libertad interior

Ser uno mismo

La auténtica libertad no está fuera, está dentro

Hay una libertad que nadie te puede quitar: la de ser tú mismo. Esa es la más profunda y genuina, libre de miedos y ataduras.

Jordi Pigem

24 de marzo de 2017, 13:49 | Actualizado a

Habrás notado que cuando te sientes mal tienes la sensación de que algo te limita: tal vez una circunstancia física, o una carga emocional. En cambio, cuando te encuentras bien, vives una sensación interior de ligereza y creatividad, de espontaneidad y de libertad. La plenitud vital va ligada a una íntima sensación de libertad, una libertad interior que, en realidad, es la más profunda y genuina.

Libertad interior: superar el ego y los miedos

La libertad es una dimensión esencial de la dignidad humana. Sin embargo, en el mundo de la materia siempre habrá fuerzas externas que la limiten, que limiten nuestra libertad de acción.

Siempre queda un fuero interno en el que ninguna fuerza exterior puede penetrar

A lo largo de los siglos, innumerables esfuerzos han servido para conquistar mayores cotas de libertad, y otros muchos serán necesarios para desarrollarlas.

Pero existe otra forma de libertad, todavía más esencial y más íntimamente ligada a la dignidad humana. Por más que nuestra libertad exterior pueda verse limitada, siempre queda un fuero interno en el que ninguna fuerza exterior puede penetrar.

Es lo que Annie Marquier denomina “la libertad de ser”, lo que Jiddu Krishnamurti llamaba “la libertad primera y última” y lo que en la tradición india se llama mukti, “liberación”: liberación de la ignorancia y del ego.

Si la libertad externa topa con obstáculos del exterior, nuestra libertad interior se ve obstaculizada por las dinámicas del ego: los miedos, los apegos y todos los mecanismos automáticos que vienen de la infancia o de nuestro fondo ancestral. Cuando superamos el ego, amanece la libertad interior.

La verdadera clave de nuestras vidas no está en lo que nos sucede, sino en cómo respondemos a lo que nos sucede

La libertad interior es la libertad de ser tú mismo o tú misma, cualesquiera que sean las circunstancias. La verdadera clave de nuestras vidas no está en lo que nos sucede, sino en cómo respondemos a lo que nos sucede. Lo ilustra a la perfección el caso de Viktor Frankl.

Victor Frank: la libertad interior

Este psiquiatra de origen judío pasó tres años en Auschwitz y otros campos de concentración. Sus padres, su hermano y su mujer embarazada desaparecieron en el humo de la larga noche. De ellos salió vivo, pero solo, sin siquiera el manuscrito del libro que a escondidas había llevado a Auschwitz y que los guardias pronto destrozaron frente a sus ojos. Sin embargo, fue capaz de crear una corriente de psicoterapia que destaca por su optimismo ante toda adversidad. Su obra clásica, El hombre en busca de sentido, influyó notablemente en psicólogos norteamericanos como Abraham Maslow y Carl Rogers, y sigue siendo de gran actualidad.

Un día, completamente desvalido en una habitación fría, descubrió lo que luego llamaría “la libertad humana última”, la única que los nazis no podían quitarle. Se dio cuenta de que podían destruir su cuerpo, pero no podían penetrar en el núcleo de su conciencia; ese lugar íntimo en el que experimentamos la sensación directa de existir.

Entre lo que te llega del mundo exterior y lo que respondes, existe un espacio íntimo de libertad: la libertad de decidir

Esa sensación no cambia con los años (es la misma cuando eres joven y cuando eres mayor) y tampoco cambia con las circunstancias externas: tanto si te alaban como si te calumnian, tú sigues siendo tú mismo o tú misma. Y desde ahí puedes decidir qué actitud vas a tomar ante lo que está sucediendo. Esa libertad de decidir interiormente no puede quitártela ningún tirano, ningún agente represivo. Entre lo que te llega del mundo exterior y lo que respondes, existe siempre un espacio íntimo de libertad: la libertad de decidir.

