Comunicación sincera

Saber escuchar, de verdad

Parece sencillo pero escuchar también significa aparcar todos nuestros pensamientos y prejuicios. Significa escuchar mucho más allá de las palabras.

Ferran Ramon-Cortés

saber escuchar

27 de julio de 2017, 10:27 | Actualizado a

Max lo tenía todo cuidadosamente preparado para recibir a sus amigos. Había citado a Marta, Alberto y Clara, las tres personas con las que había mantenido una relación más estrecha en los últimos años.

Era una cita muy especial, porque, aunque ellos no lo sabían, se trataba de una despedida. Una gran maleta aguardaba en su habitación, preparada para su partida al día siguiente.

Marta y Alberto fueron los primeros en llegar. Venían de la ciudad y se preguntaban el porqué de aquella misteriosa cita que habían recibido aquella misma mañana. Tampoco Clara, que llegó a los pocos minutos desde el pueblo, tenía ni la más remota idea del motivo de aquel inesperado encuentro.

Nada más entrar en la casa, Marta detectó una mirada extraña en Max. Su sonrisa estaba impregnada de nostalgia, y tenía un brillo especial en los ojos. Aquella expresión le hizo sospechar que algo importante pasaba. Incapaz de esperar a que decidiera revelarles el motivo de la cena, le preguntó:

–Max, ¿qué te traes entre manos?

Tras unos instantes de duda, Max decidió no prolongar la incertidumbre y, con voz serena, anunció:

–Veréis, os he citado a vosotros tres porque durante estos cinco años, y por distintos motivos, he mantenido con cada uno de vosotros una relación muy especial. Y quería que estuvierais a mi lado en mi noche de despedida.

Marta, Alberto y Clara se quedaron de piedra. Sus caras reflejaban una mezcla de incredulidad y angustia. Clara logró articular las primeras palabras:

–¿Despedida?

–Sí, así es. Me voy mañana. Dejo mi refugio y me voy a pasar una larga temporada fuera.

–¿Fuera? ¿Dónde? –preguntó Marta con la esperanza de que su viejo amigo no marchara muy lejos.

–A Inglaterra. La universidad me ha invitado. De hecho, me han ofrecido volver a ejercer de profesor. El compromiso es por un mínimo de dos años...

–Inglaterra... –suspiró Alberto.

No sabían qué decir. Se alegraban por Max, por supuesto. Era una magnífica oportunidad y sabían que la disfrutaría. Pero sentían un profundo vértigo. Se habían acostumbrado a tenerlo cerca y disponible en todo momento, y, de repente, Max se marchaba. Marta rompió el tenso silencio:

–Max, te echaremos de menos.

–Lo sé, y me halaga que me lo digas. Yo también os añoraré. Pero siento que es mi último tren y que aún tengo la energía para cogerlo.

Se sentaron a cenar, aunque la noticia los había dejado sin apetito. Pero en seguida lograron recuperar el ánimo cuando empezaron a rememorar los episodios vividos en los últimos cinco años: desde aquel impulsivo primer viaje de Marta, que se presentó en casa de Max sin avisar tras años de silencio, hasta los desayunos de los viernes con Clara, pasando por ese día en que Alberto vio a Max dando una conferencia con el jersey que le habían regalado y del cual no les había dado las gracias...

A su lado habían aprendido a comunicarse y a comprenderse ellos mismos mejor, pero sentían que les quedaba aún muchísimo por aprender. Al final de la cena, Clara tomó la palabra:

–Max, has sido un maestro extraordinario. Yo personalmente he aprendido muchos de los secretos de la comunicación, pero si te soy sincera, me quedo con las ganas de descubrir muchas de las habilidades necesarias para construir buenas relaciones con los demás. Siento que ahora me tocará aprender sola, y no estoy segura de ser capaz de hacerlo...

–Yo también tengo esta sensación –dijo Alberto, viendo cómo Marta se añadía al grupo moviendo afirmativamente la cabeza.

Max se apresuró a tranquilizarlos:

–Os conozco y sé que podéis continuar el camino solos. Pero como no quiero perder el contacto con vosotros, me permitiré guiaros, aunque tendréis que descubrir el camino por vosotros mismos.

Empezaba a salir a la luz el Max de siempre, con sus pequeños juegos para hacer que los demás descubran las cosas sin consejos ni grandes lecciones.

–¿Y cómo nos guiarás? –le preguntó Clara.

–Veréis, hay unas habilidades básicas que os animo a desarrollar para construir buenas relaciones. Deberéis descubrirlas, reflexionar sobre ellas y determinar hasta qué punto las ponéis en práctica. Una vez integradas, vuestras relaciones crecerán sin límites.

–¿Y cómo las descubriremos?

–No os preocupéis por eso ahora. Os garantizo que tendréis pronto noticias mías...

