Encuentros con Max

Tampoco nos conocemos tanto

En las relaciones, cuando hay un gran desequilibrio entre la velocidad de uno y la velocidad de otro, la reacción que podemos esperar es de huida.

Ferran Ramon-Cortés

intimidad inicio relacion

6 de septiembre de 2018, 15:23 | Actualizado a

Miguel tenía una cita. Sentado en la terraza de un pequeño restaurante, esperaba a Andrea, a quien había conocido unas semanas atrás en una cena, y con quien había coincidido en un par de salidas en grupo.

Andrea llegó, se saludaron y, tras pedir la comida, Miguel empezó a hablar, contándole diferentes episodios de su vida. Le habló de los problemas con su jefe, de las relaciones con sus hermanos, de la dependencia que tenía su padre de él y también de cómo había terminado su última relación de pareja, que había sido muy frustrante para él.

Andrea le escuchaba con discreción y sin añadir mucho al diálogo. En las ocasiones en las que Miguel se dirigía directamente a ella con alguna pregunta, le contestaba con una escueta respuesta, sin mojarse demasiado.

En estas circunstancias, Miguel acabó monopolizando casi por completo el diálogo, hasta que Andrea, con el postre recién terminado, le anunció de forma precipitada que tenía que marcharse y se levantó. Miguel le propuso quedar aquel viernes, cita que ella esquivó diciéndole que lo tenía mal, que tenía un compromiso familiar.

En un instante, Miguel se quedó solo en la mesa al tiempo que un camarero se acercaba para preguntarle:

—¿Tomará café?

—Mmmm, no sé. No me apetece tomarlo solo.

Desde la mesa contigua, una voz añadió:

—Yo estaré encantado de acompañarte... si quieres.

Miguel se giró para ver de quién procedía la oferta, y pudo ver a un entrañable hombre mayor, que rondaría los ochenta años, con una mirada viva y limpia. Aún desconcertado por la súbita marcha de Andrea, aceptó la oferta, y el hombre se desplazó hasta su mesa.

—Soy Miguel, y si llevas un rato ahí habrás visto que mi pareja casi ha huido...

—Mi nombre es Max –le dijo– y sí, lo he visto. Y tengo que decirte, si me lo permites, que no ha sido una sorpresa para mí.

—Pues para mí sí lo ha sido, y me encantará que me ilumines al respecto.

Max lo miró directamente a los ojos y, midiendo cada palabra, le dijo:

—Creo que simplemente la has desbordado.

Miguel se defendió instintivamente:

—Pero es que no soltaba prenda. Si no hubiera hablado yo, habríamos estado en completo silencio toda la cena...

—Puede que tengas razón, pero es que yo no me refiero tanto al tiempo que has hablado como a la profundidad de lo que le has contado.

—No te sigo...

—Corrígeme si no es cierto, ya que solo puedo referirte algunos fragmentos de conversación que me llegaban, pero creo que le has estado hablando de cosas bastante íntimas, sin que ella te correspondiese en ningún momento.

—Sí, es bastante cierto. Pero no veo dónde está el problema si lo que pretendía era empezar una relación con ella.

En este punto, Max hizo una pausa para tomar un sorbo de su café y le dijo:

—Verás, Miguel, la construcción de una relación es como recorrer un sendero de la mano. Si uno corre demasiado, el otro se sentirá forzado. Y si aquel ritmo no le funciona, terminará por soltarse y huir por donde ha venido. En las relaciones, y muy especialmente al principio, cuando hay un gran desequilibrio entre la velocidad de uno y la velocidad de otro, cuando uno se abre enseguida, y con mucha más profundidad de lo que el otro está dispuesto, la reacción que podemos esperar es de huida. De alguna manera es como decirle: “¡Eh! Aquí me quedo, este es el nivel de apertura que espero de ti”. Y si el otro no está dispuesto a alcanzarlo, sencillamente se esfumará.

—Pero hay gente más abierta y gente más cerrada, y siendo así, alguien tiene que tirar del carro de la relación...

—Sin duda, y estará bien hacerlo, pero teniendo los límites muy claros. Las relaciones se resienten del desequilibrio. En un caso como el tuyo con tu acompañante, estará bien que lleves la iniciativa, pero también que respetes la profundidad que de buenas a primeras tu amiga está dispuesta a ofrecerte. Si con lo que tú cuentas pones el listón tan alto, sentirá vértigo, que es probablemente lo que hoy le ha sucedido.

Miguel se quedó pensativo. De repente se daba cuenta de algunas “huidas” que había provocado sin quererlo. Y no solo con relaciones sentimentales, también con amigos o con la propia familia. Se estaba dando cuenta de que comprender bien el tema podría suponer un punto de inflexión en sus relaciones.

—Max, si lo estoy interpretando bien, lo que me estás sugiriendo es que yo modere mi forma de abrirme si percibo que la persona que tengo delante no estaría cómoda haciendo lo mismo.

—Sí, efectivamente. Con dos matices importantes: el primero, que ello no supone que renuncies a la iniciativa de entablar el diálogo y que te puedes permitir ir algo por delante, pero no demasiado.

—¿Y la segunda?

—Que tu ejemplo, si no se pasa de medida, será estimulante para la otra persona y conseguirás que progrese. Es, en esencia, un ejercicio de equilibrio, de que nadie se quede ni demasiado atrás ni tire demasiado del otro.

—Necesito hacerte esta pregunta: ¿Lo he perdido todo con Andrea?

—Nada está nunca totalmente perdido. Especialmente si en vuestro próximo encuentro percibe en ti una actitud distinta.

Aquel café estaba siendo revelador para Miguel. Estaba dispuesto a reconquistar a Andrea manteniendo aquel importante equilibrio.

Buscó con la mirada al camarero para pedirle la cuenta. Quería invitar a Max. Pero al volver la mirada a la mesa, se encontró la silla vacía y la extraña sensación de que aquel encuentro no había existido.

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