Entrevista a André Stern

"El entusiasmo es el mejor abono para nuestro cerebro"

Músico, compositor, lutier, periodista y asesor educativo, es autor del libro "Yo nunca fui a la escuela", que hace tambalear tópicos sobre la educación y el aprendizaje.

Heike Freire

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4 de julio de 2018, 15:32 | Actualizado a

Su padre, Arno Stern, es uno de los especialistas mundiales en dibujo infantil, descubridor de la teoría de la formulación: los trazos libres y espontáneos que, bajo ciertas condiciones de respeto, realizamos niños y adultos, son expresión de la memoria orgánica de la especie; dibujarlos nos ayuda a reconocer y afirmar nuestra propia existencia, única y singular.

Las ideas de Arno, fruto de la observación de miles de personas durante más de sesenta años, se materializaron en Le Closlieu (El lugar cerrado), un espacio de regeneración de la espontaneidad abierto en París a finales de los 50. Este es el contexto donde, en los años los 70, nace y crece André, sin
escolarizarse y sin ser nunca juzgado ni comparado con otros.
Aquí desarrollará su particular trayectoria vital.

A sus 43 años, ha tenido oportunidad de ejercer distintas profesiones: bailarín, guitarrista, lutier, compositor, periodista... Es padre de familia y, desde la publicación de su primer libro en 2009 (que va por la sexta edición en Alemania), imparte conferencias y asesora a organizaciones sobre los beneficios de una educación basada en la confianza en las personas. Sus reflexiones también pueden encontrarse en su página web.

Entrevista a André Stern

¿Dirías que has tenido una infancia “normal”?
La gente cree que soy especial, me consideran una excepción. Pero se equivocan. Mi vida ha sido de lo más natural, como cuando metes una pepita de aguacate en el agua y echa raíces. nada extraordinario. Cualquier niño en las mismas condiciones viviría con idéntica intensidad.

¿Quieres decir sin ir al colegio?
Muchas familias no podrían permitírselo. Eso no significa que los niños deban quedarse en casa. Mi propuesta no es la educación en el domicilio. Se trata más bien de no encerrarlos, de sacarlos del gueto, de dejarles abrirse al mundo... No estoy en contra de la escuela, pero si me ofreces un acuario perfecto, igualito que el mar de verdad, con todos los detalles, yo prefiero el océano. De hecho, cuando unos científicos colocaron allí una pecera gigante, los peces se pusieron a nadar en cuadrado y, al retirarla, continuaban haciéndolo.

Entonces, ¿cuáles son esas condiciones?
Todos tenemos una inclinación natural y espontánea al aprendizaje que me gusta llamar nativa, indígena y endógena. Se ve perfectamente en una criatura de año y medio: la curiosidad con que se abre al mundo, su voluntad de exploración, de experimentación... Está convencida de ser perfecta y de tener capacidades y posibilidades infinitas.

Es la etapa del egocentrismo.
Tal vez, pero lo importante es que en un momento dado, muy pronto, el niño deja de creer en sí mismo, empieza a perder la confianza. ¿Por qué? Yo diría porque percibe en los adultos una señal muy clara: “no eres perfecto”, seguida de otra: “Si quieres serlo, debes hacer lo que yo te diga”. Por ejemplo, si llora, tratamos de hacerle callar; si se mueve demasiado, le decimos que se esté quieto; si se mancha, hay que limpiarle... Y como somos importantes para él, termina por acomodarse, apaga el síntoma, se olvida de lo que realmente necesita.

Debe ser doloroso...
Mucho. La sensación de no estar bien, de no ser lo suficientemente “bueno”, activa en el cerebro los mismos circuitos que los de un daño físico muy intenso. Para aliviarlo, el niño no puede cambiar la opinión de los demás. La única opción es modificar su propia percepción. Este es el principio del fin de un ser auténtico, conectado con sus necesidades.

El niño deja de creer en sí mismo muy pronto porque percibe en los adultos una señal muy clara: ‘no eres perfecto’.

¿Qué ocurre cuando es plenamente amado y aceptado?
Entonces va a la escuela y allí le piden que deje de jugar para aprender... Supone un grave problema porque en su cabeza no existe diferencia alguna entre juego, vida y aprendizaje: para él, los tres van juntos. Hasta en las peores circunstancias, en situaciones de miseria, de guerra o incluso cuando están muy enfermos, los niños juegan. Es una necesidad innata; y si no les interrumpiéramos nunca, jugarían durante horas, días, semanas..., concentrados y muy serios, a las cosas más complicadas. Al impedírselo, estamos matando su inclinación natural al aprendizaje.

