Entrevista a Elena García Quevedo

"Los abuelos nos hablan de la conexión con la tierra"

Periodista y escritora, ha publicado "La voz de los sabios", parte de un proyecto para recopilar la memoria de los mayores.

Rosa M. Tristán

elena garcia quevedo abuelos

10 de julio de 2018, 12:44 | Actualizado a

Periodista y escritora, Elena García Quevedo hace tiempo que entendió que no bastaba con retratar la realidad como informadora, con lo que veían sus ojos. Ella quería ir más allá, captar la esencia de las personas y de los acontecimientos, de los sabores y los olores, de la vida.

Tras pasar unos años como corresponsal de la cadena SER en Oriente Medio, una de las regiones más conflictivas del planeta, inició un proyecto de largo recorrido en el que acaba de dar su primer paso: recopilar la memoria de los mayores, de esos abuelos que se van muriendo y con cuya desaparición se rompe el hilo que liga al mundo con saberes ancestrales a los que poco hueco deja una sociedad acelerada, extremadamente tecnológica y excesivamente consumista.

Entrevista a Elena García Quevedo

¿Cuándo fue consciente de la necesidad de recoger las voces de los ancianos?
Desde que estuve en Jerusalén como corresponsal, siempre que me hablaban de un abuelo o una abuela me daba cuenta de que tenía una labor pendiente con ellos. Ya había iniciado el camino antes, en mis primeros reportajes en España, cuando, cada vez que escribía una historia, buscaba a los ancianos porque sabía que tienen la memoria que no posee nadie más, porque acumulan sabiduría, el hilo que une el tiempo. Algunos, cuando los conocí, escribían su historia porque sabían que cuando no estuvieran, se perdería. Así empecé a acumular entrevistas, que han acabado en La voz de los sabios. También hubo detonantes. Uno importante fue el encuentro con Piedad Isla, una fotógrafa de 80 años de la montaña palentina que retrató la vida de su
tierra. Dejé aparcada una entrevista en profundidad con ella y cuando regresé y fui a su encuentro, ya no estaba. Esa muerte me hizo consciente de que estaba desapareciendo una generación entera, la última que vivió sin tecnología.

Supongo que las pérdidas habrán sido muchas, y que mucha sabiduría ha desaparecido sin que nos hayamos dado cuenta.
Sí. De hecho, volvió a pasarme con otro abuelo de Tenerife. Cuando le llamé, tampoco estaba. Otros enfermaron de Alzheimer, demencias... En el caso del escritor José Luis Sampedro me encontré con él por otro proyecto que tenía en marcha, el documental Generación perdida, que habla de la situación de los jóvenes con la crisis. Y también falleció poco después. Por ello es importante recuperarlos, porque el tiempo se nos va.

Tienen la memoria que no posee nadie más, porque acumulan sabiduría, el hilo que une el tiempo.

En África dicen que cuando un anciano muere, se quema una biblioteca. Pero aquí tendemos a apartarlos, a no hacerles caso.
Algunas personas sí van a escucharles, jóvenes que no quieren perder el vínculo; ellos son la esperanza, pero se trata de pequeños oasis. En la mayoría de los casos no es así, y tiene que ver con el mundo en el que vivimos, con el sistema consumista, que potencia los valores de la cueva de Platón. Tanto tienes, tanto vales; tanto vales, tanto muestras. Poco pueden hacer los abuelos sabios en un mundo que se mueve sin tiempo para escuchar. La forma que tienen de transmitir sus saberes tiene que ver con los tiempos muertos del día a día, con la transmisión oral. Así es como se fue esculpiendo su memoria, alargando el hilo. Y ahora, ni en los lugares más recónditos, los niños tienen tiempo para dedicar a sus abuelos. Los momentos que había antes en los hogares en torno al fuego ya no existen; la escala de valores de los chavales es otra y los tiempos muertos se llenan con la televisión.

Parece poco posible volver al pasado, apagar los televisores...
No se trata de apagarlos. La cuestión es lo que se transmite por ellos. Si los cuentos no son verdad, si niños y mayores pensamos que la felicidad es comprar más y más, el éxito y obtener la eterna juventud, algo va mal. A los chavales se les educa en unos valores para los cuales los abuelos no cuentan, y ha sido así en las tres últimas generaciones. Pero todo puede hacerse a favor. Esta sociedad ha dado mucho poder a quienes esculpen las mentes y, al final, estamos viviendo en las ciudades sin pensar en otros espacios; eso no es lo que el cuerpo precisa. Con más relación con la tierra, muchas de las necesidades que nos han creado se cubrirían porque ella nos da paz, alegría, energía. No se trata de volver a los pueblos, sino de asumir esta realidad y hacer pequeños cambios en la vida. De eso hablan los abuelos, de la conexión con la tierra.

