Sin máscaras

No temas decepcionar: quítate los disfraces

No queremos defraudar a los demás y por esa razón nos comportamos muchas veces de una manera que no se corresponde con lo que de verdad somos.

Ferran Ramon-Cortés

Miedo a decepcionar

20 de marzo de 2018, 17:35 | Actualizado a

En una de las mesas de un pequeño restaurante de barrio, cuatro amigas cenaban juntas. Una de ellas, Carmen, les estaba proponiendo al resto realizar una gran fiesta para celebrar el ya cercano aniversario de todas ellas.

—¡Imaginaos! Todos nuestros amigos, desde el colegio hasta ahora. Un montón de gente, música en directo… ¡Será una pasada!

Mientras dos de las amigas se apuntaban entusiastas a la idea, otra de ellas, Ana, se limitaba a escuchar sin pronunciarse. Lo cierto es que le horrorizaban los grandes actos públicos, y ya había previsto hacer una celebración íntima con un pequeño grupo de amigos. En un momento dado, Carmen le preguntó:

—Ana, ¿tú qué dices? Te apuntas, espero...

Ana no sabía qué responder. Tras un silencio que se le hizo eterno, se oyó a sí misma decir:

—Claro, será fantástico.

Tras lo cual, y con la excusa de un mensaje que le había entrado en el móvil, salió un momento a la calle. Estaba tomándose un respiro y tratando de asimilar el compromiso que acababa de adquirir cuando escuchó una voz a su lado que le decía:

—Sospecho que no es precisamente el tipo de fiesta que planeabas…

Ana se quedó petrificada. A su lado, un entrañable hombre mayor la miraba con una sonrisa. Ana se preguntó: “¿Estaba pasando realmente aquello? ¿Acaso aquel hombre le leía la mente como en las películas?”. El hombre se apresuró a hablar:

—Me llamo Max, y he cenado en la mesa de vuestro lado. Me temo que estabas demasiado ofuscada para reparar en mí, pero yo he podido ver tu cara al aceptar la propuesta de la fiesta y sobre todo he captado el tono de tu voz al declarar que sería fantástica. Por eso sospecho que no te hace ni la más mínima gracia.

Ana se dio cuenta de que aquel hombre estaba dando en el clavo, así que se atrevió a confesarle la realidad.

—Soy Ana, y no, no me apetece en absoluto esta fiesta. Pero, como siempre, no he podido negarme. Algo dentro de mí no me ha dejado.

—¿Me cuentas más?

—Son mis amigas del colegio, y las quiero un montón. Pero ellas funcionan de una manera y yo de otra. A mí no me gustan las fiestas multitudinarias. Ni las salidas nocturnas. No me va todo eso. La fiesta que planean no era lo que quería ni lo que esperaba.

—¿Y por qué has dicho lo que has dicho?

—Porque, como siempre, no he querido defraudarlas.

—Como siempre, dices.

—Sí, porque siempre hago lo mismo.

—¿Y qué crees que pasaría si, como tú dices, las defraudases?

—Que probablemente las perdería.

Max esbozó una sonrisa. Aquella absurda creencia la hacia actuar así, y era tan solo eso: una creencia.

Pero tendría que explicárselo, y quizás una pequeña provocación le ayudase.

—¿Estás cómoda con la decisión tomada? –le preguntó Max.

—En absoluto. Ya me has visto la cara.

—Pues que sepas que así sí que realmente vas a perderlas.

Ana puso cara de no entender nada.

Max se explicó:

—Verás, Ana, con la intención de no defraudar a los demás decimos muchas cosas que no salen de nosotros. Que no son auténticas. Y esto sí pone en riesgo nuestras relaciones, mucho más que decir las cosas que de verdad pensamos. Porque acabamos aceptando compromisos incómodos o dando opiniones que no sentimos. Acabamos sintiéndonos mal, y queriendo renunciar a esas relaciones…

—Es lo que me pasa con ellas. Más de una vez me he planteado no venir a las cenas.

—Ahí lo tienes. Y si no eres tú la que huyes, serán los demás los que lo hagan cuando se descubra la verdad, porque se romperá en gran medida la confianza.

Max no estaba seguro de que la idea hubiera calado en ella, así que añadió:

—Ana, lo que estás haciendo con tus amigas –y probablemente con mucha gente de tu alrededor– es llevar una gran máscara, que no deja que te vean como eres. Tú piensas que a los demás les gusta tu máscara incluso más que tu verdadero rostro, pero las máscaras no nos gustan a nadie. Porque sabemos que son solo una farsa.

Ana ahora sí lo entendía perfectamente, y le disgustaba la idea de llevar una máscara. Al mismo tiempo se veía incapaz de cambiar de proceder. No sabía qué tenía que hacer.

—Vale, ¿y qué hago? ¿Cómo me saco la máscara si es lo que han visto de mí toda la vida?

—Da un cierto respeto, ¿no? Pues en el caso de hoy es bien simple.

Solo tienes que decir lo que piensas.

Dilo con cariño, con respeto a lo que ellas han elegido, pero con sinceridad. Es todo lo que necesitas para dejar caer tu máscara y descubrir tu verdadero rostro.

Max dejó pasar un generoso espacio de tiempo, tras el cual añadió:

—Solo las relaciones basadas en la autenticidad son duraderas en el tiempo. Las relaciones en las que yo no puedo ser yo son una tremenda carga, de la que tarde o temprano necesitaré desprenderme. Llevar siempre una máscara con los demás es un ejercicio mortalmente cansado y frustrante.

—Pero tengo miedo de que no les guste cómo soy, que no les guste mi rostro.

—¿Tiene para ti valor la amistad de alguien a quien no le gusta cómo eres?

—No, visto así… no lo puede tener.

—Pues es que no hay otra manera de verlo. Descubre tu verdadero rostro; deja que la gente lo perciba y lo aprecie. Y quienes no lo hagan no merecen ser tus compañeros de viaje.

Ana se quedó pensativa. Intentaba asimilar aquella valiosa lección. De repente le volvió a sonar el móvil. Le había entrado un mensaje de Carmen que decía: “¿Dónde te has metido?”. Tenía que volver, y tenía que volver con una decisión tomada.

Con determinación, le dijo a Max:

—¿Entramos?

—Adelante. Tú primero.

Llegó a la mesa, y tal y como se sentaba les dijo a sus amigas:

—Chicas, rectifico. Lo siento. Os quiero un montón y lo sabéis, pero esta fiesta –una fiesta que me encantará que organicéis y disfrutéis– no va conmigo.

Se hizo un denso y largo silencio, que Carmen rompió para decir:

—Lo entiendo perfectamente, Ana. Y te agradezco y me gusta que tengas la suficiente confianza para decírnoslo.

Y todavía añadió:

—Y perdona por no habernos dado cuenta.

Ana se giró para mirar a Max. Quería –aunque solo fuese con su sonrisa– mostrarle su agradecimiento. Pero la mesa contigua estaba vacía. Y no solo eso: estaba impoluta, con el servicio preparado. Le pareció imposible que alguien hubiera cenado allí esa noche.

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