Encuentros con Max

Mi espacio de protección personal

Nos conocemos mejor de lo que nos conocen los demás, pero a veces sus críticas nos hacen dudar y nos causan mucho daño. ¿Será un problema de autoestima?

Ferran Ramon-Cortés

Protección  ante las críticas

13 de marzo de 2018, 12:41 | Actualizado a

En la barra del bar, Pepe y Antonio comían un menú rápido antes de volver a la oficina. Al lado de ambos, un hombre mayor tomaba un café, mientras hojeaba sin demasiado interés las páginas de un periódico. Inevitablemente le llegaban fragmentos de la conversación que mantenían Pepe y Antonio a su lado.

…eres un desastre y no vas a cambiar…

…haberlo pensado antes, como siempre te has precipitado…

…estás equivocado, y, además, no soy el único que lo piensa…

si pusieras un poco más de atención las cosas te irían de otra forma...

Estos y muchos otros eran los comentarios que Pepe le estaba lanzando a Antonio sin tregua. En un momento determinado, Pepe se levantó y se despidió, y Antonio se quedó apurando su café, con cara de circunstancias y un cierto abatimiento después de recibir todos aquellos ataques.

El hombre mayor cerró el periódico y, al notar que su mirada se cruzaba con la mirada de Antonio, le dijo:

–Por lo que me ha parecido oír, te ha tocado una buena sesión de reproches

Antonio se quedó parado. ¿Cómo aquel hombre, al que no conocía absolutamente de nada, le decía aquello? El hombre lo notó, y se apresuró a añadir:

–Disculpa si te he incomodado. Me llamo Max, y soy cliente asiduo del bar. Te he hecho este comentario porque me llegaba vuestra conversación sin que pudiera evitarlo. Y me ha dado la sensación de que te quedabas tocado

Antonio se relajó. La sonrisa franca de aquel hombre hacía imposible que se tomase mal su injerencia. Entró de inmediato en la conversación.

–Yo soy Antonio, y sí, es cierto, no me han sentado nada bien los comentarios de mi compañero. La verdad es que ni hoy ni nunca, porque siempre hace lo mismo, y siempre me sienta igual de mal.

–Esto te pasa por tener tantos agujeros en la coraza…

–¿Perdón?

–Sí, tienes la coraza llena de agujeros, y claro, todas las flechas te alcanzan en el pecho.

Antonio estaba alucinado. ¿De qué iba todo aquello? Picado por la curiosidad, le dijo:

–Pues tendrás que contármelo porque no me estoy enterando de nada.

–¿Versión corta o versión larga?

–Corta, me temo. Entro a trabajar en diez minutos…

–Verás, en el mundo en que vivimos, estamos expuestos a todo tipo de comentarios por parte de todo el mundo. El primero que pasa nos lanza una flecha, en forma de reproche, de comentario sarcástico, de opinión o incluso de insulto.

Es por esto que necesitamos construirnos una buena coraza que nos proporcione un espacio de protección personal. Con esta coraza nos protegemos de todas estas flechas.

Si la coraza está en buen estado, las flechas que nos lanzan nos llegan hasta ella, y allí se detienen. Esto quiere decir que lo que nos digan no nos impacta directamente y lo podemos escuchar –y valorar– sin dolor.

Pero cuando la coraza tiene agujeros, cuando está debilitada en algunas zonas, estamos expuestos a que esas flechas la traspasen y nos impacten directamente, haciéndonos daño. Esto significa que lo que nos dicen nos llega dentro e inevitablemente nos provoca dolor.

–…y crees que mi coraza tiene agujeros.

–Sí, pero no es que yo lo diga, es que me lo dices tú cuando me afirmas que te quedas dolorido cuando te dice estas cosas.

Antonio escuchaba a Max con atención. Algo le decía que todo aquello tenía sentido, pero no lo acababa de ver. Le preguntó:

–Max, ¿no es inevitable que te duela cuando alguien te dice algo malo?

–Depende.

–¿Depende de qué?

–De lo que tú pienses…

Max jugaba con Antonio. Notaba que le interesaba su tesis, y se permitía hacerle bailar un poco la cabeza. Tras un silencio, continuó:

–Vayamos a alguno de los ejemplos de tu compañero. Te ha dicho que eres un desastre y que no vas a cambiar nunca. Mi pregunta es: ¿Piensas eso de ti mismo?

–No, la verdad. Algunas cosas las puedo hacer mejor, pero no considero que sea un desastre. Y he cambiado muchas cosas en todo este tiempo.

–Pues esa flecha no te ha de doler.

–No lo veo tan claro… porque lo cierto es que me duele.

–Es su opinión, y sin duda tú sabes más de ti que él.

-¿Y si me equivoco en mi propio juicio?

-¿Y si es él el que se equivoca, y no te estás dando cuenta?

Antonio estaba aturdido. Aquello le resultaba demasiado chocante.

Resistir a las críticas

La seguridad como coraza

Resistir a las críticas

–Verás, Antonio, cuando nos dicen algo, no tiene por qué ser una verdad. Es la verdad del que nos lo dice. Y nosotros tenemos la nuestra. No tenemos por qué aceptarlo. La coraza nos para la flecha delante de nuestras narices y nos deja observarla.

Si llegamos a la conclusión de que lo que nos dicen es cierto, la flecha nos impactará. Y habrá algo de dolor, porque hay algo de razón en esa flecha. Pero si creemos que no es cierto… la flecha no va para nosotros. La coraza la para y caerá al suelo, sin hacernos ni un rasguño.

–Es una visión muy clara, pero difícil de llevar a la práctica.

–Solo si la coraza tiene agujeros...

Aquel comentario ya pasaba de la raya. Antonio, entre desesperado e inquieto, le soltó:

–¡Vale! Volvemos a la misma historia. Pues suéltalo ya: ¿Qué es esa famosa coraza que yo tengo tan maltrecha?

–Esa coraza tiene un nombre: autoestima.

Fue como una revelación. Antonio se quedó clavado. Tenía todo el sentido del mundo. En los últimos años cada vez creía menos en él y le afectaban más las opiniones de los demás. Cada vez tenía menos coraza, y más flechas le llegaban a impactar de forma directa.

Habían pasado los diez minutos, y además Antonio tenía la sensación de que ya estaba todo dicho. Lo que le quedaba era su trabajo personal para ir ganando autoestima y tapando agujeros de la coraza.

Agradecido, se dirigió a la caja con la intención de pagar su comida e invitar a Max, ya que sentía que le había sido de gran ayuda. Pidió la cuenta a Joaquín, el encargado del bar, y le pidió que añadiese la consumición de su acompañante.

Joaquín, entre divertido e intrigado, le preguntó:

–¿De quién me hablas? Llevas un buen rato solo en la barra…

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