Inteligencia verde

"Debemos desarrollar el cerebro ecológico"

Todos nuestros actos tienen un impacto en el medio ambiente ¿Somos conscientes de las consecuencias que tiene todo lo que compramos y utilizamos a diario?

Daniel Goleman

23 de julio de 2017, 19:42 | Actualizado a

Daniel Goleman es doctor en Psicología y autor del superventas Inteligencia emocional, (Kairós).

El psicólogo que dijo al mundo que la inteligencia también tiene que ver con las emociones nos advierte que es necesario tener en cuenta el planeta, y que esto empieza por nuestras decisiones como consumidores. En su libro, Inteligencia ecológica, Daniel Goleman aboga por un futuro verde.

¿Somos lo que compramos?

En Ciencias Sociales se suele decir que una cosa es real si las consecuencias son reales. Y las consecuencias de lo que compramos son muy reales, dejan una huella en el planeta. Por lo tanto, en esencia, nos podemos definir así.

¿Y somos realmente conscientes de lo que compramos?

Hasta ahora no hemos tenido ni la más remota idea de las consecuencias de nuestras compras. El mundo de abundancia material en el que vivimos tiene un precio oculto que no está reflejado en las etiquetas.

Por eso es importante desarrollar la inteligencia ecológica. Pero, ¿qué es?

Es la capacidad de aplicar nuestro conocimiento sobre los efectos de la actividad humana para hacer el menor daño posible al medio ambiente y, de esta manera, vivir de un modo mucho más sostenible. Esto significa que somos conscientes de las consecuencias que tiene todo lo que compramos y utilizamos a diario.

¿Está el cerebro preparado para la inteligencia ecológica?

Desgraciadamente, no. Y por eso necesitamos trabajar para conseguirlo. El cerebro humano está diseñado para hacernos sobrevivir a un abanico muy determinado de situaciones. Reaccionamos a las cosas que vemos. El cerebro humano es perfecto para detectar las amenazas que quedan dentro de su campo sensorial (percepción visual, auditiva, olfativa y gustativa); pero resulta inadecuado para advertir aquellas amenazas procedentes del campo ecológico.

A lo que hay que añadir los condicionantes externos, como es el caso de la publicidad...

Evidentemente. En el momento de la verdad, que tiene lugar en los pasillos de un supermercado, el modo en que el consumidor percibe un producto pesa más que el modo en que lo ve el fabricante. Debemos pensar que cuando en una decisión de compra están implicados emoción y pensamiento, esta siempre prevalece.

¿Y se pueden llegar a cambiar los hábitos de consumo de la sociedad actual?

Todos nuestros actos tienen un impacto en el medio ambiente: negarlo es de ignorantes. Pero, hasta el momento, el efecto de la preocupación de los consumidores por los ingredientes utilizados en los productos que consume es muy pobre. No obstante, basta con la mera posibilidad de que exista un riesgo para que se desencadene la estrategia de seguridad más rudimentaria que tiene nuestro cerebro: evitar lo que pueda resultar peligroso.

Por eso es tan importante la información en el contexto de la inteligencia ecológica...

Cuanto más veraz y completa sea la información de que disponemos sobre los verdaderos efectos de un determinado artículo, más sabia y más consciente será nuestra decisión. Es lo que llamo la transparencia radical, que no es más que facilitar al consumidor la información indispensable de un producto: su fabricación, su distribución y su destino final. Esta información ha de ser asequible y rápida, de manera que facilite la toma de decisión de los compradores en el mismo punto de venta. Por lo tanto, cuando nuestras decisiones puedan basarse en una información más completa, el poder pasará de los vendedores a los consumidores.

¿Y qué consecuencias puede tener la transparencia radical?

Son nuestras compras las que ponen en marcha toda la maquinaria industrial. Las empresas no se preocupan hasta que no lo hacen los compradores. Si visualizamos cuál es el impacto oculto de nuestras decisiones, tomaremos conciencia, más allá del miedo y de las expectativas, del impacto de nuestras compras. Dejaremos de ser víctimas pasivas para ser los artífices de nuestro destino. La transparencia radical permitirá a los compradores votar con su dinero por tecnologías, ingredientes y diseños ecológicamente inteligentes, con lo que el mundo del comercio podrá ir corrigiéndose. La transparencia radical unirá lo que parecían dos polos opuestos: los intereses de la empresa y los valores del consumidor.

¿Qué papel desempeñan las nuevas tecnologías en el desarrollo de la inteligencia ecológica?

La tecnología de la información y los nuevos soportes tecnológicos son fundamentales para divulgar este conocimiento que hasta ahora ha sido ocultado a la opinión pública. Internet está derribando las barreras erigidas por las empresas para que la información sensible relativa al impacto adverso de sus productos no llegara a oídos del usuario. Las webs y los bloggers, por ejemplo, pueden revelar informaciones sorprendentes sobre el mercado que lleve a las empresas a realizar modificaciones que respondan a las preocupaciones del consumidor.