El resto de la velada pasó entre las risas y la nostalgia. Cuando Marta, Alberto y Clara decidieron marcharse, la despedida fue, esta vez sí, muy intensa. Iba a pasar mucho tiempo antes de poder verse de nuevo, y ninguna comunicación por correo o por teléfono podría sustituir la intensidad de aquellos encuentros o la ternura de aquel último abrazo.

Habían pasado ya dos semanas desde la marcha de Max y los tres amigos habían vuelto inevitablemente a sus rutinas diarias. Por eso, Clara tuvo una gran alegría al ver que tenía un correo de Max. Lo abrió inmediatamente y, para su sorpresa, solo contenía una enigmática frase:

“Sé que crees entender lo que piensas que yo dije. Pero lo que tu oíste no era lo que yo quería decir”.

¿Qué significaba aquel mensaje? Clara estaba desconcertada, pero no tardó en atar cabos y en recordar que Max los había animado a descubrir las principales habilidades para construir relaciones y les había asegurado que estaría con ellos en el proceso.

Aquella debía de ser, sin duda, la primera pista para descubrir la primera habilidad.

Releyó la frase varias veces. Tuvo la tentación de llamar a Marta para pedirle ayuda, pero se dio cuenta de que Max había enviado el mensaje solo a ella, con lo que se sentía en la obligación de resolver el enigma antes de compartirlo con sus amigos.

Tras una larga reflexión, se dio cuenta de que aquellas palabras no le eran en absoluto ajenas. Se las podrían haber dicho tras cualquiera de sus conversaciones con la familia, los amigos u otras personas de su entorno. De repente, lo vio claro:

Max volvía a la carga con el gran caballo de batalla de Clara, la escucha. La verdadera escucha. Aquella tenía que ser sin duda la respuesta.

A Clara le costaba mucho escuchar. Y esto la convertía en una mala compañera de viaje para los demás. Le ponía voluntad y la mejor de las intenciones, pero no escuchaba de verdad.

En primer lugar, porque se quedaba siempre con las primeras impresiones: no escuchaba lo que la gente le decía sino lo que ella pensaba que le dirían a tenor de las primeras palabras. Incluso reconocía que, con determinadas personas, los prejuicios la llevaban a formarse una idea totalmente equivocada de lo que le fueran a decir.

Reconocía que su falta de paciencia le perjudicaba en la escucha: se acogía a las primeras palabras para preparar ya su respuesta, y así ganar tiempo. La mayoría de las veces, esta respuesta poco tenía que ver con el verdadero problema de la persona que tenía delante.

Y también sabía que, en última instancia, había un motivo muy íntimo y personal que le impedía escuchar de verdad al otro: el miedo. Tenía miedo a asumir las consecuencias de lo que podía escuchar, por lo que prefería tomar la palabra y no soltarla.

Por todo ello, y como decía la frase de Max, el otro sentía que Clara no había oído lo que le había querido decir.

A menudo, cuando Clara debía escuchar, no dejaba de pensar en sus cosas, de responder al teléfono en plena conversación con otro o de mirar de reojo los mensajes en su teléfono. Aquella no era una forma de transmitir a su interlocutor que estaba dispuesta a escucharle de verdad.

Sintiendo el peso de la evidencia, se dedicó a hacer una lista de lo que se proponía hacer en pro de la verdadera escucha. La lista incluía cosas como:

  • Aparcar su vida personal y sus pensamientos para centrar toda su energía en el otro.
  • Adoptar una postura de escucha activa.
  • Dejar que el otro hable lo suficiente para descubrir de verdad lo que le ocurre.
  • Observar el tono de voz y descubrir el sentimiento detrás de las palabras.
  • Escuchar con los ojos y detectar todo lo que las palabras no pueden explicar.
  • Dejar espacio y tiempo para que el otro se exprese en la totalidad.

Aquella noche, tras haber reflexionado profundamente sobre el tema, envió un escueto mensaje a Max, mandando una copia a Alberto y Marta. Decía:

“Querido maestro, para oír lo que de verdad querías decir, necesito, ante todo, tener la habilidad de escuchar. Escuchar lo que me dices y, sobre todo, lo que no me dices. Esta debe ser, sin duda, nuestra primera habilidad”.

Los tres amigos no tardaron en recibir la confirmación de Max:

“Nada se aprende hablando, y sí, en cambio, escuchando. Escuchar es la primera gran habilidad para construir una buena relación. Escuchar con los ojos, aparcando el ruido interior y existiendo solamente para el otro. Dice la sabiduría popular que, si Dios nos hizo con dos orejas y una boca, es porque quería que escuchásemos el doble de lo que hablamos, cosa que desde hoy os animo a hacer”.

El mensaje incluía una posdata, en la que el viejo profesor ironizaba sobre su llegada a Inglaterra:

“Mi aterrizaje está siendo todo un reto. Las cosas han cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí. Me esfuerzo en escuchar, pero, con mi oxidado inglés, mi verdadero problema es entender...”

Artículos relacionados