Entrevista a Octavio Salazar

"Ser un hombre ha consistido en no ser una mujer"

Feminista, padre, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba y miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional.

Gabriel Núñez Hervás

Octavio-Salazar

16 de octubre de 2018, 18:02 | Actualizado a

Octavio Salazar (Cabra, 1969) es uno de los hombres más implicados personal y profesionalmente en la lucha por la igualdad de género.

Ha publicado (en un momento oportunísimo) un libro breve, intenso y revelador. El hombre que no deberíamos ser (Planeta, 2018) se ha convertido
en un éxito y es ya un manual de referencia en el estudio crítico de las masculinidades y en la construcción de eso que se ha dado en llamar “los nuevos hombres”, concepto que, inopinadamente, el autor rechaza.

Este diálogo tuvo lugar en la librería La República de las Letras, a finales de febrero, un par de semanas antes de esa demostración de conciencia y capacidad de cambio que fue el 8M.

Entrevista con Octavio Salazar

Aunque suele valorarse que un hombre admita, reconozca o valore su “parte femenina”, creo que es una reformulación de los valores tradicionalmente asignados a cada género.
Estoy de acuerdo, y voy más allá, y soy más radical: aunque se me suele etiquetar como ejemplo de las nuevas masculinidades, yo creo que lo que hay que evitar es hablar de masculinidad y de nuevas masculinidades, porque creo que con ello corremos el riesgo de reforzar nuestra posición frente a las mujeres.

Y de perpetuar esos valores…
Sí, es volver a repetir que unas cosas son propias de los hombres y otras, de las mujeres. Nos llamamos nuevos hombres porque nos hemos dado un retoque, y eso sirve de muy poco. Lo mejor sería eliminar esos términos: masculinidad, feminidad…

No sé si llegaremos a verlo...
Bueno, pero hay un concepto que utiliza Martha Nussbaum que me parece fundamental y se puede aplicar a esto: el de sociedades aspiracionales. Explica que una sociedad decente tiene que aspirar a ser mejor de lo que es.Y en esa sociedad deberíamos olvidarnos de masculinidades y de feminidades, tanto de las nuevas como de las viejas… Me pregunto si cuando revisamos la masculinidad no estamos contribuyendo de alguna manera a que permanezca, por muy nueva que sea. Eso me parece claramente una involución.

Sí, es como justificarnos y decir: la de antes no valía, pero esta sí, y seguir ocupando ese lugar…
Exacto. Nos ponemos la medallita de hombres nuevos, y eso me parece muy peligroso. Hay un riesgo en el mismo concepto de masculinidad que supone
disfrazar de nuevo lo que continúa siendo viejo.

"Lo que planteo es colocarte ante un espejo y que comiences siempre preguntándote qué ha significado ser un hombre para ti y qué quieres que signifique realmente".

Tu reflexión ayuda a entender situaciones que a veces pueden resultar chocantes. Por ejemplo, recuerdo que hace muchísimos años, en unas jornadas en el Instituto de la Mujer, no dejaban entrar a los hombres… Me pareció un error, pero de cara al 8M, creo que hay explicaciones muy convincentes que indican cuál debe ser nuestro papel y, sobre todo, cuál no debe ser.
Yo entiendo esa reserva, esa prudencia. Estuve hace poco en la presentación de un informe sobre violencia de género y, aunque había una clara mayoría de mujeres entre el público, los que tomaron inmediatamente la palabra fueron dos o tres hombres, pero no ya para participar o debatir, sino para pontificar.

Sin embargo, cada vez hay más reacciones de hombres ofendidos que enseguida esgrimen tópicos como la violencia psicológica sufrida por los hombres, la paridad y las denuncias falsas...
Recurrir al argumento de las denuncias falsas es terrible. Yo creo que esta situación no se cambia con una ley penal. La clave está en la parte preventiva, y eso es lo que en este país no se está haciendo bien. En la ley del 2004, la primera parte de la ley, y para mí la más importante, es la que contempla la prevención. Y es una parte prácticamente inaplicada o, en el mejor de los casos, mal aplicada.

“El fallo está en la base social, educacional y sistémica.”

Falta educación sexual en el colegio, formación sexual y afectiva, y más en un mundo que se educa por Internet. En la ley orgánica de salud sexual y reproductiva del 2010, todo el mundo puso el foco en el aborto, pero esa ley tiene varios artículos dedicados a la prevención de embarazos no deseados, a la educación sexual... Y creo que esto es lo que falla, que no se educa para tener relaciones sanas desde el punto de vista afectivo y sexual.

¿Y cuáles crees que son las consecuencias de esta ausencia de educación y de prevención?
Carmen Ruiz Repullo ha estudiado las relaciones afectivas y sexuales en adolescentes, y concluye que en buena parte de esas relaciones las chicas son prácticamente violadas, porque el consentimiento es muy relativo. Las llama “violaciones por confianza”, porque se producen en un contexto donde los chicos tienen muy claro qué quieren (tener sexo) y ellas no lo tienen tan claro... La mayor parte de los chicos entrevistados tiene un recuerdo gratificante de esta experiencia, y la mayor parte de las chicas tiene un recuerdo negativo de esa primera vez.