Desde esa libertad, Frankl optó por visualizar qué haría cuando saliera del campo de concentración. Se imaginaba volviendo a dar clase a sus alumnos de psiquiatría, explicándoles qué había aprendido a través de esta experiencia. La libertad de imaginar no podía serle arrebatada. Los guardias del campo de concentración tenían todo el poder externo, pero Frankl supo mantener su poder: su libertad interior. Ese poder interior fue lo que le permitió sobrevivir y ser un ejemplo para muchos de los que le rodeaban (incluidos algunos guardias).

No cedas tu poder interior

Una cualidad que Frankl elogia en El hombre en busca de sentido es la proactividad, la capacidad de responsabilizarnos plenamente de nuestras propias vidas, de nuestras emociones y acciones, en vez de culpar a los demás o a las circunstancias. Ser proactivo es tomar la iniciativa en la propia vida. Nada tiene verdadero poder sobre nosotros si no cedemos nuestro poder interior. Como se dice en la práctica del Ho’oponopono, “Todo existe como pensamientos en mi mente”. Aquello que nos afecta de verdad no es lo que nos llega del exterior, sino cómo lo percibimos y cómo lo vivimos interiormente. Por eso decía Eleanor Roosevelt que “nada puede dañarte sin tu consentimiento”. Y por eso las experiencias más difíciles pueden ser los mayores estímulos para nuestro crecimiento.

Krishnamurti: el instante presente

Esta forma suprema de libertad es la clave de las enseñanzas de Jiddu Krishnamurti, entre cuyas obras destacan dos títulos: La libertad interior y La libertad primera y última. Para él, la clave de la vida humana “es la completa y absoluta libertad del hombre, primero en el aspecto psicológico o interno, y luego en el externo”.

Lo que nos hace verdaderamente libres no es un esfuerzo externo, sino la serenidad interior

El verdadero reto de la existencia humana, según él, es alcanzar la plena libertad interior, porque “si no hay libertad interior, entonces empieza el caos y surgen los innumerables conflictos psicológicos”. Lo que nos hace verdaderamente libres no es un esfuerzo externo, sino la serenidad interior.

Krishnamurti insistía en “la importancia de ser libre por completo: libre de temor, de celos, de ansiedad, del miedo a la muerte y del miedo a no ser amado, del temor a la soledad y del temor a no tener éxito”. Cuando se alcanza la libertad interior, se desvanece el miedo a la muerte. Y solo un estado de libertad interior puede sostener el amor incondicional. La verdadera libertad va unida al amor y a la responsabilidad.

Esta libertad no está al final de un camino, sino aquí y ahora, está en este instante presente. “Lo único que puede provocar un cambio fundamental, una liberación creativa, psicológica, es la vigilancia diaria, ser conscientes momento a momento de nuestras motivaciones, conscientes e inconscientes”, añadía Krishnamurti. Cuando vivimos esta libertad interna, psicológica, profunda, entonces la mente se ve libre de miedos y ataduras.

Tu camino de crecimiento: 3 pistas

Desde la libertad interior, podemos entender la vida como un proceso continuo de autorrealización, en el que a cada momento se nos ofrece una encrucijada en la que podemos optar por el crecimiento.

1. Atrévete a crecer

Toma tus decisiones con consciencia, en lugar de refugiarte en viejos automatismos basados en la seguridad y el miedo. Abraham Maslow, fundador de la psicología humanista, decía que “elegir el crecimiento en vez del miedo doce veces al día significa avanzar doce veces al día hacia la autorrealización”.

2. Escucha tu voz interior

Intenta distinguirla de las voces introyectadas de la familia, la sociedad, el sistema, la autoridad o la tradición. La libertad interior es indisociable de la capacidad de escuchar quién eres realmente. La única persona que en última instancia ha de aprobar lo que haces eres tú mismo.

3. Siembra pensamientos

Una frase antigua dice así: “Siembra un pensamiento y cosecharás un acto. Siembra un acto y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y cosecharás un carácter. Siembra un carácter y cosecharás un destino”. La tradicional noción del karma se basa en la misma idea: tarde o temprano cosecharemos lo que vamos sembrando.

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