de tu diálogo interno: cuando algo sale mal. Te puedes decir “soy un desastre”, o te puedes decir “la próxima vez me saldrá mejor”. Como te puedes decir “nunca lo conseguiré”, o decirte “a la próxima estoy dentro”. Y esto es lo que marca la diferencia.

Ingrid escuchaba con atención. Max se percató de ello y continuó:

—Si quieres tomar consciencia de tu diálogo interno escúchate en tres momentos fundamentales:

  • Cuando algo te sale mal
  • Cuando algo te sale bien
  • Al empezar el día

— Estos son tres momentos que te harán ser muy consciente de lo que te dices a ti misma. De esta manera podrás aprender a escucharte siempre, en todo momento.

Ingrid cerró los ojos unos instantes, pensando en lo que se había dicho al comenzar el día. Lo recordó, y no le gustó... No era un mensaje alentador, ciertamente. Max interrumpió su ensoñación para preguntarle:

—¿Qué estás a punto de decirte?

—Que esto es muy revelador pero también va a ser muy…

Ingrid iba a añadir un “difícil”, pero cambió al instante:

—Que es muy revelador y que lo voy a conseguir. Y que esto cambiará muchas cosas en mi forma de tratar a los demás.

Max sonrió complacido. Ingrid, encantada, se levantó de la barra y se fue directa a la caja. Quería adelantarse e invitar al desayuno a su recién conocido maestro Max, que tan generosamente le había regalado un conocimiento vital para ella.

Le indicó al camarero que quería pagar su café y el de su acompañante. Pero el camarero no podía entenderlo. Porque al lado de Ingrid no había nadie, no había más que un taburete vacío.

Artículos relacionados