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No, los animales no son inmunes al dolor físico y emocional

Aunque su lenguaje sea diferente al nuestro, los animales nos comunican su alegría, cariño y también su miedo y su dolor. Sufren como nosotros.

Julio Ortega

sufrimiento animal

18 de octubre de 2017, 17:22 | Actualizado a

Pablo era un chimpancé de laboratorio en Nueva York que había sido pinchado cientos de veces, sometido a biopsias, tratado con vacunas experimentales y al que se inoculó el VIH.

Cuando murió se permitió que otros chimpancés vieran su cadáver: unos le estiraban los brazos, otros le abrían los ojos o le frotaban su vientre hinchado como intentando revivirlo. Luego se apartaron de él aullando, tras eso comenzaron a gritar y después se golpearon frenéticamente el pecho. Aquellos animales estaban sufriendo por su compañero muerto.

¿Los animales sufren como nosotros?

El dolor emocional está tan presente en los animales como el dolor físico. Su base, al igual que en nosotros, es fisiológica y susceptible de ser comprobada a simple vista la mayoría de las veces, así como de poder efectuar “mediciones” de su existencia.

Los seres humanos usamos nuestro lenguaje verbal para decir “estoy triste“ o “tengo miedo”, y otras especies utilizan sus propios códigos. La etología es capaz, a menudo, de detectar esos estados en animales a través de sus expresiones faciales, las vocalizaciones, el lenguaje corporal y su comportamiento en relación al entorno.

Y no es necesario ser etólogo para interpretar sus señales, ¿quién quiera que tenga un perro no sabe cuándo está alegre o atemorizado?

El cerebro emocional

El sistema límbico podría denominarse como la “zona emocional” del cerebro. Muchas especies tienen estas estructuras que proporcionan el sustrato neurológico para las emociones primarias (miedo, ira, asco, sorpresa, tristeza y felicidad), aunque su complejidad varíe según el tipo de cerebro del que hablemos.

La comunidad científica también va reconociendo emociones secundarias en algunos animales, la empatía es una de ellas. Y lo que ya no se pone en duda es que hablemos de dolor físico o de respuestas emocionales (o “sentimientos”), las diferencias entre las especies, como ya determinó Darwin, son de grado más que de tipo.

Del mismo modo que hay una continuidad evolutiva en sus estructuras anatómicas, también existe en sus capacidades cognitivas y emocionales asociadas, y reconocerlo no se trata de antropomorfizar sino de ser consecuentes con la observación y de admitir que no cabe el negacionismo cuando la ciencia y la experiencia nos lo demuestran día a día.

Un ejemplo de emociones compartidas

Pepsi era un schnauzer miniatura que un veterinario le regaló a su padre. El animal y su dueño compartían juegos, comida, sillón y cama. A los ochenta años el hombre se suicidó y al salir la policía de la casa el perro fue corriendo al sótano, donde había muerto, quedándose allí rígido.

Pepsi llevaba diez años sin bajar esa escalera porque aquel lugar le daba miedo y en ese momento lo hizo, se sobrepuso a su pánico por estar donde su amigo se fue.

Murió unos días después. ¿Quién no conoce la historia de algún humano que falleció de pena al poco de perder a su compañero de vida?

Desconocer las razones causa más dolor

Y no olvidemos que en situaciones para las que no han sido preparados genéticamente, como su maltrato, los animales desconocen la razón de su dolor, igual que ocurriría con un bebé al que se le pusiera una inyección, y esto hace que aumente enormemente su sufrimiento psíquico ante la agresión.

Afirmar que los animales no sienten es un acto de falsedad y maldad.

Lo es porque en muchas especies sus emociones son visibles y las expresan sin filtrar, sea alegría, tristeza, ganas de jugar, miedo o placer.

Lo es porque aunque su lenguaje difiera del nuestro es el suyo y es igual de válido.

Y lo es porque su “inocencia” e "ignorancia" añaden cobardía al acto de infligirles un daño al que siempre acompaña terror.

En cierto modo, recuerda al maltrato al que se pueda someter a un niño de corta edad.

Etiquetas:  Vegetariano Sociedad

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