Uno de ellos es, sin duda, el campesino Agustín, a quien le hunden su proyecto de vida y resurge a los 80 años.
Agustín es un ejemplo de alguien que se resiste a sucumbir, pero en positivo, siendo consciente de lo que hace. Me contaba que de la tierra aprendemos la biodiversidad, por qué es importante escuchar al diferente. El último día que estuve con él me llevó a su huerto para que viera cómo todo empieza a crecer desde lo pequeño, para que entendiera que hay que tener una base y empezar desde abajo todo en la vida. A él le tiraron su huerto, que no pudo proteger de las máquinas, pero se fue a otro sitio y volvió a empezar.

Tener presente esa memoria nos puede ayudar, porque la crisis no es el fin del mundo y hay valores del pasado que son válidos.

¿Son conscientes estos abuelos de su rol social?
No todos. De hecho, otra motivación para iniciar este proyecto ha sido que sean más los que se den cuenta de su papel. Ahora mismo estamos en un momento muy interesante, de cambio, en el que todos podemos hacer algo. Y los abuelos, que han permanecido callados, también. Tras presentar el libro
en Burgos, un anciano me dijo que iba a empezar a escribir sobre su pasado, sus lugares favoritos, las costumbres de antaño... Quería hacerlo para su nieto. Pero muchos no son conscientes de lo que pueden aportar. Mi propia abuela solo me hablaba de lo dura que era antes la vida. Este verano comenzó a contarme de las cooperativas, de cómo se organizaban, del espíritu de solidaridad. Tener esa memoria presente nos puede ayudar, porque la crisis no es el fin del mundo y hay valores del pasado que son válidos. De hecho, ya hay gente que está volviendo al campo sin por ello dejar la tecnología ni volver al pasado, sino fluyendo con su tiempo y con la tierra.

¿Todos tienen conocimientos que merece la pena transmitir?
Lo importante es que tengan conciencia de sus saberes. Si consideran que estorban contando sus historias, se acabó. Todos los que he retratado en el libro son pequeños héroes que han ido superándose y se han dado cuenta de lo importante que es ser cada uno, al margen del rol que te pueda tocar en la vida.

Entre las voces que recoge las hay de Israel, América Latina, Egipto, de muchos pequeños pueblos españoles... ¿Son muy diferentes?
Hay culturas diferentes pero la raíz es la misma porque yo busqué a los que me hablaran de la tierra. Y todos coinciden en la necesidad de equilibrio, de naturaleza, y nos recuerdan que debemos acercarnos a ella de nuevo. Cuando estuve con los arahuacos de Colombia, no vi gran diferencia con lo que representaba mi abuelo, que era agricultor. Pero aún sigo la búsqueda, porque el libro es solo la primera parte de un proyecto más ambicioso: hacer una película documental sobre los abuelos de aquí. Estoy llamando a algunas puertas a ver si sale adelante.

Comentaba que este ha sido un viaje interior. ¿Fue difícil la ruta recorrida?
Comenzó en un momento de conflictos interiores y exteriores en el que necesitaba referentes. Soy una persona sensible, curiosa e inconformista. Había estado como corresponsal en Israel, en Irak, en países con graves conflictos. En la segunda Intifada, en 2002, se me grabó el olor de la matanza de Jenín, y de ahí salió la obra de teatro El olor del café; después fui a Irak, y llegó Invierno en Bagdad, que ganó el premio al mejor documental en el Festival de Málaga. Fue entonces cuando empecé a escribir desde el otro lado, desde el de la persona. Las emociones entraron en mis venas, el dolor y la alegría, y yo entré en su piel. Eso me produjo un crack y necesitaba respuestas para salir de ahí. Entre los abuelos hay quien lo ha pasado mal, quien ha vivido la guerra, quien buscó a los suyos entre los muertos, quien ha tenido a sus padres en la cárcel... Y no se hundieron, lo procesaron y de ello ha salido una sabiduría de saber vivir y aceptarse; una aceptación desde la transformación, nunca desde el conformismo. Por ello hay que ponerlos en la palestra.

La voz de los sabios

“La gente anda buscando en los otros lo que tiene que encontrar dentro.” La abuela Pilar vive en los Pirineos, protegiendo un valle sagrado.

Es una de las 23 personas reconocidas por su sabiduría cuyas voces se recogen en el libro de Elena García Quevedo.“Ellos tienden puentes con nuestras raíces, son referentes que enseñan las claves de la vida a los niños”, dice la autora.

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