Evitar malentendidos

Ser claros con lo que decimos

Max nos cuenta el mejor antídoto contra los malentendidos: usar las palabras justas, ser absolutamente sinceros y no dejar lagunas

Ferran Ramon-Cortés

ser claros

28 de julio de 2017, 14:55 | Actualizado a

Hacía ya tres largos meses que Max se había ido a vivir a Inglaterra y, en su ausencia, Marta y Alberto no habían tenido ocasión de verse cara a cara con Clara. Así que decidieron ir a visitarla al pueblo. Quedaron para cenar en el bar de José, escenario habitual de sus encuentros con Max. Llegaron puntualmente al bar, donde Clara ya los esperaba y José les tenía preparada su mesa de siempre.

Los tres amigos charlaron animadamente durante toda la cena. Hablaron de sus vidas, de sus proyectos, y aprovecharon también para rememorar el reto que Max les había lanzado antes de marcharse y que mantenía vivo a base de enigmas. Se preguntaban quién sería el destinatario del siguiente y cuándo llegaría.

Estaban ya tomando el café cuando a Alberto le sonó el móvil: había recibido un mensaje. Mientras lo buscaba en el bolsillo de la chaqueta, el de Marta también emitió el sonido de entrada de mensajes. Y lo mismo ocurrió con el de Clara, de forma prácticamente simultánea. Los tres recibieron el mismo mensaje. Era de Max, y decía:

“El agua que nace turbia en la fuente llega turbia al lago”

Max les hacía llegar el enigma, y los había pillado juntos. ¿Se trataba de una pura casualidad? Así tenía que ser, sin duda, pero Max parecía tener un sexto sentido para saber cuándo y cómo hacer las cosas.

El enigma de Max abrió un animado diálogo entre los tres, que subía de tono por la pasión, y al que José aguzaba el oído desde la barra. Estaban decididos a resolverlo aquella noche, porque lo que estaba claro es que, si todos habían recibido simultáneamente el mensaje, es que Max creía que esa habilidad comunicativa debían trabajarla juntos.

No tardaron mucho en intuir el significado del enigma, pero se originó un encendido debate sobre en qué punto fallaban y por qué. Marta había sido la primera en intervenir:

–En mi caso, creo que lo que enturbia mi mensaje es que no soy capaz de decir las cosas con pocas palabras. Me enrollo, me repito; es como si nunca estuviera segura de que los demás me han entendido bien, como si... Bueno, exactamente como estoy haciendo ahora.

Clara, tras confirmar lo que decía, intervino para salir a su rescate:

–A mí, en cambio, lo que me ocurre es que no lo digo todo. Dejo lagunas, agujeros que la gente rellena con especulaciones o incluso invenciones. Esto genera mucha confusión.

–¿Y de mí, qué pensáis? –preguntó Alberto.

–Tú... nunca te mojas –dijo Marta–. Ahora mismo lo acabas de demostrar. Ocultas tus pensamientos y, a menudo, como no sabemos qué piensas, se generan malentendidos...

Estuvieron un buen rato identificando cómo cada uno de ellos generaba “agua turbia” en su comunicación y viendo cómo esta, como no podía ser de otra forma, llegaba a su destino también turbia. De repente surgió un tema común que centró la discusión:

–¿Y las cosas que pensamos pero no decimos también son “agua turbia”? ¿Es bueno o malo callarse las cosas que uno piensa?

Marta tomó la palabra para recordar lo que Max les había dicho en tantas ocasiones:

–Ya sabéis que es distinto callar por no herir al otro que callar por miedo, o callar por no querer decir la verdad. El límite estará en si lo que tenemos que decir puede ser recibido por el otro de forma constructiva, sin que se sienta herido; es decir, el límite está en ver si nuestras palabras le ayudarán o no.

Alberto mostraba una expresión dudosa; en cambio, Clara se apuntó a la tesis de Marta:

–Ciertamente. ¿Qué virtud hay en herir o en querer ser “demasiado claro” a costa del otro? Hay gente que es demasiado clara simplemente para descargarse, para “soltar lo que lleva dentro”, no porque piense que su claridad va a ayudar al otro.

El debate duró un buen rato. Y hasta que no vieron a José levantando las sillas de las mesas contiguas, no repararon en la hora. Alberto, en nombre de los tres, escribió con celeridad un mensaje a Max:

“Querido Max, la habilidad para comunicarnos eficazmente y construir relaciones fuertes es ser claros con lo que decimos. Ser claros significa no utilizar más palabras –ni menos– de las necesarias y no dejar lagunas en nuestro relato. Pero también pensamos que ser demasiado claros puede, alguna vez, darnos algún disgusto. Esperamos ansiosos tu punto de vista al respecto”.

Al día siguiente, Max envió a los tres amigos su mensaje de confirmación:

“En efecto, la claridad es una habilidad comunicativa esencial.

Cuando utilizamos demasiadas palabras para explicar algo, en el fondo lo que hacemos es desconfiar de que el otro lo entienda.

Cuando nos callamos lo que pensamos, damos pie a la imaginción, casi siempre en nuestro propio perjuicio.

Cuando ocultamos nuestros verdaderos pensamientos, dejamos a los demás la tarea de interpretar nuestras intenciones, y el resultado es siempre un malentendido.

Os animo a ser claros en la comunicación. Cuanto más digáis, menos posibilidades habrá de que la desinformación impulse al otro a ‘llenar los agujeros’.

Y en cuanto a si nos debemos callar o no algunas cosas para no herir a los otros, dejadme que la respuesta os la dé un famoso novelista, André Maurois:

"Ser sincero no consiste en decir todo lo que pensamos, sino en no decir nunca lo contrario a lo que pensamos”.

José, el propietario del bar, recibía también un mensaje de Max. Decía: “Gracias, José, por avisarme de que tenía a mis amigos reunidos. Me fue muy útil tu aviso”

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