Encuentros con Max

Perder y ganar amigos

A veces, la vida nos lleva por caminos muy distintos de los que siguen nuestras amistades. Aceptar esa distancia con naturalidad nos permite dar espacio a nuevas relaciones.

Ferrán Ramón-Cortés

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30 de octubre de 2018, 17:42 | Actualizado a

Julia se dirigía a la cafetería del hotel en el que se hospedaba para tomar el desayuno. Había tenido que viajar por motivos profesionales y se había quedado una noche más para poder cenar con unos antiguos amigos de la Universidad a los que no tenía muchas ocasiones de ver.

Habían compartido una agradable velada, pero lo cierto es que tenía un sabor agridulce de la noche. Le había gustado estar con ellos pero el encuentro le había sabido a poco.

La conversación había sido intrascendente, y se había quedado con la sensación de que vivían en mundos distintos.

Llegó a la cafetería, y lo primero que vio es que todas las mesas estaban llenas.

Tras recorrer la sala con la mirada vio una mesa de cuatro, solo ocupada por un hombre mayor que, consciente de que no había mesas libres, la invitó con un gesto a sentarse. Ella, viendo el aspecto bonachón del hombre, aceptó.

Nada más sentarse, el hombre le preguntó:
—¿Muchos días fuera de casa?
—Solo una noche. Ayer vine por trabajo y me quedé para cenar con unos viejos amigos…
—… que quizás ya no son lo que eran.

—¿Perdón?
—Disculpa, es que por tu forma de contarlo me da la impresión de que hubo algo que no funcionó como esperabas.

Julia no sabia cómo reaccionar. Por un lado sabia que el hombre tenia razón, pero por otro no estaba segura de querer sincerarse con un completo desconocido. Tras dudarlo unos instantes, optó por confiar en él.

—Sí, estoy algo desconcertada por cómo fue la velada. Por cierto, mi nombre es Julia.
—Yo Max, y me encantará que me lo cuentes.

—Verás, son buenos amigos de la época de la Universidad. Y los aprecio. Pero ayer, tras hablar de banalidades, enseguida sentí que estábamos en mundos distintos. Me contaban historias de viajes que no me interesaban para nada, y creo que se aburrieron con lo que yo les conté de mi trabajo. Al hablar de cosas de la vida me di cuenta de que ya no pensaban igual que yo; vi claramente que nuestros valores son ahora muy distintos.

—Y te sabe mal.
—Claro, me entristece la sensación de poder perder a unos amigos.
—Perder amigos, aunque te resulte extraño, no tiene por qué ser un problema. El problema sería no ganar nuevos.

La construcción de amistades es constante y dura toda la vida.

—Pero ¿por qué tengo que perderlos?
—No tienes que perderlos, pero puede que los pierdas. Y si ocurre, será de forma natural, será simplemente porque vuestros caminos han tomado direcciones distintas.

—¡Pues vaya pereza tener que ganar nuevos!
—Para ganar nuevos no tienes que hacer mucho, solo estar bien atenta a las personas que la vida te brinda. Esto no es como en la Universidad; ahora tienes mucha más experiencia e intuición, y enseguida puedes saber si con alguien encajarás o no…

Las amistades vienen y van y es bueno que así sea.

—¡Pero pensando así siento que traiciono a mis amigos!
—La alternativa es traicionarte a ti misma.

Max dejó que sus palabras impactasen en Julia. Tras unos instantes, intentó explicarse con más claridad para no desconcertarla más:

En la vida tenemos amigos incondicionales, sin duda. Los tenemos porque algo muy fuerte nos une a ellos, y estos amigos son generalmente para siempre. Pero tenemos muchos otros con los que congeniamos en una determinada época y dejamos de hacerlo en otra. Es bueno que los dejemos entrar en nuestras vidas y que los dejemos también salir, porque las relaciones tienen su recorrido y forzarlas no tiene sentido.

Los amigos de cada momento no lo son por la historia común o por compromiso: han de ser verdaderos amigos.

—Pero ¿por qué dejamos de congeniar? Tú lo ves muy claro, pero yo no lo entiendo.
En todas nuestras vidas hay cambios: de prioridades, de intereses, incluso de valores; y en esos cambios, algunos amigos pueden dejar de encajar. Es algo que ocurre, que también les ocurre a ellos, y que tenemos que vivir con naturalidad, sin culpa ni sufrimiento.

—Pero ¿sabes? No sé si estoy preparada para perder demasiadas amistades, porque en el fondo me aterra quedarme sola…
—Y de nuevo, el problema será si no haces nuevos amigos.
—Pero no es tan fácil: con la edad estamos menos receptivos.
—Eso es lo que pensamos: tenemos la idea de que construimos las amistades de jóvenes, nos dedicamos a mantenerlas y tenemos finalmente que intentar no perder demasiadas. Pero en la realidad no funciona así: la construcción de amistades es constante y dura toda la vida.

Nunca tenemos que dejar de explorar nuevas amistades.

—¿Y los que ya no encajan? ¿Nos los quitamos de encima? Me suena tan mal…
—No, no hay que hacer nada especial. Se trata de dejar esas amistades en suspenso. A veces te reencuentras y es fantástico. A veces hay una segunda oportunidad para esa amistad.

Julia reflexionaba sobre aquellas ideas. Reconocía que tenían todo el sentido del mundo, pero al mismo tiempo se le hacía extraño pensar en dejar una amistad.

Max lo intuyó rápidamente y se apresuró a añadir:
Lo mejor que se puede hacer con una vieja amistad es agradecer los años vividos juntos, y guardar el buen recuerdo. Porque sin duda forma parte de nuestra vida. Y no hay nada que impida que un día vuelva.

Julia miraba a Max con atención. Sí, estaba agradecida, y mucho, a la amistad de sus compañeros de Universidad pero se daba perfecta cuenta de que no era una amistad viva ahora.

Siempre estarían en su corazón pero no necesariamente en su agenda en estos momentos.

Se fue a por unas tostadas. Qué privilegio estaba siendo aquella conversación. Tenía la prueba de que podía vivir en cualquier momento una nueva amistad también. Sin embargo, al volver a la mesa, se la encontró vacía y limpia, con un servicio intacto. Como si nunca nadie la hubiera ocupado. Como si hubiera estado hablando consigo misma.

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