Encuentros con Max

La solución a los conflictos está dentro de ti

Muchas veces al intentar resolver un conflicto con alguien se acaba agravando. Posiblemente es porque queremos convencer al otro, más que comprenderle.

Ferrán Ramón-Cortés

solucionar conflictos dentro de uno mismo

27 de noviembre de 2018, 16:37 | Actualizado a

Álex salió a la terraza de sus oficinas. Necesitaba respirar, ya que se sentía confundido por el episodio que acababa de vivir.

Había quedado con Juanjo para hablar de un conflicto que se había creado entre ellos a raíz de una tensa reunión, y a pesar de que iba absolutamente determinado a tener una actitud conciliadora, la conversación había derivado enseguida a una agria discusión. Habían terminado levantándose la voz el uno al otro de nuevo y, lógicamente, no habían sido capaces de resolver nada.

No lograba entender por qué había sucedido, ya que se había propuesto que ocurriera todo lo contrario.

Con la mirada perdida, intentaba reproducir el encuentro en su mente, en busca de alguna pista que le ayudara a comprender aquel nuevo encontronazo, cuando de pronto reparó en un hombre mayor que, plantado ante él, lo miraba sin disimulo. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre le preguntó:
—Sospecho que algo no anda bien…

Álex intentó identificarlo. No creía haberlo visto antes y, en cualquier caso, no le venía a la cabeza quién era. Sin embargo, aquel era un espacio privado, así que alguna relación debía de tener con la empresa. Renunciando a reconocerlo, pero sintiendo la confianza que le transmitía su limpia mirada, se sinceró con él:
—Sí, es cierto: acabo de intentar solventar un conflicto con un compañero, y me temo que lo único que hemos logrado es hacerlo todavía más grande.
Quizá fuiste a ese encuentro sin haber resuelto antes el conflicto dentro de ti…

Álex lo miró sin comprenderlo. Sin embargo, algo en aquella afirmación le llamaba mucho la atención, así que se lanzó a dialogar con aquel extraño.
—Me llamo Álex, y necesito que me lo cuente.
—Mi nombre es Max, y para contártelo necesito hacerte primero una pregunta: ¿Qué es lo que sentías cuando fuiste a hablar con tu compañero?
—La urgencia y las ganas de resolver nuestro problema.
—No lo dudo. Pero qué sentías respecto a él.
—Nada, estaba tranquilo.
—¿Seguro?
Álex se tomó unos largos segundos para reflexionar.

“Se trata de comprender qué hubo en sus palabras que también me hicieron reaccionar."

Se dio cuenta de que eso era más lo que le hubiera gustado sentir que lo que sentía en realidad. Finalmente, y mirando al suelo, se decidió a decir:

—Creo que no es del todo cierto. Si soy sincero conmigo mismo, en realidad lo que sentía era enfado, porque en el fondo me parece muy injusto cómo me trató en su momento…
—Y ese enfado encontró la manera de hacerse presente en vuestra conversación.
—¿A qué se refiere?
—Verás, Álex, comunicamos lo que sentimos, siempre y en todo momento, porque es algo que no podemos esconder. Digamos lo que digamos, nuestro cerebro encuentra el camino para expresar la emoción que tenemos dentro. Si estamos tristes, nuestros ojos lo mostrarán. Si estamos alegres, nuestra sonrisa lo delatará. Si estamos nerviosos, nuestros gestos lo evidenciarán, y si estamos enfadados… nuestro tono de voz nos traicionará.
—Veo que lo tiene muy claro…
—… sin duda. Desde la razón podemos decidir qué decimos, pero el cómo procede directamente de nuestras emociones.

Max dejó que Álex interiorizase su mensaje. Éste no tardó en preguntarle:
—¿Y qué debería haber hecho entonces? ¿No hablar con él y dejar el conflicto en el aire? Tampoco nos hubiera resuelto nada…
—Permíteme que te responda volviendo al punto de inicio: probablemente lo que más te hubiera ayudado es no hablar con él antes de haber resuelto tú, en tu interior, ese conflicto.

Álex recibió con impotencia aquellas palabras, porque constituían una gran teoría, pero no veía cómo podía ponerla en práctica. Con evidente nerviosismo, y una cierta ironía, se atrevió a preguntarle a Max:
—¿Y cómo se hace esto? ¿Tengo que discutir conmigo mismo?

Max lo miró con simpatía, y sin prestar atención a su ironía le dijo:
—Resolver un conflicto dentro de uno significa intentar comprender al otro, hasta poderlo revivir con serenidad.
—O sea… ¿darle la razón?
—No, no hablamos de razones, porque no las hay en casi ningún conflicto.

Se trata sencillamente de comprender los motivos por los que el otro puede haber tenido una determinada reacción, y no menos importante, comprender qué hubo en sus palabras que también a mí me hicieron reaccionar.

—¿Y de verdad eso es posible?
—Sí, lo es, siempre que tengamos una sincera intención de comprender al otro, en vez de la habitual necesidad de culpar.

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Álex empezaba a encajar algunas piezas, y se daba perfecta cuenta de que ciertamente, al preparar su conversación con Juanjo, no había hecho más que intentarse cargar de argumentos para defender su razón.

Max lo intuyó, y le propuso un pequeño ejercicio:
—Álex, te propongo un pequeño ejercicio: tómate unos minutos y mira el conflicto con tu compañero. Pero esta vez hazlo mirándolo desde fuera, como si se tratara de una película. Mírate a ti y a tu compañero como estáis discutiendo, y con esa mirada externa trata de comprender a ambos protagonistas.

Álex se puso a ello, y pasaron unos minutos en los que Max esperaba, pacientemente, la respuesta a su propuesta.
—Realmente veo las cosas distintas. Empiezo a comprender algunas cosas más de lo que ocurrió, y creo que ahora sí puedo decir, honestamente, que no estoy enfadado con mi compañero.
—Pues ese sería el buen momento para hablar con él, porque desde este estado emocional tus sentimientos no te jugarán una mala pasada.

Álex reflexionó unos instantes, y dijo:
—Max, es realmente muy curioso, pero cuando pienso en hablar con él ahora me ocurre una cosa y es que ya no siento la necesidad de hacerlo.
—Esta es la gran magia de resolver los conflictos dentro de nosotros: que cuando somos capaces de hacerlo, a menudo ya no necesitamos resolverlos con el otro.

Álex, mirando al infinito, saboreó estas últimas palabras de Max. ¡Qué gran verdad! ¡Cuántos conflictos seguro que eran ciertamente solo suyos! Aquella conversación le había sido de una gran ayuda.

Decidió entonces que era hora de saber de dónde salía ese tal Max, y qué vínculo tenía o había tenido con la empresa. Se giró para dirigirse a él pero para su sorpresa se encontró completamente solo en la terraza. Lo buscó con la mirada y buscó también alguna puerta de salida que no supo llegar a ver, y se quedó con la extraña sensación de haber vivido un espejismo.

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