Entrevista a María Isabel Heraso

"Acompañar es la mejor manera de decir adiós"

Sentirnos amados en los últimos momentos de nuestras vidas nos da la seguridad, el valor y la integridad imprescindibles para cruzar esa frontera.

Laura Gutman

Ayudar a morir en compañía

12 de junio de 2018, 13:11 | Actualizado a

Vivir la muerte como doctora no es lo mismo que vivirla como enferma.

María Isabel Heraso, presidenta de la Fundación Internacional del Dolor y directora de la Unidad del Dolor del Hospital San Francisco de Asís, en Madrid, pasó por una experiencia de muerte que le resultó profundamente reveladora, le hizo tomar conciencia del conocimiento espiritual y cambió sus conceptos del tránsito y del duelo.

Cómo ayudar a morir

A los 47 años tu vida cambió completamente porque pasaste por una situación muy especial: visitaste tu propia muerte, por así decirlo.

Sí, tuve una peritonitis y no me di ni cuenta. Sentía dolor pero seguí trabajando ... Y estuve a punto de morir. Me tuvieron que operar a vida o muerte. Y fue entonces cuando tuve esa experiencia que me resultó muy confusa al principio, pero que, con el tiempo, fue realmente esclarecedor.

¿Puedes explicar cómo se vive y cómo se recuerda una experiencia de muerte?

Después estaba en la UVI cuando, de repente, pensé que me estaban diciendo que ya me había muerto. Me vi de pie delante de mucha gente a la que le contaba mi vida. Les explicaba todas las cosas buenas que había hecho durante mi vida, pero ellos no le daban la menor importancia...

Al final me enfadaba y decía: “Algo bueno tengo que haber hecho, díganmelo”.

Y me respondían: “¿Sabes aquella vez que estabas en clase aburrida porque había fallado el profesor? Pues estabas en un tiempo sin tiempo. Ahí estabas en la eternidad. ¿Te acuerdas de una vez que ibas al cine, haciendo tiempo sin tiempo? Ahí estabas en la eternidad. Esas son las dos cosas importantes de tu vida, todo lo demás no sirve para nada”.

Y tras escuchar esas palabras... ¿volviste a la vida?

Así fue, pero cuando comencé a contar todo esto, nadie me creía. Se lo expliqué a un psiquiatra, lo comenté con todo el mundo, y me llegaron a decir que me estaba volviendo loca.

Decidí buscar por mi cuenta y estuve más de diez años investigando qué era eso que me había pasado. De esa manera, poco a poco, fui entendiendo mucho mejor lo que siempre me habían contado mis pacientes terminales.

Tras aquel episodio, ¿seguiste ejerciendo la medicina?

Sí, continué en terapia en la Unidad del Dolor y creé la Fundación Internacional del Dolor. Para mí, el dolor es una llamada de atención, un lenguaje no verbal. Por eso, aunque me dedico a quitar el dolor físico, insisto en abrir la conciencia y averiguar cuál es el problema. Luego me dediqué a escribir, porque así puedes llegar a más personas.

En tus libros sobre la muerte cuentas cómo acompañar hasta el final...

En el primero describo el momento del tránsito, con qué nos vamos a encontrar.

Explico que somos como un vaso de papel al sol, con agua. Nosotros somos el agua que se evapora. El vaso de papel se pudre, pero nosotros ya no estamos ahí.

Nos vamos y después se paran las constantes vitales. Y, antes de irnos ya nos hemos ido varias veces, y al final decidimos que esa vez nos vamos a ir del todo.

¿Quieres decir que eso nos pasa a todas las personas? ¿Todos hemos ido y vuelto?

Sí. Te vas y decides volver o no volver. Tu cuerpo mantiene las constantes vitales hasta que te decides. No hay que tener miedo a ese trance pero nadie quiere vivirlo, les da miedo.

¿Cómo afrontar ese miedo?

Los últimos pensamientos y las emociones que sentimos en el momento del desenlace tienen mucho poder.

Sobre todo, hay que percibir el sentimiento de amor.

Sentirse amado es fundamental para el buen desarrollo físico y psíquico de un niño y también lo es en los últimos momentos de nuestras vidas, porque nos da la seguridad, el valor y la integridad que son imprescindibles para cruzar esa frontera con rotundidad.

La familia puede ayudar...

La reconciliación suele ser un tema clave a resolver para alcanzar la paz. Los familiares deben prestar su colaboración, y no intentar distraer al paciente para que se olvide. Cuando llega ese momento terminal, la mejor manera de pasarlo es en un ambiente sereno y armonioso y, siempre que sea posible, en casa, con la familia y los amigos.

Hay que acompañar el tránsito con amor. ¿Algo más?

Es importante saber que lo primero que pierden estos pacientes es la conciencia visual: los objetos reales dejan de interesarles, solo perciben contornos y desaparecen los detalles. Después, se diluyen los sentidos del gusto y el olfato. Los últimos que quedan son el tacto y el oído.

Les ayudará mucho que, sin agobiarlos, los toquemos, les hablemos y, de alguna manera, les enviemos el mensaje de que les damos permiso para morir.

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