En todos estos asuntos se avanzó bastante ya en los años 80... ¿Qué hemos hecho luego mal?
Hay un retroceso brutal en muchos aspectos. He vuelto a leer Política sexual, de Kate Millet, y le da un repaso a Freud tremendo por su teoría de la envidia del pene... La construcción que hace Freud de las mujeres es tremenda. Millet analiza cómo eso lo incorporan desde el marqués de Sade hasta Henry Miller. Lo curioso es que es un libro de los años 70 y ahora parece radical porque hay un retroceso muy claro. Los jóvenes de hoy son más conservadores, más reaccionarios. Yo creo que no nos hemos tomado en serio la educación en este país, hemos creído que era suficiente con el empuje de hacer leyes progresistas y hemos descuidado todo lo relativo a la socialización de los individuos, y si a eso añades el uso de Internet, las redes sociales...

Es un trabajo muy difícil para todos. Siempre encuentras mucha resistencia. Supongo que hay que ser siempre aspiracional... como sociedad y como persona.
Bueno, es un campo de batalla en el que decides si vas a entrar o no… Pero si entras, tienes que asumir lo que hay, y es complicado, no es una tarea fácil para nadie. Por más amplia y fuerte que sea tu conciencia sobre el tema, siempre acabas dándote cuenta de tus contradicciones, de tus caídas, en tus formas, en tu lenguaje… Así que creo que hay que tomárselo con calma, pero con una militancia activa. No te ponen una vacuna que te deja inmunizado y a partir de ahí ya no tienes más conductas ni actitudes machistas. Es un proceso diario. De ir avanzando. De ser aspiracional.

Por eso, leyendo tu último libro, pensaba constantemente que me parece un ejercicio muy difícil poner tantas cosas evidentes por escrito. Me produce tristeza que en estos tiempos se tenga que escribir un libro como este, aunque me alegro muchísimo de que lo hayas escrito.
Me costó mucho hacerlo… Mientras pensaba en la estructura y en los contenidos, recordé un reportaje que vi hace unos años por Internet en el que contaban cómo en un municipio madrileño comenzaron a detectar que había un número creciente de hombres que iban al médico sin tener una enfermedad concreta, sino una serie de síntomas… Observaron que casi todos ellos o se habían quedado en el paro, o los habían jubilado anticipadamente, o los había dejado la mujer… y no sabían qué hacer con sus vidas…

Eso es lo que explicas sobre la “patología de la omnipotencia”, de la psicóloga Mabel Burin…
Sí… Empezaron a trabajar en un programa psicológico para que se resituasen, porque no podían dejar de ser los productores, los proveedores… Y sufrían diversos malestares que les costaba reconocer. A los hombres nos cuesta reconocer que estamos deprimidos, que necesitamos ayuda.

Hay muchos casos de hombres que tuvieron un enorme éxito profesional y social ahora están destrozados por haber abandonado su posición...
Lo dice Martha Nussbaum: “Los hombres siempre están preocupados por su estatus”. Si te echan del trabajo, o si te deja tu mujer, pierdes ese estatus, pierdes esa imagen pública que tanto te ha costado adquirir. Es la carga rancia del honor, y es el modelo de subjetividad que lanza el capitalismo como propuesta, esa obsesión por lucirse con lo que se tiene, lo que se posee, esa carrera de fondo por ser un buen productor.

Y, sobre todo, de definir la masculinidad por los logros.
Y por el currículum, y por el nivel profesional al que llegas, y el sentir eso es como una losa, porque si te quedas a mitad de ese camino...
no llegas a ser un hombre.

"Los hombres tenemos que demostrar y mostrar continuamente una 'performance' de pautas para que los demás te vean, te reconozcan y te admitan como uno de los suyos".

¿Por qué crees que nos resistimos tanto a desprendernos de todas estas exigencias sin las que, indudablemente, viviríamos mucho mejor?
Tenemos una carga permanente de expectativas que te van creando, que son una cárcel. Además, hay que mostrar y demostrar continuamente una performance constante de pautas para que los demás te vean, te reconozcan y te admitan como hombre. Por eso son tan relevantes las fratrías,
esas relaciones privadas entre hombres en las que pones de manifiesto que eres como ellos y que te gusta la velocidad, el riesgo, el fútbol, pelearte, o ir de putas…

En tu libro, atrevida pero reconfortantemente optimista, te atreves a proponer soluciones...
Lo que planteo es que nos coloquemos delante del espejo y hagamos un análisis psicológico. Antes de reconstruirnos tenemos que deconstruirnos empezando por lo personal y lo íntimo. Hacer un análisis de cómo te comportas y cómo actúas. Es algo psicológico, ético y político. Y comienza siempre preguntándote qué ha significado esto de ser un hombre para ti y qué quieres que signifique realmente.

Sin esa pregunta es imposible comenzar a cambiar, o a intentarlo.
Para muchas generaciones, la identidad masculina, lo que se llama “ser un hombre”, ha consistido, básicamente, en no ser una mujer, en no comportarse
ni sentir ni vivir como ellas.

O sea, que el hombre se ha definido por negación.
Claro, pero esta construcción de la masculinidad tiene unos costes psicológicos brutales para el hombre. Si definimos la salud como un estado físico y psíquico, el modelo clásico de masculinidad tiene muchos factores que conducen a no estar sano.