Encuentros con Max

¿Sin tiempo para nadie? Prioriza tus relaciones

No podemos mantener una relación enriquecedora con todo el mundo. ¿Como elegir las amistades que nos compensa cuidar y mantener?

Ferrán Ramón-Cortés

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16 de octubre de 2018, 18:07 | Actualizado a

El avión iba completamente lleno. En la penúltima fila, una atareada Isabel, móvil en mano, iba contestando frenéticamente un mensaje tras otro, a pesar de que sabía que no los podría enviar hasta llegar al aeropuerto. A su lado, un hombre mayor la observaba por el rabillo del ojo. Isabel, absorta en su tarea, no paraba de teclear en su móvil.

Al llegar al aeropuerto, se encontraron con una larga cola para tomar un taxi. A Isabel le sonó el teléfono.

—¿Sí?

—…

—Me encantaría ir, pero he quedado.

—…

—Sí, lo sé. Estoy fallando mucho, pero es que tengo muchos compromisos.

El hombre mayor la miraba con interés. Llegó un taxi e Isabel, que seguía hablando, le indicó con un gesto que lo tomara él. El hombre se atrevió a sugerirle:

—Voy al centro. ¿Lo tomamos juntos?

Isabel sonrió y subió. Cuando por fin colgó, el hombre se presentó:

—Me llamo Max y, por lo que he visto, creo que estoy ante alguien con una vida social trepidante.

Con un audible suspiro, Isabel respondió:

—Soy Isabel, y no te creas. Sí, tengo muchos compromisos y quedo con mucha gente, pero no quedo con la gente que me gustaría. Precisamente acabo de rechazar una invitación que me apetecía muchísimo.

—¿Hora de vaciar el armario?

—¿Perdón?

Max se apresuró a explicarse:

Cuando el armario de la ropa se desborda, toca ordenar: desprenderse de la que ya no nos sirve, hacer sitio para la nueva que necesitamos, y cuidar con esmero la que más nos gusta y queremos para que no se nos estropee. Pues lo mismo ocurre con nuestras relaciones. Cuando nos desbordan, tenemos que ordenarlas: desprendernos de las que no nos aportan nada, buscar las que necesitamos y no tenemos y –sobre todo– cuidar las que más nos gustan y queremos para no perderlas.

Isabel miraba a Max con cara de sorpresa. Aquella lógica le estaba gustando. Max le preguntó:

Mira tu agenda. Revisa los dos últimos meses. ¿Con quién te has visto que realmente quisieras?

Isabel lo hizo, y lo que encontró no le gustó nada. Ni una cena con amigos. Ni un simple café. Solo un encuentro fugaz con una ex compañera que había llegado a la ciudad.

Max lo intuía y no necesitaba que se lo confirmase. Siguió su discurso:

—Isabel, nuestras relaciones son nuestra vida. Son las responsables en gran medida de nuestra felicidad y de nuestro bienestar. Pero en un mundo tan conectado como el que vivimos, tenemos que ordenarlas con cuidado. Y tomar algunas decisiones.

—¿Como cuáles?

—Como dejar algunas de lado. Dejar de dedicar tiempo a relaciones que no nos aportan nada, para dedicarlo a las que sí nos aportan.

Isabel cambió el semblante. No se sentia nada cómoda con la idea de dejar algunas relaciones. ¿Y si en algún momento las echaba en falta? Cuantas más relaciones, mejor, pensaba.

Max, como si le leyera el pensamiento, le dijo.

—Isabel, probablemente piensas que puedes relacionarte con cientos de personas, que es lo que a tu manera estás haciendo. Pero eso es falso. Estás conectada con cientos de personas, o con miles si lo prefieres. Pero eso no son relaciones, son contactos. Y a base de dedicar tiempo y energía a tus contactos, te vas a perder tus relaciones.

Isabel protestó:

—Pero a algunas personas las quiero mucho. No las voy a dejar así como así.

—Si han de volver, volverán; y si vuestra historia es bonita, cuando vuelvan lo harán con fuerza. Pero hoy no las puedes manejar todas.

—¿Y cómo decido qué relaciones cuido y qué relaciones dejo?

—Muy sencillo: haz la prueba de la cena.

Isabel volvió a quedarse perpleja. Max disfrutaba de la escena. Enseguida se explicó:

—Isabel, imagina que organizas una gran cena. ¿A quién invitarías seguro? ¿De quién dudarías? ¿A quién dejarías fuera sin contemplaciones? Si eres capaz de hacer la lista, estás siendo capaz de decidir qué relaciones son las que de verdad te importan.

—¿Así de sencillo?

—Y de complicado. Porque en una cena caben los que caben, que no son todos.

—Pero incluso así, si pienso en esa cena, hay compromisos que sentiré que los tengo que invitar, porque si no quedaría fatal…

—Sí, y si lo haces estarás ocupando un cubierto y dejando fuera a alguien que te apetece de verdad. Es tu cena, es para que la disfrutes. No dejes que se te cuelen compromisos.

Isabel se estaba divirtiendo. En su mente visualizaba una gran mesa y empezaba a poner caras a sus invitados. De repente le dijo:

—¿Y qué pasa con los familiares? Ahí sí que no tengo escapatoria…

—En esa cena han de estar los que te llenan, no los que les toca estar. Independientemente de su etiqueta. A un familiar no lo vas a echar de tu vida, pero puedes decidir qué relación quieres con ella o él. No necesariamente ha de ser un invitado a tu cena…

—Y al final, ¿cuántos invitados puedo tener?

—Tú verás… pero si no tienes tiempo de dirigirles la palabra en toda la noche, no se sentirán tus invitados. Podemos mantener el número de relaciones que podemos cuidar. De forma activa y realista. Haciendo cosas y manteniendo la relación viva. Si no es así, vale más reducir la lista.

"Podemos mantener el número de relaciones que podemos cuidar. De forma activa y realista"

Isabel empezaba a verlo claro. Y al repasar mentalmente la vida que llevaba se daba cuenta de que el orden era urgente. Se determinó a actuar y en medio de esa reflexión, oyó la voz de Max que, como si le leyera de nuevo el pensamiento, decía:

—Y al cuidar las relaciones, pon atención: porque pensar en hacer algo no es lo mismo que hacerlo. En las relaciones no vale pensar en quedar. Hay que quedar.

Llegaron al centro. El taxi paró e Isabel se bajó. Se entretuvo unos instantes para coger su maleta del maletero y, al levantar la mirada, no pudo ver ni rastro de Max. Se había esfumado. Preguntó por él al taxista, que la miró con cara extrañada. Claramente no sabía de quién le hablaba.

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