¿Es posible la transparencia?

De hecho, la primera aplicación informática de la transparencia radical la tenemos con GoodGuide, un sitio web que nos provee de información acerca de productos sostenibles, una herramienta que nos muestra la historia oculta de un determinado producto, calculando su impacto medioambiental concreto a lo largo de todo el proceso de manufactura, transporte, uso y eliminación. Pero las revoluciones no dependen simplemente de la aparición de nuevas tecnologías sino que tienen lugar cuando esas tecnologías provocan conductas nuevas.

¿Y cómo puede influir GoodGuide en ese cambio de conducta?

GoodGuide integra centenares de complejas bases de datos que evalúan muchísimas cosas. Por ejemplo, puede evaluar lo respetuosa que, con respecto a otra, es una determinada empresa con el medio ambiente, con la salud o con la sociedad y determinar qué marca o empresa ha mejorado con el paso del tiempo. También puede evaluar la política de una empresa, el grado de transparencia con el que divulga información clave sobre sus productos y, en última instancia, su impacto sobre los consumidores, los trabajadores, la sociedad y el medio ambiente.

Por lo tanto, el precio del producto trascenderá la cifra que marca su etiqueta...

Sí, tarde o temprano los productos van a tener un precio ecológico. Si bien las personas mayores se muestran más apáticas o indiferentes –o incapaces– de emplear, cuando van de compras, determinadas tecnologías, es evidente que las jóvenes generaciones, que han crecido en un clima de alarma sobre el futuro del planeta, parecen mucho más dispuestas a pasar a la acción.

¿Qué importancia tiene lo colectivo para desarrollar la inteligencia ecológica?

La inteligencia ecológica es una inteligencia distribuida. Entender la relación existente entre el mundo natural y el mundo fabricado por el ser humano conlleva una tremenda complejidad y ello nos obliga a tener en cuenta a los demás y a colaborar con ellos.

¿No entra lo colectivo en contradicción con un mundo cada vez más individualista?

No, no es ninguna contradicción. Ninguno de nosotros puede comprender todos los impactos que tienen nuestras compras, pero hoy en día es más fácil que nunca que este conocimiento se difunda sobre todo gracias a las redes sociales creadas a partir de las nuevas tecnologías de la comunicación. En definitiva, estamos ante formas de transmisión más amables y efectivas y menos agresivas.

Las múltiples inteligencias

La obra de este investigador de la conducta desvela que nuestra felicidad depende del desarrollo de todas nuestras capacidades.

Inteligencia emocional supuso un enfoque más amplio y completo del concepto de inteligencia humana. El sobrevalorado coeficiente de inteligencia pasó a un merecido segundo plano y se dio protagonismo a una serie de capacidades esenciales para la felicidad y el bienestar del ser humano.

Porque adaptarnos a la realidad de manera creativa es básico para sentirnos bien, y eso se consigue con una buena dosis de inteligencia emocional.

El diseño de nuestro cerebro nos hace sociales, es decir, que los demás nos influyen de la misma manera que nosotros podemos influir en los demás. Tras el éxito de Inteligencia emocional, Goleman investigó los últimos avances en neurociencia y se entrevistó con diferentes especialistas en la materia para llegar a conclusiones que hoy son incuestionables:

Nuestras emociones tienen una base social y estamos ‘diseñados’ para relacionarnos e influir en los demás, por lo que es de vital importancia cultivar la empatía.

Velar por el planeta también es cuestión de actuar con inteligencia emocional, social y ecológica. En su última investigación, Goleman nos proporciona la herramienta indispensable para realizar un consumo consciente y sostenible: la información. No basta con comprar productos ecológicos, ya que no es ‘verde’ todo lo que lo parece, ni con reciclar, pues todo proceso de transformación implica generar residuos; tener inteligencia ecológica pasa por estar informados y ser activos.

Tres áreas de investigación

La meditación

Goleman es uno de los pioneros en el estudio científico de la meditación. Fruto de una sorprendente colaboración entre neurocientíficos y el Dalái Lama, comprobó los efectos antiestresantes de meditar y su acción benéfica sobre el sistema inmunitario.

La divulgación

Confundador del Programa de Colaboración para el Aprendizaje Social y Emocional en el Centro de Estudios Infantiles de la Universidad de Yale, su voluntad es ayudar a las escuelas a que introduzcan cursos de conocimiento y gestión emocional.

La ecología

La revista Time destaca su libro con una de las “diez ideas que están cambiando el mundo”. Goleman afirma en Inteligencia ecológica que la mayor parte de los productos que etiquetamos como ‘verdes’ están muy lejos de ser realmente ecológicos y sostenibles.

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