También les enseñan juegos didácticos...
Las actividades dirigidas no sirven. El juego ha de ser espontáneo, partir del deseo del niño, no de la obligación ni del deber. te pongo un ejemplo: mi hijo Antonin, de tres años, quiere pasar el cortacésped. Su intención no es fingir que lo hace, sino vivirlo realmente. Para ello, es capaz de ponerse de puntillas y correr durante 30 minutos detrás de un aparato potente y ruidoso, mucho más grande que él. Pero sería inútil intentar impedírselo, porque todo su ser quiere conducir esa máquina; es un impulso muy fuerte que viene de su interior. Si le digo: “Antonin, debes aprender a cortar el césped” y le muestro cómo hacerlo, entonces solo le queda el esfuerzo.

¿Y nunca se ha desanimado?
No, porque está entusiasmado con la cortadora: ese es el ingrediente que le da alas y le empuja a superar todas sus limitaciones. Es lo que marca la diferencia entre una persona realmente hábil en una actividad y otra que lo es menos.

El entusiasmo.
Exactamente. Hace unos años, los neurobiólogos descubrieron que, debido a la proliferación de los juegos electrónicos, la región del cerebro responsable de los movimientos del pulgar está hoy mucho más desarrollada en los jóvenes que hace cuarenta años. Pensaron que podrían crear entrenamientos específicos para potenciar otras áreas de la misma manera. Pero eso no funciona, porque nuestro cerebro se desarrolla exclusivamente ahí donde lo utilizamos con entusiasmo. Si analizamos el proceso químico, el entusiasmo sería como una especie de abono: cuando nos apasionamos con algo, nuestros centros emocionales se activan y vierten una tormenta de sustancias neurotransmisoras en las neuronas. En el cerebro de un niño de dos o tres años se observa una tempestad de entusiasmo cada tres minutos; en el de un adulto, apenas unas tres o cuatro veces al año...

O sea, que sus intereses van cambiando...
Emergen y desaparecen al azar de los encuentros o fruto de necesidades imperiosas. Es imposible controlarlos.

En el cerebro de un niño de dos años se observa una tempestad de entusiasmo cada tres minutos; en el de un adulto, apenas tres al año.

¿Es así como aprendías de pequeño? ¿Simplemente jugando y entusiasmándote?
Así fue como asimilé todo lo que sé. Por ejemplo, construyendo coches con Lego adquirí conceptos matemáticos fundamentales como el número pi, nociones de aerodinámica, a calcular la fricción de las ruedas sobre la carretera... Descubrí la historia del automóvil más rápido del mundo y que la relación entre distancia y duración equivale a la velocidad. Y aún sigo haciéndolo. No puedo diferenciar el juego del aprendizaje, por eso todavía me considero un niño.

También hubo algunos maestros...
Es cierto. A lo largo de mi vida, he tenido oportunidad de aprender junto a otras personas: un artesano del cobre, un lutier, una fotógrafa, mi propio padre... Sin embargo, los veo más como compañeros de ruta, con quienes compartí un entusiasmo, que como “maestros” en el sentido académico convencional. Todos me aportaron muchísimas cosas, pusieron sus conocimientos a mi disposición, pero nunca me los impusieron. Recuerdo lo primero que me dijo Werni, el maestro lutier, cuando entré en su taller: “no puedo enseñarte esta profesión, solo puedo mostrártela”.

Un aprendizaje orgánico como el que describes, ¿no resulta un tanto caótico?
Quizá lo ves así porque significa darle la vuelta a lo que estamos acostumbrados. Por lo general, buscamos el éxito y la competencia, deseamos que nuestros hijos consigan diplomas y se conviertan en grandes profesionales. Pero estos son efectos secundarios del entusiasmo. Cuando vives una pasión, cuando te interesas sinceramente por algo, te conviertes en un imán, magnetizas la información y las oportunidades, el mundo conspira contigo. Eres como la embarazada que ve “barrigas” por todas partes, o el enamorado que escucha continuamente el nombre de su amada. Para mí lo primero es el entusiasmo. Lo demás viene solo.

Yo nunca fui a la escuela

“Hola, me llamo André, soy un niño, no me gustan los caramelos y no voy a la escuela.” Así solía presentarse el pequeño Stern, mientras crecía sin currículo, sin programas ni horarios, sin exámenes ni deberes.

Más que una crítica a la escuela, la obra es un canto a la libertad y la diversidad de los seres humanos, una llamada a confiar en las capacidades innatas de los niños.

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